Museo de San Isidro, Madrid: el lugar donde la leyenda y la arqueología se dan la mano
Introducción y marco conceptual
En el número 2 de la plaza de San Andrés, justo al lado de la parroquia homónima y en pleno corazón del barrio de La Latina, se levanta un edificio que resume por sí solo la doble naturaleza que caracteriza a buena parte del patrimonio cultural madrileño: el Museo de San Isidro, Los Orígenes de Madrid, situado en las coordenadas 40,41208 de latitud norte y -3,71086 de longitud oeste. Pocas instituciones museísticas de la capital española condensan de manera tan elocuente esta doble condición, ya que el propio nombre del museo revela una superposición de identidades que conviene desentrañar desde el primer momento: por un lado, el edificio se asienta sobre el solar que la tradición popular identifica como la casa de Iván de Vargas, el amo al servicio del cual trabajaba el santo patrón de Madrid, convirtiendo al inmueble en un lugar de memoria devocional de primer orden; por otro lado, sus salas custodian hoy la colección arqueológica y paleontológica más completa de cuantas existen sobre el pasado remoto de la propia ciudad.
Esta coexistencia entre la leyenda hagiográfica y el rigor científico de la investigación arqueológica no debe entenderse como una contradicción, sino como el resultado de un largo proceso histórico en el que un mismo edificio ha ido acumulando funciones y significados distintos a lo largo de los siglos, desde su condición original de palacio renacentista de una familia noble madrileña hasta su actual papel como institución municipal encargada de salvaguardar y difundir el conocimiento sobre los orígenes más remotos de la capital de España. El propio edificio que hoy visitan los turistas y estudiosos no es, además, el original, sino una cuidadosa reconstrucción llevada a cabo en la década de 1990 sobre las ruinas de un inmueble que había sido demolido casi en su totalidad debido a su estado de grave deterioro.
Este artículo desarrolla en profundidad la historia del edificio y de la institución museística que hoy lo ocupa, desde su origen como palacio de la familia Luján en el siglo XVI hasta su reapertura ampliada en 2012, analiza los valores artísticos y devocionales que atesora, con especial atención a la capilla barroca dedicada al santo patrón de Madrid y a la rica colección arqueológica que documenta la evolución urbana de la ciudad, y examina con detalle las soluciones arquitectónicas que caracterizan tanto al patio renacentista original como al edificio de nueva planta que hoy alberga la exposición permanente.
Síntesis
- Ubicación: plaza de San Andrés número 2, barrio de La Latina, junto a la parroquia de San Andrés Apóstol, distrito Centro, Madrid.
- Origen del edificio: palacio renacentista construido en la primera mitad del siglo XVI por la familia noble de los Lujanes, cuyo escudo se conserva en los capiteles del patio.
- Uso como residencia del Nuncio: desde el traslado de la corte a Madrid en 1561, y especialmente a partir de 1591, hasta mediados del siglo XVII.
- Tradición devocional: consolidada a finales del siglo XVII, identifica el solar como la casa de Iván de Vargas, amo de San Isidro Labrador; tradición no confirmada por cronistas anteriores pero nunca formalmente desmentida.
- Propietarios históricos: familia de los condes de Paredes, desde finales del siglo XVII hasta mediados del siglo XIX, principal periodo constructivo de la capilla dedicada al santo.
- Elemento devocional central: el Pozo del Milagro, vinculado a la tradición del salvamento milagroso del hijo de San Isidro, representado pictóricamente en la bóveda de la capilla por Zacarías González Velázquez en 1789.
- Demolición: casi total del conjunto en 1974 (o 1972 según algunas fuentes institucionales), debido a su grave estado de deterioro, tras un largo periodo de decadencia.
- Elementos originales conservados: la capilla barroca de los siglos XVII y XVIII, el Pozo del Milagro y parte del patio renacentista del siglo XVI.
- Reconstrucción y creación del museo: promovida conjuntamente por el Ministerio de Fomento y el Ayuntamiento de Madrid, tras excavación arqueológica previa del solar.
- Inauguración: 15 de mayo de 2000, festividad de San Isidro, por el alcalde José María Álvarez del Manzano.
- Origen de la colección: fondos procedentes del desaparecido Instituto Arqueológico Municipal y del antiguo Museo Municipal de Madrid, con más de cien años de investigación arqueológica madrileña.
- Ampliación y reapertura: 2012, con la incorporación del almacén visitable, con más de 600 piezas arqueológicas ordenadas cronológica y tipológicamente.
