jueves, 26 de enero de 2023

Salsa Saint / The Christmas Shop. Ruta 66. 400 Romero St NW Suite 1. Albuquerque. Nuevo Mexico. EEUU.

 

INTRODUCCIÓN Y MARCO CONCEPTUAL

Un lugar donde convergen todos los caminos

Hay establecimientos que existen simplemente para vender. Y hay otros que existen para contar una historia, para ser ellos mismos una historia dentro de una historia más grande. Salsa Saint / The Christmas Shop, ubicado en el 400 de Romero Street NW, Suite 1, en el Old Town de Albuquerque, Nuevo México, pertenece inequívocamente a esta segunda categoría. Es un lugar donde cada frasco de salsa en el estante, cada adorno navideño colgado del techo, cada baldosa de adobe bajo los pies del visitante lleva el peso acumulado de siglos de historia, de culturas entrelazadas, de caminos que se cruzaron en este preciso punto del suroeste americano y que dejaron en él una huella tan profunda que todavía hoy es perfectamente legible para quien sabe mirar.

Para entender Salsa Saint / The Christmas Shop en toda su dimensión es necesario comprender que este establecimiento no es únicamente una tienda de especialidades alimentarias y decoración navideña. Es, simultáneamente, el producto de tres historias que se superponen y se alimentan mutuamente: la historia del Old Town de Albuquerque, uno de los asentamientos europeos más antiguos del suroeste de los Estados Unidos y uno de los barrios históricos mejor conservados del país; la historia de la Ruta 66, la mítica autopista que conectó Chicago con Los Ángeles a través del corazón de América y que convirtió a Albuquerque en uno de sus nodos más vibrantes y significativos; y la historia de la cultura culinaria y artesanal de Nuevo México, una de las tradiciones gastronómicas más singulares y más profundamente arraigadas de todo el territorio norteamericano, construida durante siglos sobre la base del chile, el maíz, la calabaza y las técnicas heredadas de los pueblos nativos y de los colonizadores españoles.

La dirección misma del establecimiento, 400 Romero Street NW, es en sí misma un texto que puede leerse en capas. Romero es un apellido español, un nombre de familia que llegó al suroeste americano con los primeros colonizadores procedentes de la Nueva España en el siglo XVII y que se convirtió en uno de los apellidos más frecuentes del Nuevo México histórico. La designación NW, Northwest, ubica el establecimiento en el cuadrante noroeste del sistema de coordenadas de la ciudad moderna, el cuadrante donde se encuentra el Old Town, el núcleo original del asentamiento español que precedió en más de doscientos años a la ciudad contemporánea de Albuquerque. Y la Suite 1 sugiere un edificio de uso comercial múltiple, probablemente uno de los conjuntos de adobe restaurados que jalonan las calles del Old Town y que combinan la autenticidad arquitectónica de la construcción histórica con la funcionalidad comercial del siglo XXI.

El marco conceptual dentro del cual debe leerse este establecimiento es el del Nuevo México profundo, ese territorio que los historiadores y los antropólogos han llamado "la tierra del encantamiento" con una precisión que no es meramente poética sino genuinamente descriptiva. Nuevo México es el único estado de la Unión que tiene tres culturas fundacionales plenamente vigentes y reconocidas: la cultura de los pueblos nativos americanos, que llevan más de dos mil años en este territorio y cuya presencia sigue siendo determinante en la geografía humana de la región; la cultura hispana, heredera directa de la colonización española del siglo XVII y de la posterior influencia mexicana, que habla un español con arcaísmos del Siglo de Oro y cocina recetas que tienen quinientos años de antigüedad; y la cultura angloamericana, llegada en el siglo XIX con la expansión hacia el oeste y que aportó su propia capa de valores, estéticas y prácticas comerciales al mosaico ya extraordinariamente complejo que encontró. En la esquina de Romero Street donde se asienta Salsa Saint / The Christmas Shop, estas tres culturas no solo conviven: se mezclan, se celebran y se venden en frascos de vidrio con etiquetas diseñadas para el mercado global del siglo XXI.


HISTORIA

Albuquerque antes de Albuquerque: el territorio como palimpsesto

La historia del lugar donde hoy se levanta Salsa Saint / The Christmas Shop comienza mucho antes de que existiera ninguna tienda, ninguna calle con nombre español y ninguna ruta numerada que cruzara el continente de este a oeste. Comienza, de hecho, antes de que existiera el propio concepto de Albuquerque como ciudad, en un tiempo en que el valle del río Grande que hoy ocupa la metrópoli era un territorio habitado por pueblos que llevaban milenios desarrollando formas sofisticadas de agricultura, arquitectura y organización social en uno de los entornos naturales más exigentes del continente norteamericano.

Los pueblos ancestrales que habitaron el valle del Río Grande y las mesas circundantes durante el período que los arqueólogos denominan Pueblo IV, aproximadamente entre los años 1300 y 1600 de nuestra era, construyeron asentamientos de piedra y adobe de varios pisos que en su momento de máximo esplendor albergaban a miles de personas. El pueblo de Kuaua, cuyas ruinas se conservan a escasos kilómetros al norte del actual Old Town de Albuquerque en el Coronado Historic Site, es uno de los ejemplos mejor documentados de estos grandes pueblos del período precontacto. Sus muros pintados con frescos de ceremonias rituales, sus sistemas de almacenamiento de alimentos, sus plazas de uso comunitario, todo ello habla de una civilización que había encontrado respuestas brillantes a los desafíos de vivir en un semidesierto de alta altitud, respuestas que incluían el desarrollo de variedades de maíz, frijol y calabaza adaptadas a las condiciones locales y el uso del chile como condimento y conservante, el mismo chile que hoy se embotella y se vende en Salsa Saint.

