Real
Monasterio de la Encarnación, Madrid: la sangre que se licua cada 27 de julio
Introducción y marco conceptual
A escasos metros del Palacio Real, en la plaza que
lleva su mismo nombre, se levanta uno de los conventos de clausura más
fascinantes de toda España: el Real Monasterio de la Encarnación, situado en
las coordenadas 40,42004 de latitud norte y -3,71157 de longitud oeste, en
pleno corazón del Madrid de los Austrias. Fundado en 1611 por expreso deseo de
la reina Margarita de Austria, esposa de Felipe III, este cenobio de monjas
agustinas recoletas constituye, junto al vecino Monasterio de las Descalzas
Reales, uno de los dos grandes conventos reales que todavía hoy pueden
visitarse en el centro histórico de la capital española, y ambos comparten además
la singular circunstancia de seguir habitados por comunidades religiosas en
activo, lo que confiere a la experiencia de su visita una dimensión de
autenticidad y de continuidad histórica verdaderamente excepcional.
Pocos edificios madrileños son capaces de sintetizar
con tanta claridad la estrecha vinculación que durante siglos mantuvo la
monarquía española con las órdenes religiosas femeninas de clausura, una
relación de mecenazgo y de protección mutua que convirtió a este tipo de
monasterios en auténticos depósitos del patrimonio artístico, devocional y
documental de las grandes familias nobiliarias y reales del país. La propia
fama popular del monasterio, conocido tradicionalmente entre los madrileños con
el cariñoso apelativo de las Margaritas, en honor de su fundadora, se ha visto
además reforzada a lo largo de los siglos por la presencia de una de las
reliquias más singulares y más comentadas de todo el panorama devocional
español: la ampolla que contiene la sangre coagulada de San Pantaleón, un mártir
del siglo IV cuya sangre, según sostiene una tradición centenaria, se licua de
manera inexplicable cada 27 de julio, festividad del santo.
Este artículo desarrolla en profundidad la historia de
la fundación regia del monasterio y de sus principales vicisitudes a lo largo
de más de cuatro siglos, analiza el excepcional patrimonio artístico que
atesora en su interior, con especial atención al célebre relicario y a la
colección pictórica del claustro, examina con detalle las soluciones
arquitectónicas que convirtieron a este edificio en el gran modelo del
denominado estilo barroco madrileño posterior a El Escorial, y sitúa finalmente
el monasterio en su contexto religioso como comunidad de clausura viva y como
custodio de una de las tradiciones devocionales más singulares de todo Madrid.
Síntesis
- Ubicación: plaza de la Encarnación,
Barrio de Palacio, distrito Centro, Madrid, a escasos metros del Palacio
Real.
- Fundación: iniciativa personal de la
reina Margarita de Austria, esposa de Felipe III, con el propósito de
disponer de un monasterio cercano al Alcázar, siguiendo el precedente de
las Descalzas Reales.
- Motivo
conmemorativo adicional: vinculación tradicional con la expulsión de los
moriscos ordenada por Felipe III.
- Primera
piedra: 10 de
junio de 1611, con presencia de la familia real y del cardenal Bernardo de
Sandoval y Rojas.
- Arquitectos: Juan Gómez de Mora, autor
también de la Plaza Mayor de Madrid, y fray Alberto de la Madre de Dios,
revalorizado por la investigación reciente como gran figura del barroco
español.
- Construcción: 1611-1616; inauguración el 2
de julio de 1616, tras el fallecimiento de la reina fundadora en octubre
de 1611.
- Orden
religiosa:
agustinas recoletas, tradicionalmente vinculada a damas de la alta nobleza
española.
- Denominación
popular: las
Margaritas, en honor de la reina fundadora.
- Reforma
dieciochesca: 1761,
remodelación de la iglesia por Ventura Rodríguez.
- Expolios
y crisis:
saqueo durante la invasión napoleónica; exclaustración de la comunidad en
1842 por la Desamortización, con inicio de demolición parcial;
reconstrucción desde 1844 y regreso de las monjas en 1847.
- Segundo
paréntesis histórico: abandono temporal durante la Guerra Civil
española (1936-1939).
- Protección
patrimonial:
declarado Bien de Interés Cultural en 1994; gestión a cargo de Patrimonio
Nacional.