- Superficie expositiva: más de 600 metros cuadrados de exposición permanente, bajo el título Orígenes de Madrid.
- Cronología de la colección: desde la Prehistoria y la Protohistoria hasta el traslado de la Corte a Madrid por Felipe II en 1561.
- Otros espacios destacados: patio renacentista del siglo XVI, jardín arqueobotánico junto al ábside de la Capilla del Obispo, y sala dedicada a San Isidro y Santa María de la Cabeza.
- Arquitectura general: combinación de elementos históricos supervivientes (capilla, pozo, patio) integrados en un edificio de nueva planta construido tras la reconstrucción de finales del siglo XX.
- Situación actual: museo municipal de entrada gratuita, dependiente del Ayuntamiento de Madrid, con exposiciones temporales periódicas y visitas guiadas para grupos.
Historia
El palacio de los Luján: un ejemplo del Renacimiento civil madrileño
El origen constructivo del edificio que hoy ocupa el Museo de San Isidro se remonta a la primera mitad del siglo XVI, momento en que la familia noble de los Lujanes levantó en este emplazamiento uno de los palacios más representativos del incipiente Renacimiento civil madrileño, cuyo escudo heráldico todavía puede contemplarse esculpido en los capiteles del patio interior del edificio, un testimonio directo de la propiedad original de este linaje sobre el inmueble. Aquel palacio renacentista, construido en un momento en que Madrid todavía no había alcanzado la condición de capital del reino, constituye uno de los ejemplos mejor documentados de la arquitectura residencial noble de la época, un periodo en el que la villa comenzaba ya a experimentar cierto crecimiento urbano vinculado a su papel como sede ocasional de la corte castellana.
Con el traslado definitivo de la corte a Madrid, decidido por Felipe II en 1561, y particularmente a partir de 1591, el edificio experimentó un cambio funcional de gran relevancia, siendo destinado a alojar al Nuncio Apostólico, el representante diplomático de la Santa Sede ante la monarquía española, una función que desempeñó hasta mediados del siglo XVII, en consonancia con la condición del palacio como uno de los inmuebles de mayor prestigio y dignidad arquitectónica de todo el Madrid de la época, adecuado por tanto para alojar a una figura diplomática de tan alto rango dentro del protocolo cortesano.
La tradición de la casa de Iván de Vargas y la construcción de la capilla
A finales del siglo XVII comenzó a fraguarse y a consolidarse entre los madrileños una tradición popular de enorme trascendencia para la historia posterior del edificio: la creencia de que aquel mismo solar había albergado en su día la casa de Iván de Vargas, el hidalgo madrileño al servicio del cual trabajaba como labrador San Isidro, el santo patrón de la villa. Conviene señalar, con el rigor histórico que exige un análisis riguroso de esta cuestión, que los cronistas anteriores dedicados a narrar la vida del santo labrador no situaban originalmente en este emplazamiento concreto la residencia de su amo, lo que sugiere que aquella tradición se fue construyendo y consolidando progresivamente con el paso de las generaciones, sin que exista una base documental completamente sólida que la respalde desde sus orígenes más remotos, aunque dicha tradición llegó finalmente hasta nuestros días sin haber sido nunca formalmente desmentida por la investigación histórica posterior.
Fue precisamente esta creciente tradición popular la que impulsó, a partir de la segunda mitad del siglo XVII, la construcción de una capilla dedicada específicamente a la memoria de San Isidro dentro del propio recinto del antiguo palacio, un proceso constructivo que se prolongaría con distintas fases de ampliación y reforma a lo largo de los siglos XVII y XVIII, coincidiendo con el periodo en que la propiedad del inmueble había pasado ya a manos de la familia de los condes de Paredes, quienes se convirtieron en los propietarios del edificio desde finales del siglo XVII hasta mediados del siglo XIX, y bajo cuya titularidad se desarrolló precisamente la etapa más activa y de mayor relevancia constructiva en lo relativo tanto a la edificación original de la capilla como a sus posteriores reformas y ampliaciones decorativas.
