domingo, 19 de julio de 2026

Jardín del Príncipe de Anglona, Barrio de La Latina, Madrid.

El Jardín del Príncipe de Anglona: el secreto colgante de la Plaza de la Paja

Introducción y marco conceptual

En un rincón discreto de la Plaza de la Paja, oculto tras unos altos muros de ladrillo que lo hacen prácticamente invisible para quien no conoce ya su existencia, se esconde uno de los espacios verdes más singulares y menos conocidos de todo Madrid: el Jardín del Príncipe de Anglona, situado en las coordenadas 40,41352 de latitud norte y -3,71144 de longitud oeste, en pleno corazón del barrio de La Latina. Quienes pasean distraídamente por esta emblemática plaza del Madrid de los Austrias raramente reparan en la pequeña puerta enrejada que da acceso a este remanso de paz, un jardín que durante buena parte de su historia perteneció al ámbito privado de una sucesión de familias nobles y que solo desde comienzos del siglo XXI puede disfrutarse plenamente como espacio público y gratuito.

Lo que distingue a este jardín de tantos otros espacios verdes madrileños es su condición de auténtico jardín colgante, una circunstancia derivada del considerable desnivel topográfico que separa la Plaza de la Paja de la calle de Segovia, un accidente del terreno que sus sucesivos diseñadores supieron aprovechar con notable ingenio paisajístico para crear un mirador privilegiado sobre el oeste madrileño, sostenido por un imponente terraplén artificial de varios metros de altura. Se trata, además, de una de las escasísimas muestras de jardinería nobiliaria del siglo XVIII que todavía se conservan en la capital española, un privilegio que convierte a este pequeño recinto ajardinado en un testimonio de extraordinario valor histórico dentro del conjunto del patrimonio verde madrileño.

Este artículo desarrolla en profundidad la historia del jardín y de su palacio anexo desde la construcción original de comienzos del siglo XVI hasta la restauración contemporánea de 2002, analiza los valores artísticos y paisajísticos de sus sucesivos diseños, con especial atención a las intervenciones de Nicolás Chalmandrier y de Javier de Winthuysen, y examina con detalle las soluciones arquitectónicas que hicieron posible la creación de este singular jardín colgante sobre un desnivel que en cualquier otro contexto urbano habría resultado sencillamente inutilizable.

Síntesis

  • Ubicación: Plaza de la Paja número 6, barrio de La Latina, distrito Centro, Madrid, con vistas y acceso también desde la calle de Segovia.
  • Origen del palacio: construido hacia 1530 como residencia de Francisco de Vargas, consejero de los Reyes Católicos y de Carlos I, fallecido en 1524 sin llegar a habitarlo.
  • Propietarios históricos: condes de Benavente en el siglo XVII (Antonio Alonso Pimentel y Herrera Ponce de León); Príncipe de Anglona en el siglo XVIII; Marqués de la Romana desde 1872.
  • Origen del jardín: antiguo huerto de la familia Vargas, transformado en jardín ornamental sobre el desnivel entre la Plaza de la Paja y la calle de Segovia.
  • Primer diseño paisajístico: 1761, obra de Nicolás Chalmandrier, con estilo neoclásico y toques hispanoárabes.
  • Reforma del palacio: 1802, con la fisonomía sobria característica de la arquitectura castellana.
  • Reforma paisajística de comienzos del siglo XX: 1920, encargo de los marqueses de la Romana al pintor y diseñador Javier de Winthuysen, también autor de los jardines de la Moncloa y el Palmeral de Elche.
  • Abandono y recuperación municipal: deterioro durante los dos primeros tercios del siglo XX; alquiler municipal desde 1940; propiedad plena del Ayuntamiento de Madrid desde 1978.
  • Última restauración: 2002, a cargo de la paisajista Lucía Serredi.
  • Condición excepcional: uno de los escasos jardines nobiliarios del siglo XVIII conservados en Madrid.
  • Arquitectura distintiva: jardín colgante sostenido por un terraplén artificial con muros de contención de ladrillo y mampostería de hasta seis metros de altura sobre la calle de Segovia.
  • Elementos ornamentales: cenador de hierro en una esquina junto a la Plaza de la Paja, pérgola convertida en rosaleda en primavera, y fuente de piedra central como eje de los senderos.
  • Trazado interior: caminos originales de ladrillo colocado a sardinel, de tradición hispanoárabe.
  • Superficie: aproximadamente 678 metros cuadrados según el Ayuntamiento de Madrid, con variaciones entre 500 y 800 metros cuadrados según otras fuentes.
  • Uso actual del palacio: dependencias municipales del Ayuntamiento de Madrid, con episodios de uso hostelero en alguna de sus estancias.
  • Situación actual del jardín: parque público municipal de entrada gratuita, gestionado por la Dirección General de Gestión del Agua y Zonas Verdes, abierto todos los días con horario estacional.
  • Mejor época de visita: primavera, especialmente el mes de mayo, por la plena floración de la rosaleda y los parterres.