- Relicario: más de 700 piezas en bronce,
coral, marfil y maderas finas de Italia, Alemania, España y los Países
Bajos; retablos florentinos donados por Magdalena de Austria; reliquia de
Santo Tomás de Villanueva.
- Reliquia
principal:
ampolla con la sangre coagulada de San Pantaleón, que la tradición
sostiene que se licua cada 27 de julio, con posibles explicaciones
científicas vinculadas a compuestos orgánicos y minerales sensibles a la
temperatura.
- Claustro: ciclo pictórico dedicado a la
vida de la Virgen María.
- Coro: sillería del siglo XVII.
- Museo: dependiente de Patrimonio
Nacional, con más de 7.000 obras y un rico fondo documental que incluye
correspondencia nobiliaria y ofrendas procedentes de América y Filipinas.
- Arquitectura: fachada de inspiración
herreriana y gran austeridad, considerada modelo fundacional del barroco
madrileño e imitada por otros templos españoles.
- Situación
actual:
monasterio de clausura activo, habitado por una comunidad de agustinas
recoletas, con visitas culturales regulares de martes a domingo.
Historia
La voluntad fundacional de Margarita
de Austria
El origen del Real Monasterio de la Encarnación se
remonta a la iniciativa personal de la reina Margarita de Austria-Estiria,
esposa de Felipe III, quien deseaba disponer de un monasterio propio situado en
las inmediaciones inmediatas del Alcázar real, siguiendo en cierto modo el
precedente que décadas antes había establecido Juana de Portugal, hermana de
Felipe II, al fundar el cercano Monasterio de las Descalzas Reales. Aquella
voluntad regia respondía a una práctica bastante extendida entre las grandes
casas reinantes europeas de la época, en la que las reinas y princesas de mayor
devoción personal solían promover la fundación de conventos de clausura
vinculados estrechamente a su propia memoria familiar y espiritual, dotándolos
generosamente con rentas, con reliquias y con obras de arte procedentes de sus
propias colecciones particulares.
Junto a esta motivación personal de la reina, la
tradición histórica recogida por numerosos cronistas atribuye también a la
fundación del monasterio un segundo propósito de carácter conmemorativo,
vinculado a la decisión que el propio Felipe III había adoptado poco antes de
ordenar la expulsión definitiva de los moriscos que todavía permanecían en el
reino de España, una medida de enorme trascendencia social y demográfica que el
monarca deseaba perpetuar en la memoria colectiva mediante la fundación de una
nueva institución religiosa de acción de gracias, un propósito que se entrelaza,
según recogen diversas fuentes especializadas, con la propia voluntad
devocional de la reina Margarita en el origen último de esta fundación
conventual.
La primera piedra y la construcción
del edificio
El acto fundacional propiamente dicho tuvo lugar el 10
de junio de 1611, fecha en que se colocó solemnemente la primera piedra del
nuevo monasterio, en una ceremonia de gran boato a la que asistió la familia
real española al completo, acompañada por el cardenal Bernardo de Sandoval y
Rojas, arzobispo de Toledo, cuya presencia confería a aquel acto fundacional
una relevancia institucional de primer orden dentro del panorama religioso y
cortesano del Madrid de comienzos del siglo XVII. Para la ejecución material
del proyecto se recurrió a dos de las figuras más destacadas de la arquitectura
madrileña del Siglo de Oro: Juan Gómez de Mora, el mismo arquitecto responsable
del diseño de la Plaza Mayor de Madrid y una de las personalidades más
influyentes dentro del urbanismo cortesano de la época, y fray Alberto de la
Madre de Dios, un religioso carmelita especializado en arquitectura conventual
cuya intervención en la Encarnación ha sido revalorizada notablemente por la
investigación documental más reciente, hasta el punto de ser considerado hoy
por buena parte de la historiografía especializada como uno de los grandes
arquitectos del barroco español, superando en importancia atributiva la que
tradicionalmente se le había reconocido.
Las obras de construcción se desarrollaron entre 1611
y 1616, un periodo relativamente breve de apenas cinco años que permitió
culminar con notable celeridad un proyecto de considerable envergadura, y que
concluyó con la solemne inauguración del monasterio el 2 de julio de 1616,
fecha en que la propia reina Margarita de Austria, impulsora principal de toda
la empresa fundacional, pudo finalmente ver hecho realidad su deseo de disponer
de un monasterio propio en las inmediaciones del Alcázar madrileño, aunque la
soberana no llegaría a disfrutar largamente de aquella satisfacción personal, ya
que falleció apenas unos meses antes, el 3 de octubre de 1611, sin poder
presenciar la conclusión definitiva de las obras que ella misma había impulsado
con tanto empeño.