El pozo del milagro y la consolidación devocional del lugar
Dentro de este mismo proceso de consolidación devocional del edificio como lugar de memoria vinculado a San Isidro, cobra especial relevancia la tradición asociada al denominado Pozo del Milagro, un elemento arquitectónico y simbólico que la piedad popular madrileña relacionó con uno de los episodios más célebres de la hagiografía del santo labrador: aquel en que, según narra la tradición, San Isidro habría salvado milagrosamente a su hijo de morir ahogado en el fondo de un pozo, haciendo que las aguas subieran de manera prodigiosa hasta el brocal del propio pozo, permitiendo así que el niño pudiera ser rescatado con vida. Este episodio milagroso, uno de los más repetidos y populares dentro del extenso repertorio hagiográfico atribuido a San Isidro, encontró en este mismo edificio un emplazamiento físico concreto al que vincularse, reforzando todavía más la identificación del inmueble con la memoria material del santo patrón madrileño.
La importancia simbólica de este episodio quedó además plasmada artísticamente en el propio edificio, ya que la escena del milagro del pozo fue representada pictóricamente por el pintor Zacarías González Velázquez en 1789, en una composición específicamente concebida para decorar la bóveda de la capilla dedicada al santo, una obra que, como se detallará en el análisis artístico posterior, constituye hoy una de las piezas de mayor interés iconográfico conservadas dentro del conjunto museístico, y que confirma la persistencia de esta tradición devocional incluso en fechas relativamente tardías dentro de la propia historia constructiva del edificio.
La decadencia del siglo XIX y comienzos del XX
Tras el prolongado periodo de propiedad de la familia de los condes de Paredes, que se extendió hasta mediados del siglo XIX, el edificio inició una progresiva etapa de decadencia y deterioro que se prolongaría durante más de un siglo, un destino compartido por numerosos edificios históricos madrileños de titularidad nobiliaria que, tras el fin del Antiguo Régimen y la consiguiente transformación de las estructuras sociales y económicas tradicionales, perdieron paulatinamente el mantenimiento y la atención que sus antiguos propietarios les habían dispensado durante los siglos anteriores. Este proceso de deterioro continuado afectó de manera especialmente grave a la fábrica original del palacio renacentista de los Lujanes, comprometiendo progresivamente su estabilidad estructural y su propia habitabilidad.
El estado de degradación alcanzado por el edificio a lo largo de este dilatado periodo de abandono llegaría a ser de tal gravedad que, finalmente, en el año 1974, según documentan la mayoría de las fuentes especializadas, aunque alguna fuente institucional sitúa este mismo episodio en 1972, las autoridades competentes se vieron obligadas a proceder a la demolición de la práctica totalidad del conjunto edificado, una decisión drástica que sin embargo no llegó a afectar a determinados elementos de especial valor patrimonial que lograron conservarse en pie, entre ellos la propia capilla barroca dedicada a San Isidro, el histórico Pozo del Milagro y ciertos restos del patio renacentista original del siglo XVI, fragmentos que servirían posteriormente como punto de partida fundamental para el proceso de reconstrucción del conjunto.
La reconstrucción y la creación del museo: el proyecto de finales del siglo XX
Tras aquella demolición de 1974, y previa una cuidadosa excavación arqueológica del solar que permitió documentar con precisión los restos conservados y planificar adecuadamente el proceso de reconstrucción, el Ministerio de Fomento y el Ayuntamiento de Madrid emprendieron conjuntamente un ambicioso proyecto de recuperación del conjunto, orientado desde el primer momento hacia su futura conversión en sede de una nueva institución museística dedicada específicamente a la historia y a la arqueología de la ciudad de Madrid. Este proceso de reconstrucción integró de manera deliberada los elementos originales que habían logrado sobrevivir a la demolición parcial del edificio, combinándolos con una nueva fábrica arquitectónica de planta moderna concebida específicamente para albergar de manera adecuada las funciones museográficas y expositivas que se proyectaban para la nueva institución.
El resultado de este dilatado proceso de reconstrucción, que se extendió a lo largo de varias décadas, fue la creación del actual Museo de San Isidro, Los Orígenes de Madrid, inaugurado oficialmente el 15 de mayo de 2000 por el entonces alcalde de la capital, José María Álvarez del Manzano, en una fecha simbólicamente significativa por coincidir precisamente con la festividad litúrgica de San Isidro Labrador, patrón de la villa. La colección permanente que desde el primer momento se instaló en el nuevo museo procedía en su mayor parte de dos instituciones anteriores hoy desaparecidas, el Instituto Arqueológico Municipal y el antiguo Museo Municipal de Madrid, cuyos respectivos fondos, acumulados a lo largo de más de cien años de investigación arqueológica sobre el territorio madrileño, encontraron en esta nueva sede un espacio adecuado para su conservación y su exhibición pública de manera unificada.