El encuentro entre este mundo y el mundo europeo se produjo en 1540, cuando la expedición comandada por Francisco Vázquez de Coronado llegó al Valle del Río Grande procedente de la Nueva España en busca de las legendarias Siete Ciudades de Cíbola, cuyas calles se decía estaban pavimentadas de oro. No encontraron oro, pero encontraron algo en muchos sentidos más valioso: un territorio extraordinariamente rico en recursos naturales, con pueblos densamente poblados cuyos habitantes poseían conocimientos agrícolas y artesanales de gran sofisticación. El encuentro fue violento en múltiples episodios, como fue violento prácticamente todo encuentro entre el mundo europeo y el mundo americano en el siglo XVI, pero también fue el inicio de un intercambio cultural que, con todas sus asimetrías de poder, daría lugar con el tiempo a la cultura híbrida extraordinaria que define hoy a Nuevo México.

La colonización permanente del Nuevo México llegó en 1598 bajo el mando de Juan de Oñate, que estableció el primer asentamiento español permanente en lo que hoy es el norte del estado. Durante el siglo siguiente, los colonizadores españoles y los pueblos nativos vivieron en una relación de tensión permanente que estalló en 1680 con la Gran Revuelta Pueblo, el levantamiento coordinado de los pueblos nativos que expulsó a todos los españoles del territorio durante doce años, uno de los pocos casos en la historia colonial americana en que los pueblos nativos lograron recuperar temporalmente el control de su territorio. La reconquista española de 1692 bajo don Diego de Vargas estableció las bases de un nuevo orden colonial más negociado y más sensible a las realidades locales, un orden que reconocía de facto la imposibilidad de borrar la cultura nativa y que construyó sobre ella una síntesis que todavía hoy define la identidad de Nuevo México.

La fundación de Albuquerque y el nacimiento del Old Town

El 23 de abril de 1706 es la fecha que la historia oficial de Albuquerque reconoce como la de su fundación formal. Ese día, el gobernador de la provincia de Nuevo México, don Francisco Cuervo y Valdés, firmó los documentos que establecían oficialmente la villa de Alburquerque (con la grafía original española, que incluía una r adicional) en honor del duque de Alburquerque, virrey de Nueva España. El asentamiento en ese punto del Valle del Río Grande no era, sin embargo, completamente nuevo: existían ya en esa zona varias estancias y ranchos de colonizadores españoles que llevaban décadas trabajando la tierra, y la elección del emplazamiento respondía a criterios muy prácticos que incluían la proximidad al río, la fertilidad de las tierras de aluvión, y la presencia de bosques de álamos y cottonwoods que proporcionaban madera y sombra en un territorio donde ambas eran escasas.

El núcleo original de la villa, que hoy conocemos como Old Town o Viejo Albuquerque, fue diseñado siguiendo las Leyes de Indias, el código urbanístico que la Corona española había promulgado en 1573 y que regulaba la forma en que debían fundarse y organizarse las ciudades en los territorios americanos. Este código establecía que toda nueva villa debía organizarse alrededor de una plaza central rectangular, con la iglesia en uno de sus lados, el cabildo (ayuntamiento) en el lado opuesto, y las casas de los vecinos principales en los lados restantes. Las calles debían trazarse en cuadrícula a partir de la plaza, y el conjunto debía estar orientado de manera que los vientos dominantes no barrieran directamente las fachadas principales de los edificios.

La plaza de Old Town que hoy visitan cada año cientos de miles de turistas es esencialmente la misma plaza que se estableció en 1706, aunque enormemente transformada por el tiempo y por los sucesivos episodios de la historia. En su lado norte se levanta la iglesia de San Felipe de Neri, cuya construcción comenzó en 1706 (aunque el edificio actual es en su mayor parte del siglo XIX, después de que la construcción original colapsara en 1792) y que sigue siendo una parroquia católica activa con una comunidad fiel que incluye tanto descendientes de los fundadores originales como inmigrantes llegados en décadas recientes. Las calles que rodean la plaza, incluyendo Romero Street donde se ubica Salsa Saint, mantienen en muchos casos sus nombres originales en español y su trazado urbano colonial, aunque los edificios que las flanquean han sido transformados y reconstruidos múltiples veces a lo largo de los siglos.

Los primeros habitantes de la villa de Alburquerque eran un grupo heterogéneo que incluía familias de colonizadores españoles establecidas en el territorio desde la reconquista de 1692, mestizos de origen hispano-nativo, y un número indeterminado de indios tlaxcaltecas que habían acompañado a los españoles desde México como aliados y que con el tiempo se integraron en la población local. Todos ellos vivían en casas de adobe construidas según las técnicas que los pueblos nativos habían perfeccionado durante siglos: muros de bloques de barro y paja secados al sol, techos planos de vigas de madera (llamadas vigas) sobre las que se colocaban ramas (latillas) y una capa de tierra compactada, suelos de tierra apisonada o, en las casas más prósperas, de baldosas de terracota. Esta arquitectura de adobe, perfectamente adaptada al clima semiárido de Nuevo México con sus veranos calurosos e inviernos fríos, es la misma que define todavía hoy el carácter visual del Old Town y que envuelve a establecimientos como Salsa Saint en una atmósfera de autenticidad histórica que ninguna decoración artificial podría reproducir.