Historia

El palacio original: la residencia frustrada de Francisco de Vargas

La historia de este conjunto se remonta hasta el año 1530, momento en que se levantó el edificio palaciego que hoy conocemos como Palacio del Príncipe de Anglona, concebido en origen como residencia madrileña de Francisco de Vargas, el mismo influyente consejero de los Reyes Católicos y de Carlos I cuya memoria se encuentra también, como se ha analizado en un estudio anterior, estrechamente vinculada a la fundación de la vecina Capilla del Obispo. Resulta un dato de notable interés histórico, y ciertamente poco conocido, el hecho de que Francisco de Vargas nunca llegara a disfrutar personalmente de esta residencia que él mismo había promovido, ya que falleció en 1524 a consecuencia de un fatídico accidente, seis años antes de que las obras del edificio llegaran siquiera a concluirse, un destino paradójico que recuerda, salvando las distancias, al que experimentaría también respecto a su otra gran fundación religiosa en las inmediaciones de esta misma plaza.

El propio jardín que hoy lleva el nombre del Príncipe de Anglona se desarrolló originalmente sobre un antiguo huerto perteneciente a esta misma familia Vargas, un espacio de cultivo doméstico vinculado a la residencia palaciega que, con el paso de las generaciones y bajo sucesivos propietarios, iría transformándose progresivamente en el jardín ornamental de recreo que conocemos en la actualidad, aprovechando siempre el considerable desnivel topográfico existente entre la parte alta de la Plaza de la Paja y la calle de Segovia, un accidente del terreno que desde el primer momento condicionaría de manera decisiva cualquier intervención paisajística que se planteara sobre este mismo emplazamiento.

Los Benavente y los Pimentel: la nobleza cortesana del siglo XVII

Durante el siglo XVII, la propiedad del palacio pasó a manos de una de las familias de mayor rango dentro de la nobleza española de la época, al convertirse en propiedad de Antonio Alonso Pimentel y Herrera Ponce de León, undécimo conde de Benavente, quien obtuvo la titularidad del inmueble a través de su matrimonio con Isabel Francisca de Benavides, hija a su vez de los marqueses de Javalquinto y Villareal. Aquella vinculación con la casa de Benavente convertiría al edificio en residencia principal de esta poderosa familia nobiliaria, cuyo prestigio y cuya relevancia dentro del entramado cortesano español de la época contribuyeron decisivamente a consolidar el propio prestigio social de todo este sector de la Plaza de la Paja, un espacio urbano que, como recuerdan diversos cronistas especializados en la topografía histórica madrileña, había constituido ya desde los siglos XIV y XV el espacio abierto de mayores dimensiones dentro del Madrid medieval, funcionando entonces como principal eje comercial y como mercado de cereales de la villa amurallada.

Aquella condición de plaza principal del Madrid medieval explicaría, según coinciden en señalar diversos historiadores, la temprana atracción que este mismo entorno urbano ejerció sobre las familias nobles madrileñas de mayor proyección económica y social, que desde época bastante temprana, y ya desde antes incluso de que Madrid se convirtiera en capital permanente del reino en 1561, optaron por establecer aquí sus residencias principales, entre ellas tanto los Vargas como los Lasso, una preferencia residencial que se mantendría, con distintas variaciones, a lo largo de los siglos del Barroco y hasta bien entrado el siglo XVIII, cuando esta zona seguía siendo todavía una de las áreas de residencia preferidas por la aristocracia madrileña de mayor rango.