La ampliación y reapertura de 2012
El desarrollo posterior de la institución museística conocería todavía una fase adicional de notable transformación con la reapertura del museo a comienzos del año 2012, un proceso de renovación que trajo consigo la incorporación de nuevos espacios expositivos de gran interés para el público visitante, entre los que destaca de manera particular el denominado almacén visitable, un ámbito situado en la planta subterránea del edificio en el que se exhiben, siguiendo un riguroso criterio de ordenación cronológica, tipológica y por yacimientos de procedencia, más de seiscientas piezas arqueológicas adicionales que hasta entonces habían permanecido custodiadas en los depósitos del museo sin posibilidad de contemplación pública directa.
Esta ampliación de 2012 respondió a una tendencia museográfica cada vez más extendida entre las instituciones culturales contemporáneas, orientada a ofrecer al visitante una mayor transparencia sobre el propio trabajo interno de conservación y catalogación patrimonial que se desarrolla habitualmente fuera del alcance del público general, permitiendo así que la experiencia de la visita no se limitara exclusivamente a la contemplación de una selección curada de piezas destacadas, sino que ofreciera también una perspectiva mucho más amplia y representativa sobre la extraordinaria riqueza y diversidad del patrimonio arqueológico municipal madrileño acumulado a lo largo de más de un siglo de investigación científica continuada.
Análisis artístico
La capilla de San Isidro: un espacio devocional entre lo barroco y lo popular
El principal foco de interés artístico dentro del conjunto museístico lo constituye la capilla dedicada a San Isidro Labrador y a su esposa Santa María de la Cabeza, un espacio devocional cuya construcción y sucesivas ampliaciones se desarrollaron fundamentalmente a lo largo de los siglos XVII y XVIII, bajo el patrocinio de la familia de los condes de Paredes, propietarios del edificio durante aquel dilatado periodo. Esta capilla, calificada por diversos cronistas especializados en patrimonio madrileño como una auténtica pequeña joya del arte barroco, constituye uno de los escasísimos elementos del conjunto original que logró sobrevivir íntegramente a la demolición de 1974, un hecho que confiere a este espacio un valor documental y artístico verdaderamente excepcional dentro del conjunto museístico actual.
La bóveda de esta capilla alberga una de las piezas pictóricas de mayor interés iconográfico conservadas en todo el museo: la representación del episodio conocido como el Pozo del Milagro, realizada en 1789 por el pintor Zacarías González Velázquez, perteneciente a una destacada familia de artistas madrileños activos durante el siglo XVIII. Esta composición, que narra visualmente el prodigio mediante el cual San Isidro habría salvado a su hijo de morir ahogado haciendo ascender milagrosamente las aguas de un pozo hasta su propio brocal, constituye un ejemplo elocuente de la pervivencia, incluso en fechas relativamente tardías del siglo XVIII, de un lenguaje pictórico plenamente barroco al servicio de la exaltación de la hagiografía popular vinculada al santo patrón de la capital española.
La sala dedicada a San Isidro y Santa María de la Cabeza
Dentro del recorrido museográfico actual del edificio, existe una sala específicamente dedicada a profundizar en la figura devocional de San Isidro y de su esposa, Santa María de la Cabeza, constituyendo la tercera y última gran área temática de la colección permanente del museo, tras las dos primeras secciones dedicadas respectivamente a los orígenes prehistóricos y protohistóricos de la ciudad y a su posterior evolución durante la Antigüedad y la Edad Media. Esta sala reúne un conjunto de obras artísticas de distintas épocas y estilos, todas ellas centradas en representar los diversos milagros y episodios legendarios tradicionalmente atribuidos al santo labrador, configurando así un compendio iconográfico de notable interés para comprender la evolución del culto popular hacia esta figura a lo largo de los siglos.
Esta concentración temática en torno a la hagiografía de San Isidro dentro de una sala específica del museo permite al visitante contemporáneo aproximarse de manera ordenada y didáctica a un fenómeno de religiosidad popular que ha marcado de manera decisiva la propia identidad cultural de la ciudad de Madrid, ofreciendo un contrapunto devocional y artístico al discurso predominantemente arqueológico y científico que articula el resto del recorrido museográfico, y confirmando de este modo la ya mencionada doble naturaleza, devocional y científica a un tiempo, que define la propia esencia de esta institución museística desde su misma concepción fundacional.