El siglo XVIII y XIX: vida cotidiana en el Old Town

Durante el siglo y medio que transcurrió entre la fundación de Albuquerque en 1706 y la llegada del ferrocarril en 1880, el Old Town fue el centro de una comunidad agrícola y comercial de ritmo pausado, organizada en torno a los ciclos estacionales de la agricultura, las festividades del calendario católico y el comercio que fluía por el Camino Real de Tierra Adentro, la ruta que conectaba la villa con Santa Fe al norte y con la ciudad de México al sur. Este camino, que en su trayecto por Nuevo México seguía en muchos tramos el mismo valle del Río Grande que hoy ocupa la ciudad moderna, era la arteria vital que traía al territorio las mercancías que no podían producirse localmente y que llevaba hacia el sur los productos de la región: lana, pieles, sal de las salinas del este, y los mismos chiles y piñones que hoy son señas de identidad culinaria de Nuevo México.

La vida en el Old Town del siglo XVIII giraba alrededor de la plaza y de las actividades económicas que la sostenían. Las familias más prósperas, cuyos apellidos incluían Armijo, Chávez, Romero, Otero y Perea (nombres que todavía hoy jalonan las calles y los edificios históricos de Albuquerque), poseían grandes extensiones de tierra a lo largo del río y comerciaban con Santa Fe y con los presidios militares del territorio. Las familias de menor posición económica trabajaban como jornaleros, artesanos o pequeños agricultores, cultivando las mismas variedades de maíz, frijol, calabaza y chile que sus vecinos nativos habían domesticado siglos antes. El chile, en particular, era omnipresente en la dieta de todos los estratos sociales: se comía fresco en verano, se secaba en ristras para el invierno, se molía en polvo, se cocía en salsas, se incorporaba a guisos y a panes, y se usaba incluso con fines medicinales, como antiinflamatorio y como conservante natural de otros alimentos.

El año 1821 trajo un cambio político de gran importancia para Nuevo México: la independencia de México de la Corona española convirtió al territorio en parte de la nueva república mexicana, con consecuencias prácticas que tardaron varios años en hacerse sentir plenamente en el remoto Valle del Río Grande. Una de las consecuencias más inmediatas y más transformadoras fue la apertura del Camino de Santa Fe (Santa Fe Trail) en ese mismo año de 1821, la ruta comercial que conectaba Santa Fe con Independence, Missouri, y que por primera vez abrió el Nuevo México a un comercio fluido con los Estados Unidos. Los comerciantes angloamericanos que comenzaron a llegar por el Santa Fe Trail trajeron consigo mercancías manufacturadas que el territorio no había visto antes, y también trajeron consigo una mentalidad empresarial y una cultura comercial que se iría integrando gradualmente en el tejido social del Nuevo México hispano.

La guerra entre México y los Estados Unidos (1846-1848) terminó con la cesión de Nuevo México a los Estados Unidos por el Tratado de Guadalupe Hidalgo. Este cambio de soberanía tuvo consecuencias profundas y duraderas para la población hispana del territorio, que de la noche a la mañana pasó de ser ciudadanos de pleno derecho de la república mexicana a ser habitantes de un territorio cuya lengua oficial, cuyo sistema legal y cuyas normas culturales eran las de una nación angloamericana que les era en gran medida extraña. El tratado garantizaba formalmente los derechos de propiedad y las libertades civiles de los residentes hispanos, pero la práctica fue frecuentemente muy diferente de la teoría, y durante las décadas siguientes muchas familias hispanas perdieron sus tierras y su posición económica ante la presión de los nuevos colonizadores angloamericanos que llegaban al territorio con capital, conexiones políticas y una determinación de aprovechar las oportunidades que ofrecía el oeste americano.

La llegada del ferrocarril y la partición de Albuquerque

El año 1880 es probablemente el más transformador de toda la historia de Albuquerque, el año en que la ciudad que conocemos hoy tomó su forma definitiva de una manera que resulta casi difícil de creer en su brutalidad y su rapidez. Ese año llegó al territorio el Atchison, Topeka and Santa Fe Railway, el ferrocarril que conectaría finalmente Nuevo México con el resto del país de manera regular, rápida y económica. El problema, desde el punto de vista del Old Town, fue que los ingenieros del ferrocarril decidieron trazar las vías a más de tres kilómetros al este del núcleo histórico, en un terreno más llano y más adecuado para las necesidades técnicas de la línea.

La decisión de trazar las vías lejos del Old Town tuvo una consecuencia que en el momento debió parecer un desastre para los habitantes del núcleo histórico pero que, vista en perspectiva, resultó ser una bendición disfrazada de una magnitud casi milagrosa: al quedar fuera del impulso del desarrollo ferroviario, el Old Town se preservó en un estado de relativa intemporalidad que la ciudad nueva, construida en torno a la estación del ferrocarril, nunca pudo tener. Mientras la New Town (como se llamó coloquialmente al nuevo núcleo urbano alrededor de la estación) crecía con una velocidad vertiginosa, atrayendo a miles de colonizadores angloamericanos, construyendo hoteles, bancos, comercios y edificios de ladrillo en el estilo victoriano que era la moda arquitectónica del momento, el Old Town permanecía casi congelado en el tiempo, con sus calles de tierra, sus edificios de adobe y su comunidad hispana que seguía viviendo y trabajando de maneras que habrían resultado reconocibles para los fundadores de 1706.