El diseño dieciochesco de Nicolás Chalmandrier

El momento de mayor relevancia dentro de la historia constructiva propiamente dicha del jardín llegó en el año 1761, cuando el paisajista Nicolás Chalmandrier recibió el encargo de trazar una pequeña zona de recreo junto a uno de los laterales de la casa palaciega, un proyecto que dotaría por primera vez a este espacio de un diseño paisajístico plenamente intencionado y coherente, alejado ya de su función original como simple huerto doméstico de cultivo. El diseño ideado por Chalmandrier respondía fundamentalmente a los principios del incipiente gusto neoclásico que por entonces comenzaba a extenderse por los jardines de la nobleza española, combinado sin embargo con determinados elementos y soluciones características de la tradición jardinera hispanoárabe, una síntesis estilística que resulta especialmente interesante si se considera el contexto histórico y geográfico concreto en que se desarrolla, en pleno corazón de lo que había sido, siglos atrás, la antigua morería madrileña.

Este diseño dieciochesco de Chalmandrier constituye, según reconocen de manera unánime los especialistas en historia de la jardinería española, uno de los escasísimos ejemplos que todavía se conservan en Madrid de jardín nobiliario correspondiente al siglo XVIII, una circunstancia que por sí sola justificaría ya el notable interés patrimonial de este pequeño recinto ajardinado, con independencia de las sucesivas intervenciones y reformas que experimentaría a lo largo de los dos siglos siguientes hasta alcanzar su configuración actual.

De los condes de Anglona a los marqueses de la Romana

El nombre por el que hoy se conoce popularmente tanto el jardín como el propio palacio anexo procede de uno de sus sucesivos propietarios a lo largo del siglo XVIII, el Príncipe de Anglona, un aristócrata que habitó esta residencia y cuya memoria terminaría por imponerse sobre las restantes denominaciones históricas asociadas al edificio, dando nombre incluso a la actual calle del Príncipe de Anglona, situada en el lateral del conjunto, una vía que hasta 1889, fecha en que recibió su denominación actual, era conocida bajo el nombre bastante más prosaico de calle Sin Puertas, según revela la documentación conservada en la Planimetría General de Madrid del siglo XVIII.

En 1872, la propiedad del conjunto experimentó un nuevo cambio de titularidad al ser adquirida por el Marqués de la Romana, quien la compró directamente al heredero del anterior Príncipe de Anglona, iniciando así una nueva etapa en la historia de la propiedad que resultaría decisiva para la fisonomía definitiva que el jardín presenta en la actualidad. Sería precisamente esta misma familia de los marqueses de la Romana la responsable, ya en pleno siglo XX, del encargo que transformaría de manera sustancial el aspecto paisajístico del recinto ajardinado.

La intervención de Javier de Winthuysen en 1920

El año 1920 marcó un hito decisivo en la historia paisajística del jardín, cuando los entonces propietarios, los marqueses de la Romana, encargaron una profunda reforma del recinto al pintor y diseñador de jardines Javier de Winthuysen, una de las figuras de mayor prestigio dentro de la jardinería española de la primera mitad del siglo XX, responsable también de otros proyectos paisajísticos de gran relevancia en distintos puntos de la geografía española, entre ellos los célebres jardines de la Moncloa en la propia ciudad de Madrid y el histórico Palmeral de Elche, uno de los conjuntos de jardinería hispanoárabe de mayor valor patrimonial de todo el país.

La intervención de Winthuysen en 1920 dotó al jardín de buena parte de la estructura y de la fisonomía paisajística que todavía hoy puede contemplarse, combinando de manera armónica el trazado neoclásico heredado del proyecto original de Chalmandrier con nuevas soluciones ornamentales propias de la sensibilidad paisajística de comienzos del siglo XX, un momento de especial efervescencia dentro de la jardinería española, marcado por una notable recuperación y reinterpretación de las tradiciones jardineras históricas, tanto clásicas como hispanoárabes, dentro de un lenguaje paisajístico plenamente contemporáneo.

El abandono del siglo XX y la incorporación municipal

Pese al notable esfuerzo de recuperación paisajística llevado a cabo por Winthuysen en 1920, el conjunto formado por el jardín y su palacio anexo experimentaría, a lo largo de los dos primeros tercios del siglo XX, un progresivo periodo de abandono y deterioro, una circunstancia que numerosos cronistas contemporáneos han vinculado al declive general que afectó durante buena parte de esta centuria a un considerable número de residencias nobiliarias históricas madrileñas, incapaces en muchos casos de mantener el nivel de conservación y de cuidado que sus antiguos propietarios les habían dispensado durante los siglos precedentes.