Damas nobles tras la clausura: la
función social del monasterio
Desde su misma fundación, el Real Monasterio de la
Encarnación quedó destinado a acoger en su interior a una comunidad de monjas
de clausura pertenecientes a la orden de las agustinas recoletas, si bien
resulta especialmente significativo señalar que, a diferencia de otros muchos
conventos españoles de la época, este monasterio madrileño estuvo
tradicionalmente reservado, de manera preferente aunque no exclusiva, a damas
procedentes de la alta nobleza española, una circunstancia que confería a la
institución un carácter social claramente diferenciado respecto a otras
fundaciones religiosas de vocación más popular. Esta condición aristocrática de
la comunidad religiosa explica en buena medida la extraordinaria riqueza del
patrimonio artístico y devocional que fue acumulando el monasterio a lo largo
de los siglos siguientes, ya que las familias nobiliarias de las religiosas que
profesaban en su interior solían aportar generosas dotes materiales, entre
ellas joyas, relicarios, pinturas y otros objetos de gran valor artístico y económico,
que quedaban incorporados de manera permanente al patrimonio conventual.
Aquella estrecha vinculación entre el monasterio y las
grandes familias de la nobleza española del Siglo de Oro se prolongó durante
generaciones, consolidando a la Encarnación como una de las instituciones
religiosas de mayor prestigio social dentro del entramado cortesano madrileño,
una posición privilegiada que explicaría también la propia denominación popular
de las Margaritas con que los madrileños se referían habitualmente al
monasterio, en recuerdo perpetuo de su regia fundadora, cuya memoria quedó así
indisolublemente unida a la propia identidad institucional del cenobio a lo
largo de los siglos siguientes.
El expolio napoleónico y la reforma
de Ventura Rodríguez
A lo largo del siglo XVIII, el monasterio experimentó
una notable transformación arquitectónica de su templo principal, cuando en
1761 se acometió una remodelación de la iglesia dirigida por el prestigioso
arquitecto Ventura Rodríguez, la misma figura central del neoclasicismo
académico español cuya intervención se ha documentado también en otros muchos
edificios religiosos madrileños de la época, entre ellos la parroquia de San
Marcos. Aquella reforma perseguía dotar al templo conventual de un aspecto más
moderno y acorde con los gustos arquitectónicos imperantes a mediados del siglo
XVIII, introduciendo determinados elementos decorativos de raíz clasicista que
vinieron a suavizar, sin llegar a eliminarla por completo, la severa austeridad
herreriana que había caracterizado al proyecto original del siglo XVII.
El siglo XIX trajo consigo, como sucedería con tantas
otras instituciones religiosas españolas de la época, un periodo de
considerable convulsión para el monasterio. Durante la invasión napoleónica, el
cenobio sufrió un notable expolio, viendo dispersada una parte significativa de
su rico patrimonio artístico y devocional acumulado a lo largo de casi dos
siglos de historia, aunque la propia comunidad religiosa lograría, con el paso
de las décadas posteriores, recuperar buena parte de aquellas piezas sustraídas
durante el conflicto. Más grave resultaría todavía el episodio vivido en 1842,
cuando, en el marco del proceso desamortizador que afectó a la práctica
totalidad del patrimonio eclesiástico español durante el siglo XIX, las monjas
del monasterio fueron exclaustradas, viéndose obligadas a abandonar
temporalmente su histórica residencia conventual, una circunstancia que provocó
además el inicio de un progresivo proceso de demolición parcial del propio
edificio conventual.
La reconstrucción decimonónica y el
regreso de la comunidad
Afortunadamente, aquel proceso de demolición no llegó
a completarse, y ya en 1844, apenas dos años después de la exclaustración,
comenzaron los trabajos de reconstrucción del monasterio, un proceso que
permitiría finalmente el regreso de la comunidad religiosa a su histórica sede
en 1847, poniendo fin a un paréntesis de apenas cinco años que constituye,
junto con el posterior episodio de la Guerra Civil española de 1936 a 1939, uno
de los dos únicos periodos de la historia del monasterio en que las monjas se
han visto obligadas a abandonar temporalmente su residencia conventual desde la
propia fundación del cenobio en el siglo XVII, una circunstancia que confirma
la extraordinaria continuidad histórica que ha caracterizado a esta institución
religiosa a lo largo de más de cuatro siglos, incluso en medio de las
convulsiones políticas y sociales más graves atravesadas por España durante
este dilatado periodo.