Esta separación física entre el Old Town hispano y la New Town angloamericana fue también una separación cultural y económica que se prolongó durante décadas. Durante el último cuarto del siglo XIX y las primeras décadas del XX, el Old Town fue perdiendo población y actividad económica a favor del nuevo núcleo urbano, convirtiéndose en un barrio relativamente marginado donde vivían principalmente familias hispanas de recursos modestos que no tenían la movilidad económica o social para reubicarse en la ciudad nueva. Las casas de adobe se deterioraban, los comercios cerraban, y la plaza que había sido durante casi dos siglos el corazón de la vida comunitaria de la villa perdía gradualmente su centralidad en la vida económica de la región.

Y sin embargo, fue precisamente esta marginalización lo que salvó al Old Town de la demolición y la sustitución que fue el destino de tantos centros históricos americanos durante el siglo XX. Mientras la New Town modernizaba, ensanchaba sus calles, derruía sus edificios más antiguos y construía en su lugar estructuras más grandes y más rentables, el Old Town permanecía intacto casi por negligencia, demasiado pobre y demasiado lejos del centro del dinamismo económico para merecer la atención de los promotores inmobiliarios. Sus casas de adobe, que en cualquier otro contexto habrían sido derruidas para construir algo "moderno", sobrevivieron simplemente porque nadie las consideraba suficientemente valiosas para molestarse en demolerlas.

El redescubrimiento del Old Town y el turismo del siglo XX

El giro que transformó el destino del Old Town de Albuquerque llegó en las primeras décadas del siglo XX, cuando el movimiento Arts and Crafts y el romanticismo por el suroeste americano que había comenzado a extenderse entre las clases medias y altas de la costa Este empezó a generar un interés creciente por la autenticidad histórica y artística de lugares como el Old Town. Pintores, escritores, fotógrafos y turistas de recursos comenzaron a descubrir en los pueblos de adobe y las tradiciones artesanales de Nuevo México una alternativa seductora a la modernidad industrializada del Este, y el Old Town de Albuquerque, con su plaza colonial, su iglesia de adobe y sus calles de tierra que olían a chile y a leña, era exactamente el tipo de lugar que este nuevo público buscaba.

La fundación de la colonia de artistas de Taos y Santa Fe en las primeras décadas del siglo XX fue el catalizador que puso a Nuevo México en el mapa cultural del país. Pintores como Ernest Blumenschein, Bert Phillips y Joseph Henry Sharp, que llegaron a Taos en 1898 y fundaron la Taos Society of Artists en 1915, y escritores como D.H. Lawrence y Willa Cather, que visitaron Nuevo México en los años 1920, contribuyeron a crear una imagen de la región como un lugar de autenticidad espiritual y artística única, un lugar donde las tradiciones premodernas sobrevivían intactas en un mundo que las estaba perdiendo rápidamente en casi todas partes. Esta imagen, aunque era en muchos aspectos una construcción romántica que simplificaba y estetizaba realidades sociales complejas, tuvo el efecto práctico muy concreto de atraer visitantes y sus dineros a Nuevo México.

El Old Town de Albuquerque comenzó a transformarse en destino turístico de manera gradual durante las décadas de 1920 y 1930. Los propietarios de las casas y los locales comerciales del barrio comenzaron a comprender que la autenticidad histórica de su entorno era un activo económico y que podían beneficiarse de ella adaptando sus negocios a las expectativas y los gustos de los visitantes que llegaban en busca de la experiencia del "auténtico" suroeste. Galerías de arte, tiendas de artesanía, restaurantes que servían la cocina tradicional de Nuevo México y negocios de souvenirs comenzaron a proliferar alrededor de la plaza y en las calles adyacentes, incluyendo Romero Street, transformando gradualmente el barrio de un vecindario residencial deteriorado en un distrito comercial orientado al turismo.

Este proceso de transformación turística del Old Town se aceleró enormemente con la apertura y el desarrollo de la Ruta 66, que a partir de 1926 convirtió a Albuquerque en un punto de paso obligatorio para los crecientes flujos de viajeros que cruzaban el país de este a oeste por carretera. La posibilidad de llegar al Old Town en automóvil, que la Ruta 66 hacía posible para millones de americanos de clase media que antes no tenían acceso a este tipo de viajes, cambió radicalmente la escala y el carácter del turismo en el barrio histórico. Ya no eran solo los viajeros ricos llegados en tren los que visitaban el Old Town: ahora llegaban familias enteras en sus automóviles, dispuestas a parar, caminar, comprar y comer en el barrio histórico antes de continuar su camino hacia California o hacia el Este.

La Ruta 66 y Albuquerque: la autopista que creó una ciudad

La historia de la Ruta 66 y su relación con Albuquerque es una de las historias más apasionantes del urbanismo americano del siglo XX, porque ilustra de manera extraordinariamente clara cómo una decisión de infraestructura puede transformar no solo la economía sino la identidad cultural de una ciudad. La Ruta 66, oficialmente designada el 11 de noviembre de 1926, fue el resultado de años de lobbying y negociación entre los estados del centro y el suroeste americano que querían asegurarse de que la nueva red nacional de carreteras pavimentadas que el gobierno federal estaba planificando pasara por sus territorios y no por las rutas alternativas que competían por convertirse en la gran autopista transcontinental.

Albuquerque se convirtió en un nodo crucial de la Ruta 66 por una combinación de factores geográficos e históricos. Geográficamente, el Valle del Río Grande en el que se asienta la ciudad es uno de los pocos puntos del suroeste donde es posible cruzar de las montañas Rocosas hacia el desierto de Sonora sin enfrentarse a pendientes y altitudes que habrían resultado problemáticas para los automóviles de la época. Históricamente, Albuquerque era ya en 1926 la ciudad más grande de Nuevo México y un nodo de transporte consolidado gracias al ferrocarril, lo que significaba que disponía de la infraestructura hotelera, de restauración y de servicios que los viajeros necesitaban.