Este periodo de decadencia se vio parcialmente paliado a partir de 1940, año en que la propia casa-palacio comenzó a ser alquilada por el Ayuntamiento de Madrid, una situación de arrendamiento que se prolongaría hasta 1978, año en que finalmente el conjunto completo, tanto el palacio como su jardín anexo, pasó a ser propiedad plena del consistorio madrileño, iniciando así una nueva etapa de titularidad pública que resultaría decisiva para garantizar la conservación futura de este singular espacio verde y para posibilitar, décadas más tarde, su apertura definitiva al disfrute del conjunto de la ciudadanía madrileña.

La restauración contemporánea de 2002

El proceso de recuperación definitiva del jardín como espacio público plenamente accesible culminaría en el año 2002, momento en que se llevó a cabo su última gran restauración bajo la dirección de la paisajista de origen toscano Lucía Serredi, una intervención que permitió adecuar el conjunto ajardinado a los estándares de conservación y de accesibilidad propios de un parque público municipal, sin comprometer por ello la fidelidad histórica respecto al trazado y a la estructura paisajística heredada tanto del proyecto original de Chalmandrier del siglo XVIII como de la posterior intervención de Winthuysen de 1920.

Desde aquella restauración de 2002, el Jardín del Príncipe de Anglona se ha consolidado definitivamente como un parque público municipal de entrada gratuita, gestionado por la Dirección General de Gestión del Agua y Zonas Verdes del Ayuntamiento de Madrid, mientras que en el interior del palacio anexo se han instalado diversas dependencias municipales, una solución de reutilización funcional del edificio histórico que ha permitido compatibilizar la preservación patrimonial del inmueble con su aprovechamiento práctico para el servicio de la administración local, sin perjuicio de que determinadas zonas del propio palacio hayan llegado a albergar también, en épocas más recientes, actividades de restauración hostelera abiertas al público.

Análisis artístico

La síntesis entre neoclasicismo e influencia hispanoárabe

El principal valor artístico y paisajístico del Jardín del Príncipe de Anglona reside en la manera en que su diseño original, concebido por Nicolás Chalmandrier en 1761, supo combinar los principios compositivos propios del incipiente gusto neoclásico europeo, caracterizado por la búsqueda de la simetría, del orden geométrico y de la contención ornamental, con determinados elementos y soluciones característicos de la tradición jardinera hispanoárabe, una síntesis estilística que dota a este pequeño recinto de una personalidad artística claramente diferenciada respecto a otros jardines nobiliarios españoles de la misma época, mucho más volcados generalmente hacia modelos exclusivamente franceses o italianos sin apenas concesión a las tradiciones jardineras autóctonas de raíz islámica.

Esta particular síntesis estilística no debe entenderse como una casualidad, sino como una elección consciente y plenamente coherente con el propio emplazamiento del jardín, situado en pleno corazón de lo que había sido durante siglos la morería madrileña, el barrio históricamente asociado a la presencia musulmana en la ciudad desde la propia fundación islámica de Mayrit, un contexto geográfico e histórico que explica y justifica plenamente la incorporación de ciertos elementos y sensibilidades paisajísticas de raíz hispanoárabe dentro de un proyecto por lo demás plenamente inscrito dentro de los parámetros estéticos del neoclasicismo dieciochesco europeo.

La intervención de Winthuysen: recreo y ornamentación floral

La profunda reforma acometida por Javier de Winthuysen en 1920 aportó al conjunto un notable enriquecimiento en su ornamentación floral y en su tratamiento paisajístico general, incorporando elementos como la rosaleda que todavía hoy constituye uno de los principales atractivos del jardín, especialmente durante los meses de primavera, cuando sus numerosas plantas de flor alcanzan su máximo esplendor cromático, contrastando notablemente con la presencia mucho más discreta de especies de hoja perenne dentro del conjunto general de la vegetación del recinto. Esta circunstancia explica por qué numerosos cronistas y guías especializadas en el patrimonio verde madrileño coinciden en recomendar la primavera, y muy particularmente el mes de mayo, como la época más propicia para visitar y disfrutar plenamente de este jardín, cuando su vegetación floral se encuentra en su momento de mayor plenitud y colorido.

La intervención de Winthuysen, heredero de una dilatada experiencia profesional en la recuperación y reinterpretación de distintas tradiciones jardineras históricas españolas, supo respetar y potenciar el trazado neoclásico original heredado del proyecto de Chalmandrier, incorporando al mismo tiempo soluciones ornamentales y vegetales propias de su propia sensibilidad artística personal, forjada precisamente en el estudio y en la práctica profesional de la jardinería hispánica tradicional, una experiencia que había cristalizado ya en proyectos de gran relevancia como los jardines madrileños de la Moncloa o el histórico Palmeral de Elche, referencias que sin duda influyeron también en las soluciones adoptadas para este jardín más modesto en dimensiones pero no por ello menos exquisito en su tratamiento paisajístico general.