A lo largo de los siglos XVIII y XIX, el monasterio
fue además protagonista de diversos episodios y anécdotas menores que se han
ido incorporando con el tiempo a la memoria histórica de la institución, entre
ellos la vinculación del compositor y religioso madrileño Lorenzo Román Nielfa,
quien ejerció como profesor de música en el convento durante el siglo XIX,
dejando a su muerte como legado a la Encarnación su propia biblioteca musical
particular, un fondo documental de considerable valor que incluye obras de
compositores de los siglos XVI y XVII, y que constituye hoy un testimonio
adicional de la rica vida cultural que, más allá de su estricta función
devocional, llegó a desarrollarse en el interior de este singular monasterio
madrileño a lo largo de los siglos.
La declaración patrimonial de 1994 y
la gestión de Patrimonio Nacional
El reconocimiento oficial del extraordinario valor
histórico y artístico del conjunto conventual llegó en el año 1994, momento en
que el Real Monasterio de la Encarnación fue formalmente declarado Bien de Interés
Cultural, la máxima categoría de protección patrimonial contemplada por la
legislación española vigente, un reconocimiento que confirma institucionalmente
lo que la propia tradición popular madrileña había reconocido ya de manera
intuitiva a lo largo de siglos: la condición de este monasterio como uno de los
grandes hitos del patrimonio histórico-artístico de la capital española,
comparable en importancia al del propio Monasterio de El Escorial en cuanto a
la representación del estilo arquitectónico y decorativo característico de la
dinastía de los Austrias.
Desde entonces, la gestión integral del monasterio
corresponde al organismo público Patrimonio Nacional, la misma institución
encargada de administrar el conjunto de los grandes bienes históricos vinculados
tradicionalmente a la Corona española, entre ellos el propio Palacio Real, el
Monasterio de El Escorial o el Monasterio de las Descalzas Reales, una gestión
que ha permitido compatibilizar de manera equilibrada la preservación rigurosa
del valor patrimonial del conjunto con el mantenimiento de su función religiosa
activa, ya que el monasterio continúa hoy habitado por una comunidad de
religiosas agustinas recoletas que conviven, en un régimen de clausura
parcialmente adaptado a las necesidades de la visita pública, con el flujo
regular de turistas y de visitantes que cada año se acercan a conocer este
excepcional testimonio del Madrid de los Austrias.
Análisis artístico
El Relicario: setecientas piezas de
devoción europea
El espacio artístico y devocional de mayor interés
dentro de todo el conjunto conventual es, sin discusión posible, el célebre
Relicario del monasterio, una sala que alberga un extraordinario conjunto de
más de setecientas piezas devocionales ejecutadas en materiales tan diversos como
el bronce, el coral, el marfil y distintas maderas finas procedentes de
talleres artísticos de Italia, Alemania, España y los Países Bajos,
configurando en su conjunto uno de los repertorios de arte relicario más
completos y mejor documentados de todo el panorama museístico español. Esta
extraordinaria concentración de piezas devocionales de tan diversa procedencia
geográfica ilustra con claridad la amplitud de las redes de mecenazgo y de
intercambio artístico que vinculaban a la monarquía española de los Austrias
con las principales cortes y talleres artísticos del continente europeo durante
los siglos XVI y XVII, convirtiendo al Relicario de la Encarnación en un
auténtico compendio del gusto devocional cortesano de aquella época.
Entre las piezas de mayor interés conservadas en este
espacio se cuentan también las reliquias enviadas específicamente al monasterio
por Magdalena de Austria, duquesa de Toscana y hermana de la propia reina
fundadora Margarita, entre ellas un conjunto de pequeños retablos enmarcados
con piedras duras procedentes de los talleres florentinos, una de las
manufacturas artísticas más refinadas y prestigiosas de toda la Italia del
Renacimiento tardío y del primer barroco. A este rico conjunto se suma además
una interesantísima colección de más de cuarenta pinturas devocionales de
carácter miniaturesco, que se integran armoniosamente con el resto de las
piezas relicario, configurando en su totalidad un ambiente decorativo de
extraordinaria densidad simbólica y artística, en el que cada pieza remite a
una historia particular de donación, de devoción personal o de vinculación
familiar con la propia dinastía real española.