El recorrido de la Ruta 66 por Albuquerque experimentó una variación importante que es relevante para entender la relación entre la ruta y el Old Town. El trazado original de 1926 cruzaba el centro de la ciudad por 4th Street NW, pasando relativamente cerca del Old Town pero sin atravesarlo directamente. En 1937, la ruta fue realineada para seguir Central Avenue, que sigue siendo hoy la columna vertebral comercial del Albuquerque histórico y que en su tramo por el Old Town pasa a pocos metros de la plaza colonial. Esta realineación de 1937 fue la que puso definitivamente al Old Town en el camino de los viajeros de la Ruta 66 y la que estableció la conexión física y comercial entre la autopista mítica y el barrio histórico que hoy define la experiencia turística del área.

Durante las décadas de oro de la Ruta 66, aproximadamente desde los años 1930 hasta la apertura de la Interstate 40 en los años 1970 que la fue desplazando progresivamente, Albuquerque fue uno de los paradas más populares y más animadas de toda la ruta. La ciudad ofrecía a los viajeros algo que pocas otras paradas podían igualar: la autenticidad histórica de un asentamiento colonial español de tres siglos de antigüedad, combinada con las comodidades de una ciudad moderna con buenos hoteles, restaurantes y servicios. Los moteles, restaurantes y negocios de souvenirs que proliferaron a lo largo de Central Avenue durante estos años crearon el paisaje comercial inconfundible de la Ruta 66 que todavía hoy es parcialmente visible en algunos tramos de la avenida, con sus neón signs, sus arquitecturas kitsch y sus nombres evocadores de una América en movimiento.

Los turistas que llegaban por la Ruta 66 y se desviaban hacia el Old Town encontraban exactamente lo que habían venido a buscar: un lugar que parecía pertenecer a otro siglo, donde las calles tenían nombres españoles, donde los edificios eran de adobe con vigas de madera asomando por los aleros, donde los vendedores de artesanía ofrecían joyería de plata y turquesa, cerámicas decoradas, y, sobre todo, los productos culinarios que eran la seña de identidad gastronómica de Nuevo México: el chile en todas sus formas, las especias, los dulces tradicionales, las conservas y las salsas que concentraban en cada frasco los sabores de una tradición culinaria de quinientos años.

El chile de Nuevo México: historia de un ingrediente fundacional

Para entender por qué una tienda de salsas tiene sentido en el Old Town de Albuquerque, es necesario entender la historia del chile en Nuevo México, porque el chile no es simplemente un ingrediente culinario en este territorio: es una identidad cultural, una obsesión colectiva, un marcador de pertenencia y una fuente de orgullo regional de una intensidad que no tiene parangón en ninguna otra tradición culinaria de los Estados Unidos.

El chile llegó al territorio de Nuevo México con los pueblos que habitaban el Valle del Río Grande desde tiempos precolombinos. Las variedades de Capsicum que se cultivaban en el suroeste americano antes de la llegada de los europeos eran diferentes de las que se cultivaban en México y en América Central, y los agricultores de los pueblos del Río Grande habían desarrollado a lo largo de generaciones variedades adaptadas a la altitud, al clima semiárido y a los suelos específicos de la región. Cuando los colonizadores españoles llegaron al territorio en el siglo XVII, encontraron un cultivo ya plenamente integrado en la agricultura y la gastronomía locales y lo adoptaron inmediatamente, integrándolo en la cocina que habían traído de España y México y creando con el tiempo la cocina de Nuevo México, que es distinta tanto de la cocina mexicana como de la cocina de Texas o de Arizona y que tiene en el chile verde y el chile rojo sus dos ingredientes más definitorios.

La singularidad del chile de Nuevo México no es solo cultural sino genuinamente científica. Las condiciones específicas del Valle del Río Grande, con su altitud de más de mil quinientos metros sobre el nivel del mar, su suelo arcilloso con un pH particular, sus noches frías y sus días calurosos y secos, y la calidad especial de la luz solar en esta latitud, producen chiles con un perfil aromático y una relación entre el picante y el dulzor que los agricultores y los cocineros de la región llevan siglos reconociendo como único. El chile de Hatch, la pequeña ciudad en el sur del estado que se ha convertido en la capital mundial del chile verde, es probablemente la variedad más conocida fuera del estado, pero dentro de Nuevo México la conversación sobre el chile es infinitamente más matizada e incluye decenas de variedades locales, cada una con sus características específicas y sus usos culinarios particulares.

La pregunta "Red or green?" ("¿Rojo o verde?") que los camareros de los restaurantes de Nuevo México hacen a sus clientes al servir prácticamente cualquier plato es tan fundamental en la cultura local que en 1999 fue declarada oficialmente la pregunta estatal de Nuevo México, un reconocimiento humorístico pero genuinamente significativo de la centralidad del chile en la identidad regional. La respuesta correcta, que cualquier nativo del estado conoce y que los visitantes aprenden rápidamente, es "Christmas" ("Navidad"), que significa que el cliente quiere ambos, verde y rojo, en el mismo plato. Esta respuesta, que combina las dos salsas de chile que definen la cocina de Nuevo México, es también, como se descubrirá el visitante de Romero Street, el nombre que une a los dos negocios que comparten el espacio del 400 de esa calle: Salsa Saint, la tienda de salsas, y The Christmas Shop, la tienda de decoración navideña.