Los elementos ornamentales: cenador, pérgola y fuente de piedra

Entre los elementos artísticos y ornamentales que actualmente pueden contemplarse dentro del recinto ajardinado, merece una mención especial el cenador de hierro que se alza en una de las esquinas de la parcela, junto a la propia Plaza de la Paja, un elemento arquitectónico y decorativo de notable factura que constituye una de las tres áreas claramente diferenciadas en que tradicionalmente se ha dividido el análisis descriptivo del conjunto ajardinado, aportando al espacio un punto de referencia visual y funcional de gran valor tanto estético como práctico para el disfrute contemplativo de los visitantes.

A este cenador se suma la presencia de una característica pérgola que, especialmente durante los meses de primavera, se transforma en un vistoso y colorido rosal en flor, generando un efecto ornamental de gran atractivo visual que numerosos visitantes y cronistas especializados destacan como uno de los principales alicientes paisajísticos del conjunto. Completa este repertorio ornamental una fuente de piedra situada en el centro del recinto, que funciona como punto de partida y de llegada de los distintos senderos empedrados que articulan la circulación peatonal por el interior del jardín, un elemento que, pese a su aparente sencillez formal, cumple una función estructuradora fundamental dentro de la composición general del espacio, ordenando visualmente el recorrido del visitante a través de las distintas zonas ajardinadas del recinto.

Un jardín como testimonio de la memoria nobiliaria madrileña

Más allá de sus valores estrictamente paisajísticos y ornamentales, el Jardín del Príncipe de Anglona posee un notable interés como testimonio material de la memoria nobiliaria que durante siglos caracterizó a todo este sector de la Plaza de la Paja, un espacio urbano que, como se ha señalado en el análisis histórico precedente, concentró durante generaciones las residencias de algunas de las familias más relevantes de la aristocracia española, desde los Vargas fundadores hasta los sucesivos condes de Benavente, príncipes de Anglona y marqueses de la Romana que se sucedieron en la propiedad del conjunto a lo largo de los siglos XVII, XVIII y XIX.

Este valor testimonial se ve reforzado por la extraordinaria escasez de ejemplos comparables que todavía se conservan dentro del propio tejido urbano madrileño, una circunstancia que convierte a este pequeño jardín, de apenas seiscientos setenta y ocho metros cuadrados de superficie según las mediciones oficiales del Ayuntamiento de Madrid, aunque otras fuentes especializadas ofrecen cifras ligeramente distintas que oscilan entre los quinientos y los ochocientos metros cuadrados dependiendo de los criterios de medición empleados, en un documento paisajístico de un valor patrimonial claramente superior al que podría sugerir, a primera vista, su reducida escala física, precisamente por su condición de testimonio prácticamente único dentro del contexto urbano madrileño contemporáneo.

Detalle arquitectónico

El jardín colgante: ingeniería al servicio del paisajismo

El rasgo arquitectónico más distintivo y más celebrado por cuantos especialistas y visitantes se han acercado a este singular espacio verde es, sin lugar a dudas, su condición de auténtico jardín colgante, una solución constructiva derivada de la necesidad de salvar el considerable desnivel topográfico existente entre la cota de la Plaza de la Paja, en su parte alta, y la de la calle de Segovia, en su parte baja, una diferencia de altura que en algunos puntos del perímetro del jardín alcanza los seis metros, según documentan diversas fuentes especializadas en el estudio de este conjunto paisajístico. Para resolver este notable desnivel, los sucesivos diseñadores del jardín recurrieron a la construcción de un terraplén artificial de considerable envergadura, sostenido por fuertes muros de contención ejecutados en ladrillo y mampostería, una solución técnica que permite que el propio recinto ajardinado se eleve visiblemente sobre la calle de Segovia, generando desde este último punto de observación una de las perspectivas más impresionantes y fotografiadas de todo el conjunto.

Esta condición de jardín colgante convierte al espacio en un caso verdaderamente singular dentro del panorama de la jardinería histórica madrileña, ya que muy pocos ejemplos comparables de jardín nobiliario elevado sobre un terraplén artificial de estas características se conservan hoy en el conjunto del casco histórico de la capital española, un rasgo que por sí solo justificaría ya el notable interés arquitectónico de este pequeño recinto, con independencia de sus restantes valores paisajísticos y ornamentales analizados en el apartado artístico precedente.