Junto a estas piezas de procedencia europea, el
Relicario conserva también objetos de notable interés iconográfico, entre ellos
un recipiente plateado con forma de corazón que contiene un omoplato y un paño
perteneciente a Santo Tomás de Villanueva, uno de los santos de mayor devoción
dentro de la tradición agustina, una circunstancia plenamente coherente con la
propia adscripción de la comunidad religiosa del monasterio a la orden de las
agustinas recoletas, y que confirma la manera en que el propio programa
devocional del Relicario se articula en estrecha conexión con la identidad
espiritual específica de la comunidad que durante siglos ha custodiado este
excepcional patrimonio artístico y religioso.
La ampolla de San Pantaleón:
ciencia, tradición y misterio
Sin lugar a dudas, la pieza de mayor fama y de mayor
interés popular dentro de todo el Relicario del monasterio es la célebre
ampolla de cristal que contiene, según sostiene una tradición devocional de
siglos de antigüedad, la sangre coagulada de San Pantaleón, un médico y mártir
cristiano del siglo IV cuya festividad litúrgica se celebra cada 27 de julio.
Según la creencia popular transmitida de generación en generación, y
documentada en las propias fuentes históricas y devocionales vinculadas al
monasterio, la sangre contenida en esta ampolla, habitualmente sólida y
coagulada durante el resto del año, experimenta cada 27 de julio un fenómeno de
licuefacción de causas nunca del todo aclaradas, un prodigio que atrae
anualmente a un considerable número de fieles y de curiosos hasta las
dependencias del monasterio, deseosos de presenciar personalmente este singular
fenómeno devocional.
Resulta de particular interés señalar que este tipo de
fenómenos de aparente licuefacción de sustancias relicario no constituye, en
modo alguno, un caso aislado dentro de la tradición devocional católica, ya que
existen paralelos bien documentados en otras reliquias europeas de naturaleza
similar, y que la propia investigación científica contemporánea ha propuesto
explicaciones plausibles para este tipo de fenómenos, vinculadas a la posible
composición del contenido de la ampolla, que podría combinar elementos
orgánicos con compuestos minerales o grasos susceptibles de experimentar
transiciones de estado sólido a líquido bajo determinadas condiciones de
temperatura ambiental y de manipulación física del propio recipiente, un tipo
de comportamiento que comparten, a título comparativo, sustancias tan diversas
como determinadas pinturas, arcillas, lodos minerales o incluso la miel
cristalizada cuando es expuesta a un calentamiento moderado. Esta perspectiva
científica, lejos de restar valor histórico o cultural al fenómeno
tradicionalmente considerado prodigioso, ofrece una vía complementaria de
comprensión que no necesariamente entra en conflicto con el profundo
significado devocional que esta reliquia ha tenido y continúa teniendo para la
comunidad de fieles vinculada al monasterio a lo largo de los siglos.
El claustro: un ciclo pictórico
dedicado a la Virgen
Otro de los espacios de mayor interés artístico dentro
del conjunto conventual es su claustro, decorado con un notable conjunto de
cuadros que desarrollan distintas escenas dedicadas a la vida de la Virgen
María, un ciclo iconográfico plenamente coherente con la propia advocación
titular del monasterio, dedicado precisamente al misterio de la Encarnación del
Verbo divino en el seno de María. Este conjunto pictórico, distribuido a lo
largo de las galerías del claustro conventual, constituye un ejemplo
representativo del tipo de programa decorativo que solía caracterizar a los
grandes monasterios españoles de la Edad Moderna, en los que la propia
arquitectura claustral servía como soporte físico para el desarrollo de
extensos ciclos iconográficos de contenido mariano o cristológico, destinados
tanto a la edificación espiritual de la propia comunidad religiosa como a la
instrucción devocional de los visitantes ocasionales que accedían a estos
espacios.
El coro y la sillería del siglo XVII
El coro del monasterio, espacio reservado
tradicionalmente al rezo comunitario de las religiosas de clausura, conserva
una notable sillería correspondiente al siglo XVII, un mobiliario litúrgico de
considerable calidad artesanal que constituye un testimonio material directo de
la vida cotidiana de la comunidad religiosa a lo largo de los siglos, y que
revela, en su propia factura y en la calidad de sus materiales, el elevado
nivel de recursos económicos de que disponía esta institución conventual,
estrechamente vinculada como se ha señalado a las grandes familias de la
nobleza española del Siglo de Oro que aportaban generosas dotes materiales a las
religiosas que profesaban en su interior.