La colección arqueológica: de la prehistoria a la capital de la monarquía
Más allá de su dimensión devocional, el principal patrimonio artístico y científico del museo lo constituye su extensa colección arqueológica y paleontológica, que los propios responsables de la institución describen como capaz de resumir más de cien años de investigación arqueológica madrileña, gracias fundamentalmente a los fondos heredados del desaparecido Instituto Arqueológico Municipal y del antiguo Museo Municipal de Madrid. Esta colección permanente, organizada bajo el título general de Orígenes de Madrid, articula su discurso expositivo a través de distintas áreas temáticas que recorren cronológicamente la historia de la ciudad desde los primeros asentamientos humanos documentados en la región hasta la consolidación de Madrid como sede permanente de la monarquía española tras la decisión de Felipe II de 1561.
Entre las piezas y conjuntos de mayor interés dentro de esta rica colección arqueológica se cuentan los materiales procedentes de yacimientos paleolíticos, prehistóricos y protohistóricos hallados en distintas campañas de excavación desarrolladas a lo largo de la amplia área geográfica que rodea los valles de los ríos Manzanares y Jarama, así como una notable representación de restos correspondientes a la época romana y visigoda documentada en el subsuelo madrileño, un conjunto que en su totalidad permite reconstruir con considerable precisión la evolución del poblamiento humano en este territorio a lo largo de decenas de miles de años, mucho antes incluso de que existiera la propia fundación islámica de Mayrit que dio origen al núcleo urbano medieval de la ciudad.
El jardín arqueobotánico: arte, ciencia y memoria vegetal
Un elemento de particular originalidad dentro del conjunto museístico es el denominado jardín arqueobotánico, un espacio verde situado junto al ábside de la vecina Capilla del Obispo que combina de manera singular la dimensión artística y paisajística propia de cualquier jardín urbano con un riguroso propósito científico y documental, ya que este espacio recoge información sobre las distintas especies vegetales que históricamente fueron cultivadas en la ciudad de Madrid, documentadas a partir del estudio de semillas y de otros restos botánicos hallados durante las distintas campañas de excavación arqueológica desarrolladas en el territorio urbano madrileño a lo largo de las últimas décadas.
Este jardín constituye, en cierto sentido, una prolongación al aire libre del propio discurso museográfico interior, trasladando al ámbito de la jardinería y del paisajismo urbano contemporáneo los mismos principios de rigor científico y de vocación divulgativa que caracterizan al conjunto de la institución, y ofreciendo a los visitantes una experiencia sensorial y contemplativa que complementa de manera muy adecuada el recorrido expositivo estrictamente arqueológico e histórico que se desarrolla en el interior del edificio, en un ejemplo notable de cómo la museografía contemporánea es capaz de integrar dimensiones artísticas, científicas y paisajísticas dentro de un mismo proyecto cultural coherente.
Detalle arquitectónico
El patio renacentista: el único testimonio material del palacio de los Lujanes
Desde el punto de vista estrictamente arquitectónico, el elemento de mayor valor patrimonial conservado del antiguo palacio renacentista de la familia Luján es su patio interior, cuyas columnas y capiteles, decorados con el escudo heráldico de esta familia noble, constituyen hoy el testimonio material más directo y elocuente de la fábrica original del edificio construido durante la primera mitad del siglo XVI. Este patio renacentista, descrito por numerosos cronistas especializados como uno de los mejores ejemplos conservados de arquitectura civil renacentista en todo Madrid, sobrevivió parcialmente a la demolición de 1974 gracias a su especial valor patrimonial, siendo cuidadosamente integrado dentro del nuevo proyecto arquitectónico de reconstrucción del conjunto.
La conservación de este patio, aunque sea de manera parcial respecto a su configuración original completa, resulta de extraordinaria importancia para la comprensión histórica del edificio, ya que permite a los visitantes e investigadores contemplar de manera directa el lenguaje arquitectónico clasicista que caracterizaba a la residencia noble madrileña de mediados del siglo XVI, un periodo de transición estilística entre la tradición constructiva medieval y las nuevas corrientes renacentistas que por entonces comenzaban a difundirse por el conjunto de la arquitectura civil española, especialmente en aquellos edificios vinculados a familias de la alta nobleza con capacidad económica suficiente para acometer proyectos constructivos de vanguardia estética.