El nacimiento de Salsa Saint y The Christmas Shop

La historia específica de Salsa Saint / The Christmas Shop en el 400 de Romero Street NW es la historia de cómo un espacio en el corazón del Old Town de Albuquerque encontró su vocación comercial en la confluencia de dos tradiciones aparentemente dispares pero profundamente conectadas en el contexto de la cultura de Nuevo México: la tradición de las salsas y los productos culinarios de chile, y la tradición de la celebración navideña en el suroeste americano.

La Navidad en Nuevo México tiene un carácter propio que la distingue de cómo se celebra esta festividad en el resto de los Estados Unidos, y que hunde sus raíces en la fusión de las tradiciones católicas españolas y las tradiciones nativas americanas que se produjo en este territorio durante los siglos coloniales. Las luminarias, pequeñas velas dentro de bolsas de papel marrón rellenas de arena que se colocan a lo largo de los caminos y en las azoteas de los edificios de adobe la noche de Nochebuena, son quizás la imagen más icónica de la Navidad en Nuevo México: una tradición que tiene su origen en las faroles de papel que los colonizadores españoles usaban para iluminar el camino hacia las iglesias en las misas de madrugada del Adviento, transformada con el tiempo en una práctica tan arraigada que los barrios del Old Town compiten cada año en la belleza y la abundancia de sus displays de luminarias. Las posadas, las procesiones que representan el viaje de María y José en busca de alojamiento, se celebran en el Old Town con una regularidad y una participación comunitaria que no tiene equivalente en ningún otro barrio de la ciudad.

En este contexto cultural, una tienda que celebra la Navidad durante todo el año no es una excentricidad sino una respuesta perfectamente lógica a una demanda real: los miles de turistas que visitan el Old Town en cualquier época del año y que buscan llevarse a casa un recuerdo de la Navidad en Nuevo México, con sus luminarias, sus chile ristras decorativas, sus santos de bulto y sus colores rojos y verdes que son simultáneamente los colores de la Navidad y los colores del chile. La combinación en un mismo espacio de productos culinarios de chile (Salsa Saint) y decoración navideña (The Christmas Shop) es en este contexto no solo comercialmente inteligente sino culturalmente coherente: ambas mitades del negocio comparten los mismos colores, la misma estética del suroeste americano y la misma clientela de turistas y locales que buscan productos auténticos de Nuevo México para llevar a casa o para regalar.

El establecimiento en Romero Street se inscribe en una larga tradición de comercios del Old Town que han encontrado en la autenticidad cultural del barrio su principal argumento de venta. Desde las galerías de arte que venden pinturas de paisajes del suroeste y esculturas de artistas nativos americanos hasta las joyerías que ofrecen piezas de plata y turquesa, desde los restaurantes que sirven enchiladas con chile verde hasta las tiendas de especias que ofrecen mezclas de chiles secos de las diferentes regiones del estado, el Old Town es un ecosistema comercial construido sobre la celebración y la venta de la identidad cultural de Nuevo México. Salsa Saint / The Christmas Shop ocupa en este ecosistema un nicho perfectamente definido: el de los productos culinarios artesanales de alta calidad y la decoración navideña con sabor a suroeste, dos categorías de producto que tienen en el público que visita el Old Town su mercado natural más amplio.

La Ruta 66 en el siglo XXI: nostalgia y renacimiento

La historia contemporánea del entorno de Salsa Saint / The Christmas Shop no puede entenderse sin comprender el fenómeno del renacimiento de la Ruta 66 que se ha producido en las últimas décadas y que ha transformado la relación de millones de americanos y de turistas internacionales con la mítica autopista. Cuando la Interstate 40 fue completada a principios de los años 1980, reemplazando efectivamente a la Ruta 66 como ruta principal de tráfico transcontinental, muchos pensaron que la vieja autopista simplemente desaparecería, que sus negocios cerrarían, sus edificios se deteriorarían y su memoria se desvanecería en la nostalgia de los que habían conocido sus días de gloria.

Lo que ocurrió en cambio fue algo más complejo y más interesante. La Ruta 66 no desapareció sino que se transformó, pasando de ser una ruta de transporte utilitario a ser un destino turístico en sí misma, un monumento vivo a una era de la historia americana que había terminado pero que la cultura popular seguía recordando con una nostalgia poderosa. La canción de Bobby Troup "Get Your Kicks on Route 66", popularizada por Nat King Cole en 1946 y versionada por innumerables artistas después, la película "Cars" de Pixar (2006) y series documentales como las de la BBC sobre la ruta mantuvieron viva en la imaginación popular la idea de la Ruta 66 como símbolo de libertad, aventura y la América profunda de los años de la posguerra.

Este renacimiento cultural de la Ruta 66 ha tenido consecuencias económicas muy concretas para los negocios situados en su trazado histórico, incluyendo los del Old Town de Albuquerque. Los turistas que recorren la ruta en el siglo XXI, muchos de ellos europeos (especialmente alemanes, holandeses y británicos, que tienen una fascinación particular por la Ruta 66 como símbolo de la América mítica del siglo XX) y japoneses, buscan exactamente el tipo de experiencia auténtica que el Old Town puede ofrecer: edificios históricos, productos artesanales locales, gastronomía regional y la sensación de estar en contacto con una tradición cultural que el tiempo no ha borrado completamente. Salsa Saint / The Christmas Shop, con sus productos de chile de Nuevo México y su decoración de Navidad en el suroeste americano, es exactamente el tipo de tienda que estos visitantes buscan y en la que están dispuestos a gastar con generosidad.