El museo de las siete mil obras y el
patrimonio documental
Más allá de estos espacios específicamente destacados,
el conjunto del monasterio alberga en la actualidad un museo dependiente de
Patrimonio Nacional que reúne, según las cifras habitualmente citadas por los
especialistas en la materia, más de siete mil obras pictóricas y objetos
artísticos de muy diversa naturaleza, un patrimonio acumulado a lo largo de más
de cuatro siglos de historia institucional ininterrumpida, y que sitúa a este
monasterio, junto al vecino de las Descalzas Reales, entre las instituciones
religiosas madrileñas de mayor riqueza artística y documental de todo el
panorama museístico de la capital española. Junto a este extraordinario patrimonio
pictórico, el monasterio conserva también un notable fondo documental
histórico, que incluye desde cartas procedentes de la nobleza madrileña hasta
registros de ofrendas devocionales enviadas al monasterio desde territorios tan
alejados como América y Filipinas, un testimonio adicional de la extraordinaria
proyección geográfica que llegó a alcanzar la fama y el prestigio devocional de
esta institución religiosa madrileña a lo largo de los siglos de la Edad
Moderna española.
Detalle arquitectónico
El modelo herreriano y el nacimiento
del barroco madrileño
Desde el punto de vista estrictamente arquitectónico,
el Real Monasterio de la Encarnación constituye, según coinciden en señalar de
manera prácticamente unánime los especialistas en la historia de la
arquitectura española, el mejor ejemplo conservado del estilo característico de
la dinastía de los Austrias inmediatamente posterior a la construcción del
Monasterio de El Escorial, erigiéndose en un modelo de referencia para lo que
la historiografía especializada ha terminado por denominar barroco madrileño,
una corriente arquitectónica que combina la severa austeridad decorativa
heredada del estilo herreriano practicado por Juan de Herrera en El Escorial
con determinados elementos de mayor dinamismo compositivo propios ya del
incipiente lenguaje barroco que por entonces comenzaba a difundirse por el
conjunto de la arquitectura religiosa europea.
La fachada del templo conventual, considerada por los
especialistas como el elemento arquitectónico de mayor relevancia e influencia
de todo el conjunto, responde precisamente a este modelo de inspiración
herreriana caracterizado por su gran austeridad decorativa, una sobriedad
compositiva que resultaría tan influyente dentro del panorama arquitectónico
religioso español que llegó a crear escuela propia, siendo imitada por otros
muchos templos españoles posteriores que adoptaron, con distintas variaciones
locales, este mismo modelo de fachada sobria y monumental como referencia
compositiva para sus propios proyectos constructivos, confirmando así la
extraordinaria influencia que esta obra concreta de Gómez de Mora y de fray
Alberto de la Madre de Dios llegaría a ejercer sobre el conjunto de la
arquitectura religiosa española de las décadas siguientes.
La colaboración entre Gómez de Mora
y fray Alberto de la Madre de Dios
Resulta de particular interés, dentro del análisis
arquitectónico de este conjunto conventual, detenerse en la propia colaboración
profesional que se estableció entre los dos arquitectos responsables del
proyecto original, Juan Gómez de Mora y fray Alberto de la Madre de Dios, una
asociación entre un arquitecto civil de la máxima relevancia dentro del
panorama cortesano madrileño de comienzos del siglo XVII y un religioso
especializado específicamente en arquitectura conventual, cuya intervención
concreta en el diseño tanto de la iglesia como de la parte estrictamente
conventual del edificio ha sido objeto de una notable revalorización
historiográfica en las últimas décadas, gracias a nuevos descubrimientos
documentales que han permitido reconocer con mayor precisión la relevancia
específica de la contribución de este religioso arquitecto dentro del proyecto
conjunto, hasta el punto de que la investigación más reciente lo considera hoy
como una de las grandes figuras, todavía insuficientemente reconocida por el
gran público, de todo el barroco arquitectónico español.