La reconstrucción de 1974-2000: un edificio de nueva planta sobre cimientos históricos
El proceso de reconstrucción llevado a cabo tras la demolición casi total del conjunto en 1974, y que culminaría con la inauguración del museo en el año 2000, se caracterizó por una estrategia arquitectónica que combinó de manera deliberada la integración de los elementos históricos supervivientes, fundamentalmente la capilla barroca, el Pozo del Milagro y el ya mencionado patio renacentista, con la construcción de un edificio de nueva planta específicamente concebido para albergar las infraestructuras técnicas y funcionales necesarias para el desarrollo de los servicios propios de una institución museística contemporánea, entre ellas salas de exposición adecuadamente acondicionadas, sistemas de climatización y de seguridad, espacios de almacenamiento y conservación de fondos, y áreas de recepción y atención al público visitante.
Esta estrategia de intervención arquitectónica, que combina la restitución cuidadosa de fragmentos históricos con la incorporación de una arquitectura contemporánea plenamente funcional, resulta coherente con las corrientes dominantes dentro de la disciplina de la restauración patrimonial española de finales del siglo XX, orientadas generalmente hacia una clara diferenciación material y formal entre los elementos históricos originales y las intervenciones de nueva construcción, evitando de este modo cualquier confusión respecto a la auténtica cronología y autoría de cada parte del conjunto edificado, un criterio metodológico que contrasta de manera interesante con el enfoque de fidelidad histórica extrema aplicado en otros procesos de reconstrucción patrimonial madrileños de la misma época, como el ya analizado en el caso de la vecina capilla de San Isidro adosada a la parroquia de San Andrés.
La organización espacial del museo: de la sala de San Isidro al almacén visitable
La distribución interior del actual edificio museístico se articula en torno a un recorrido expositivo que combina distintos tipos de espacios, cada uno de ellos con una función y una configuración arquitectónica específica dentro del conjunto general. La denominada sala de San Isidro, que alberga tanto la capilla barroca como el conjunto de piezas artísticas dedicadas a la hagiografía del santo patrón, constituye el núcleo devocional e histórico más directamente vinculado a los elementos originales conservados del antiguo palacio, mientras que las restantes salas de exposición permanente, distribuidas a lo largo de más de seiscientos metros cuadrados de superficie expositiva, se organizan siguiendo un criterio estrictamente cronológico y temático destinado a narrar la evolución histórica y arqueológica de la ciudad de Madrid desde sus orígenes más remotos hasta la consolidación de la capital como sede permanente de la monarquía española.
El ya mencionado almacén visitable, incorporado al conjunto museográfico con motivo de la reapertura de 2012 y situado en la planta subterránea del edificio, constituye un espacio arquitectónico de características técnicas específicamente adaptadas a su función de depósito patrimonial parcialmente accesible al público, dotado de las condiciones ambientales de humedad, temperatura y luminosidad adecuadas para garantizar la correcta conservación a largo plazo de las más de seiscientas piezas arqueológicas que en él se exhiben, organizadas siguiendo un riguroso criterio cronológico, tipológico y de procedencia por yacimientos, una solución museográfica que permite conciliar las exigencias técnicas de conservación patrimonial con la voluntad de transparencia y de divulgación científica que caracteriza a la museografía contemporánea más avanzada.
La relación arquitectónica con la vecina parroquia de San Andrés
Resulta imprescindible, para completar el análisis arquitectónico de este conjunto museístico, subrayar la estrecha relación física y simbólica que el edificio del Museo de San Isidro mantiene con la vecina parroquia de San Andrés Apóstol y con la Capilla del Obispo, ambos edificios situados en las inmediaciones inmediatas de la plaza de San Andrés y vinculados históricamente, como se ha analizado en profundidad en un estudio monográfico anterior, a la propia memoria devocional de San Isidro Labrador, cuyas reliquias fueron custodiadas durante siglos precisamente en aquel conjunto religioso antes de su traslado definitivo a la actual Colegiata que hoy lleva su nombre.
Esta proximidad física entre el museo y el conjunto religioso vecino no resulta casual, sino que responde a la propia lógica histórica y topográfica de todo este sector del Madrid de los Austrias, en el que la memoria material y simbólica de San Isidro se concentra de manera especialmente densa en torno a un reducido perímetro urbano que incluye tanto la antigua parroquia y su capilla funeraria barroca como la propia casa museo que hoy documenta, a través del rigor de la investigación arqueológica contemporánea, los orígenes remotos de una ciudad cuya identidad colectiva sigue estando, todavía hoy, profundamente vinculada a la figura de su santo patrón labrador.





No hay comentarios:
Publicar un comentario