DETALLE ARQUITECTÓNICO

El adobe como lenguaje: arquitectura y clima en el suroeste americano

El edificio que alberga Salsa Saint / The Christmas Shop en el 400 de Romero Street NW es, como prácticamente todos los edificios comerciales del Old Town de Albuquerque, una construcción de adobe o de mampostería que imita la estética del adobe, lo que lo convierte en parte del paisaje arquitectónico más coherente y más auténtico del suroeste americano. Para entender la arquitectura del Old Town, y por tanto el entorno físico inmediato de Salsa Saint, es necesario entender primero qué es el adobe y por qué esta técnica constructiva, desarrollada hace miles de años en los desiertos del suroeste americano y del norte de África, es todavía hoy el lenguaje arquitectónico dominante de esta región.

El adobe es esencialmente tierra cruda, una mezcla de arcilla, arena y materia orgánica (tradicionalmente paja, pero también otros materiales fibrosos) que se amasa con agua hasta obtener una pasta homogénea y se moldea en bloques rectangulares que se secan al sol durante varios días hasta alcanzar una dureza suficiente para ser usados como material constructivo. Es uno de los materiales de construcción más antiguos del mundo: se han encontrado estructuras de adobe con más de ocho mil años de antigüedad en el Oriente Medio, y en el suroeste americano su uso se documenta desde al menos el año 1500 antes de nuestra era. Su popularidad en los climas semiáridos no es accidental sino el resultado de una inteligencia constructiva acumulada a lo largo de generaciones: el adobe tiene una masa térmica extraordinaria, lo que significa que absorbe calor durante el día y lo libera lentamente durante la noche, manteniendo los interiores frescos en verano y cálidos en invierno sin necesidad de sistemas de climatización artificial.

Los edificios de adobe del Old Town tienen características arquitectónicas que los distinguen inmediatamente de cualquier otra arquitectura americana y que crean el carácter visual único del barrio. Los muros son gruesos, frecuentemente de cuarenta a sesenta centímetros, lo que les da una solidez visual y táctil que los materiales de construcción modernos no pueden reproducir. Las esquinas son redondeadas en lugar de angulosas, lo que es el resultado natural del proceso de aplicar el revoco (el enlucido de cal o de barro que protege los muros de adobe de la lluvia) con las manos o con herramientas flexibles. Las ventanas son relativamente pequeñas comparadas con las de las arquitecturas del norte, lo que también es funcionalmente apropiado: en un clima de sol intenso, las ventanas pequeñas reducen la ganancia de calor en verano sin sacrificar la iluminación natural necesaria. Y los tejados son planos o casi planos, con un perfil horizontal que contrasta con los tejados inclinados de las arquitecturas de climas más húmedos y que, en el paisaje de Nuevo México, se integra perfectamente con la horizontalidad de las mesas y los llanos que caracterizan al paisaje regional.

El conjunto de Romero Street: contexto urbano inmediato

Romero Street NW es una de las calles más características del Old Town, una arteria relativamente corta que conecta la plaza central con las áreas comerciales y residenciales adyacentes y que concentra una densidad notable de establecimientos comerciales orientados al turismo. El número 400 de esta calle es parte de un conjunto de edificios que, aunque han sido modificados y adaptados en múltiples ocasiones a lo largo de los siglos, mantienen la escala, los materiales y la atmósfera del asentamiento colonial original.

El conjunto arquitectónico en el que se inscribe Salsa Saint / The Christmas Shop tiene la estructura típica de los bloques comerciales del Old Town contemporáneo: una o dos plantas de altura máxima, con los locales comerciales en planta baja abiertos directamente a la calle o a través de un portal (el porche techado de madera que es uno de los elementos más característicos de la arquitectura del suroeste americano y que proporciona sombra a los peatones y a las entradas de los establecimientos durante los meses de verano), y con patios interiores que en muchos casos siguen la tradición del patio central de la arquitectura doméstica española, aunque reducidos en escala y adaptados a usos comerciales.

Los portales de madera son, junto con los muros de adobe redondeados y las ristras de chile rojo colgadas de las fachadas, el elemento más inmediatamente reconocible de la arquitectura comercial del Old Town. Sus vigas de madera, sus postes de sección cuadrada o circular y sus tejados de tabla crean una secuencia rítmica de luz y sombra a lo largo de las fachadas que es al mismo tiempo funcional y estéticamente muy efectiva. En los meses de verano, cuando la temperatura puede superar los treinta y cinco grados y el sol de Nuevo México cae verticalmente, el portal es un espacio de transición climática entre el calor del exterior y el frescor relativo del interior, una zona de descubrimiento pausado donde el peatón puede detenerse a mirar los escaparates sin el agobio del sol directo. En los meses de invierno, cuando las noches son frías pero los días son frecuentemente soleados y apacibles, el portal atrapa el calor solar y crea un microclima de temperatura agradable que prolonga la temporada comercial y anima al visitante a tomarse su tiempo.

El interior del establecimiento: espacio, sentidos y experiencia del visitante

El interior de un establecimiento como Salsa Saint / The Christmas Shop en el Old Town de Albuquerque es una experiencia sensorial diseñada, consciente o instintivamente, para maximizar el impacto de los productos que vende y para crear en el visitante el estado de ánimo propicio para la compra impulsiva y el recuerdo duradero. Los techos de vigas de madera (vigas y latillas en la terminología de la arquitectura del suroeste), los muros de adobe enlucido en blanco o en los tonos ocres y terracota que son la paleta natural de los materiales locales, los suelos de terracota o de madera oscura, todo ello crea un marco espacial que refuerza el mensaje de autenticidad que los productos del establecimiento proyectan.