Los muros perimetrales: discreción y protección visual

Todo el perímetro del jardín se encuentra rodeado por fuertes muros de ladrillo y mampostería que cumplen una doble función arquitectónica: por un lado, garantizar la necesaria contención estructural del terraplén artificial sobre el que se asienta el conjunto ajardinado, resolviendo así el considerable desnivel topográfico ya mencionado; por otro lado, proporcionar al recinto un notable grado de aislamiento visual respecto al bullicio circundante de la Plaza de la Paja, generando esa sensación de jardín secreto o de espacio oculto que tantos cronistas contemporáneos han destacado como una de las cualidades más apreciadas de este singular rincón madrileño.

El acceso al interior del recinto se realiza a través de una pequeña puerta enrejada, de dimensiones modestas y de escasa visibilidad desde la propia plaza, que se cierra durante las horas nocturnas siguiendo el horario oficial de apertura establecido por el Ayuntamiento de Madrid, una circunstancia que refuerza todavía más aquella sensación de descubrimiento casi furtivo que experimentan numerosos visitantes al franquear por primera vez este umbral, dando paso a un espacio que, pese a su condición actual de parque público plenamente accesible, conserva todavía buena parte de aquella atmósfera de recogimiento y de privacidad que caracterizó durante siglos a su etapa como jardín privado de uso estrictamente nobiliario.

El trazado interior: caminos de ladrillo a sardinel

Uno de los elementos arquitectónicos de mayor valor patrimonial conservados dentro del propio recinto ajardinado es el trazado y el solado original de sus caminos interiores, ejecutados mediante ladrillo colocado según la técnica denominada a sardinel, una disposición constructiva que coloca las piezas de ladrillo de canto en lugar de plano, generando un patrón visual y una textura superficial muy característicos de la tradición constructiva española de raíz hispanoárabe, plenamente coherente con aquella síntesis estilística entre neoclasicismo europeo y sensibilidad jardinera hispanoárabe que, como se ha analizado en el apartado artístico precedente, define el carácter distintivo de todo el conjunto.

La conservación de este trazado y de este solado original a lo largo de las sucesivas intervenciones y restauraciones que el jardín ha experimentado desde el proyecto inicial de Chalmandrier en 1761 hasta la última restauración de Lucía Serredi en 2002, pasando por la profunda reforma de Winthuysen en 1920, constituye un testimonio de la notable sensibilidad patrimonial con que los distintos responsables de estas intervenciones han sabido abordar la recuperación y el mantenimiento de este singular espacio, priorizando siempre la fidelidad histórica respecto a la estructura original del conjunto por encima de eventuales tentaciones de modernización o de transformación radical de su fisonomía heredada.

El palacio anexo: sobriedad castellana y sucesivas reformas

El edificio palaciego contiguo al jardín, que da nombre al conjunto y del que este último constituyó originalmente un simple espacio de recreo complementario, presenta en su fábrica actual el resultado de una profunda reforma acometida en el año 1802, una intervención que sin embargo respeta en líneas generales la sobriedad compositiva característica de las edificaciones civiles castellanas del siglo XVII, periodo en que el edificio original de 1530 había experimentado ya una primera transformación sustancial bajo la propiedad de los condes de Benavente. Esta sobriedad arquitectónica, alejada de cualquier ostentación decorativa excesiva, resulta plenamente coherente con la tradición constructiva de la vivienda noble madrileña de los siglos del Antiguo Régimen, mucho más volcada hacia la discreción exterior que hacia el alarde ornamental visible desde la vía pública.

Tras su incorporación definitiva al patrimonio municipal en 1978, el palacio ha sido objeto de una reutilización funcional que ha permitido instalar en su interior diversas dependencias administrativas del Ayuntamiento de Madrid, una solución de aprovechamiento práctico del inmueble histórico que ha convivido, en determinados periodos recientes, con el desarrollo de actividades de restauración hostelera en alguna de sus dependencias, una combinación de usos administrativos y comerciales que ilustra la notable versatilidad funcional que este tipo de edificios históricos son capaces de ofrecer cuando se gestionan con criterios de aprovechamiento patrimonial inteligente, sin comprometer por ello la conservación de sus valores arquitectónicos y de su significativa carga histórica y simbólica dentro del conjunto del patrimonio civil madrileño.

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