Esta colaboración entre un arquitecto civil de máximo
prestigio cortesano y un especialista religioso en tipologías conventuales
resultaba, por otra parte, bastante habitual dentro de la práctica constructiva
española de la época, en la que los grandes proyectos de arquitectura religiosa
solían requerir tanto de la pericia técnica y del prestigio institucional de
arquitectos civiles de renombre como del conocimiento específico y detallado de
las necesidades funcionales y litúrgicas propias de cada orden religiosa
concreta, un conocimiento que solían poseer de manera privilegiada aquellos
religiosos que, como fray Alberto de la Madre de Dios, habían dedicado buena
parte de su trayectoria profesional específicamente al diseño de este tipo de
edificios conventuales.
La reforma de Ventura Rodríguez y la
evolución del interior
Como se ha señalado ya en el análisis histórico
precedente, el interior del templo conventual experimentó en 1761 una notable
reforma dirigida por el arquitecto Ventura Rodríguez, una intervención que
introdujo determinados elementos decorativos de gusto más moderno dentro del
espacio interior de la iglesia, sin llegar sin embargo a alterar
sustancialmente la austera fisonomía exterior heredada del proyecto original
del siglo XVII, una circunstancia que ilustra la manera en que este tipo de
grandes conjuntos monásticos españoles fueron capaces de incorporar, a lo largo
de los siglos, sucesivas actualizaciones decorativas y estilísticas sin
comprometer por ello la identidad arquitectónica fundamental de sus fachadas y
de sus volúmenes exteriores más característicos, aquellos precisamente que
habían llegado a convertirse, como se ha señalado, en modelo de referencia para
el conjunto de la arquitectura religiosa española posterior.
Contexto religioso
La dimensión religiosa del Real Monasterio de la
Encarnación resulta indisociable de su propia condición de comunidad de
clausura activa, perteneciente a la orden de las agustinas recoletas, una rama
reformada de la orden agustiniana caracterizada por la observancia de una regla
de particular rigor ascético y contemplativo, orientada fundamentalmente hacia
la vida de oración y de recogimiento espiritual alejada del mundo exterior.
Esta condición de comunidad viva, que se ha mantenido de manera prácticamente
ininterrumpida desde la propia fundación del monasterio en 1611, salvo los dos
breves paréntesis ya mencionados correspondientes a la exclaustración
decimonónica de 1842 a 1847 y al periodo de la Guerra Civil española entre 1936
y 1939, convierte a este monasterio en un testimonio excepcional de continuidad
devocional dentro del panorama religioso del Madrid contemporáneo, comparable únicamente,
dentro del propio centro histórico de la capital, al del vecino Monasterio de
las Descalzas Reales.
La propia advocación titular del monasterio, dedicado
al misterio de la Encarnación del Verbo divino en el seno de la Virgen María,
remite directamente a uno de los grandes misterios centrales de la fe
cristiana, aquel que conmemora la anunciación angélica y la consiguiente
concepción virginal de Jesucristo, un misterio teológico de primer orden dentro
de la tradición católica que encuentra su correspondiente expresión
iconográfica, como se ha señalado en el análisis artístico precedente, en el
ciclo pictórico mariano que decora las galerías del claustro conventual. Junto
a esta dimensión estrictamente teológica, la vida religiosa cotidiana del monasterio
se articula también en torno a la devoción específicamente vinculada a la orden
agustina, cuya presencia queda atestiguada, entre otros elementos, por la
reliquia de Santo Tomás de Villanueva conservada en el Relicario, uno de los
santos de mayor veneración dentro de la propia tradición espiritual de esta
orden religiosa.
Finalmente, la tradición devocional más singular y de
mayor proyección popular vinculada a este monasterio es, sin duda, la ya
analizada ceremonia anual de la licuefacción de la sangre de San Pantaleón,
celebrada cada 27 de julio coincidiendo con la festividad litúrgica de este
santo médico y mártir del siglo IV, una jornada en que el monasterio abre sus
puertas a un considerable número de fieles y de visitantes deseosos de presenciar
personalmente este fenómeno tradicionalmente considerado prodigioso, una
celebración que, más allá de las distintas interpretaciones científicas o
estrictamente devocionales que puedan formularse sobre su verdadera naturaleza,
constituye hoy uno de los momentos de mayor proyección pública y de mayor
arraigo popular dentro del calendario litúrgico anual de esta comunidad
religiosa madrileña, renovando cada año el vínculo entre la clausura conventual
y la ciudad que la rodea.