La distribución del espacio interior de una tienda de este tipo en el Old Town responde a una lógica de experiencia del visitante que ha sido refinada por décadas de práctica comercial en el barrio. Los productos más visualmente impactantes y más aromáticamente intensos, que en el caso de Salsa Saint son los frascos de salsas de colores brillantes, los chiles secos de diferentes variedades y los condimentos elaborados, se sitúan de manera que sean lo primero que el visitante ve y huele al entrar. El aroma del chile seco, que tiene una complejidad aromática comparable a la del buen café o del vino, es uno de los evocadores sensoriales más efectivos que un establecimiento de este tipo puede emplear: activa en el visitante asociaciones de calidez, autenticidad y cocina casera que predisponen favorablemente hacia la compra.

Los artículos de decoración navideña que constituyen la mitad del negocio (The Christmas Shop) crean en el espacio interior un contraste visual con las salsas que es al mismo tiempo sorprendente y coherente. Los rojos y verdes de los adornos navideños son exactamente los mismos rojos y verdes de las salsas de chile, y esta coincidencia cromática, que no es accidental sino profundamente arraigada en la cultura de Nuevo México (recordemos que "Christmas" es la respuesta que se da cuando se quiere tanto chile rojo como verde), crea una unidad visual del espacio que hace que la combinación de los dos tipos de producto parezca no solo natural sino inevitable. Un ornamento de Navidad en forma de ristra de chile, o un set de condimentos navideños empaquetados en colores rojo y verde, son exactamente el tipo de producto que surge de manera natural en un espacio donde las dos mitades del negocio se retroalimentan.

La relación entre el edificio y el paisaje urbano del Old Town

El 400 de Romero Street NW existe en un diálogo continuo con el tejido urbano que lo rodea, un tejido que es uno de los más coherentes y mejor preservados del suroeste americano y que constituye en sí mismo un argumento de visita de primera magnitud para los turistas que llegan al Old Town. La plaza de Old Town, a escasos metros del establecimiento, es el centro gravitacional de este tejido: sus álamos centenarios, sus bancas de madera, su kiosco de música de hierro forjado del siglo XIX y, sobre todo, la fachada blanca de la iglesia de San Felipe de Neri en su lado norte crean un espacio de gran belleza y autenticidad histórica que establece el tono para toda la experiencia del visitante en el barrio.

Las calles que rodean la plaza, incluyendo Romero Street, son calles peatonales o de tráfico muy reducido en las horas de mayor afluencia turística, lo que crea condiciones ideales para el paseo y la exploración a pie que es la manera natural de descubrir el Old Town. El visitante que sale de la plaza por Romero Street en dirección norte llega al 400 después de pasar por una serie de establecimientos que van preparando su encuentro con Salsa Saint / The Christmas Shop: galerías de arte, joyerías, tiendas de artesanía nativa americana, todo ello enmarcado por las fachadas de adobe y los portales de madera que crean la atmósfera inconfundible del barrio histórico.

La integración de Salsa Saint / The Christmas Shop en este tejido urbano es parte fundamental de su atractivo y de su valor comercial. No es simplemente una tienda: es una tienda en el Old Town de Albuquerque, lo que significa que la experiencia de visitarla está enriquecida por todo el contexto histórico, cultural y arquitectónico que la rodea. El cliente que entra a comprar una salsa de chile verde sale con un frasco de salsa y con la experiencia completa del Old Town: el adobe, la plaza, la iglesia, las calles con nombres españoles, el aroma del chile en el aire. Este contexto es, en el lenguaje del marketing contemporáneo, la propuesta de valor más poderosa que cualquier establecimiento en el Old Town puede ofrecer, y es el resultado de trescientos años de historia acumulada en este rincón del suroeste americano.


SÍNTESIS

Un lugar donde todo converge

Salsa Saint / The Christmas Shop en el 400 de Romero Street NW, Suite 1, Albuquerque, Nuevo México, es muchas cosas simultáneamente: una tienda de productos culinarios de alta calidad, un establecimiento de decoración navideña con sabor a suroeste americano, un punto de venta de souvenirs auténticos del Old Town, y un nodo en la red de experiencias que define la visita al barrio histórico más fascinante de Albuquerque. Pero es también, y quizás sobre todo, el resultado visible y tangible de siglos de historia acumulada en este territorio excepcional.

La dirección de Romero Street es una coordenada en la historia de tres culturas que se encontraron en el suroeste americano y que, con toda la violencia y toda la belleza que ese encuentro conllevó, crearon algo que no existía antes: la cultura de Nuevo México, con su cocina de chile y sus tradiciones navideñas de luminarias, con su arquitectura de adobe y sus fiestas de santos, con su español arcaico y sus palabras de origen náhuatl y tewa integradas en el vocabulario cotidiano, con su obsesión por el chile rojo y el chile verde que cualquier visitante que haya pasado más de unos días en el estado reconoce y comprende como algo más que una preferencia culinaria: como una declaración de identidad.

Cuando un turista que llega por la Ruta 66 entra en Salsa Saint / The Christmas Shop y pide que le recomienden una salsa, y el tendero le pregunta "Red or green?", y el turista, que ya ha aprendido la respuesta correcta, dice "Christmas", ese momento condensa cuatro siglos de historia en una pregunta y una respuesta. El chile rojo y el chile verde juntos: la Navidad de Nuevo México. La síntesis perfecta de un lugar donde, si se sabe mirar, todo habla al mismo tiempo del pasado y del presente, de la tradición y de la invención, del origen y del destino.

 


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