domingo, 19 de julio de 2026

Iglesia San Pedro el Viejo, Barrio de La Latina, Madrid.

Iglesia de San Pedro el Viejo, Madrid: la torre que sobrevivió a ocho siglos de leyendas

Introducción y marco conceptual

En la confluencia de la calle del Nuncio y la Costanilla de San Pedro, en pleno corazón de la antigua morería madrileña, se alza una esbelta torre de ladrillo que constituye, junto a su vecina la torre de San Nicolás de los Servitas, uno de los dos únicos testimonios de arquitectura mudéjar que se conservan en toda la capital de España: la iglesia de San Pedro el Viejo, situada en las coordenadas 40,41326 de latitud norte y -3,7103 de longitud oeste, en el barrio de La Latina. Pocos edificios madrileños concentran una antigüedad tan venerable ni un cúmulo tan denso de leyendas populares como este templo, cuya silueta inclinada domina desde hace más de seis siglos y medio el perfil urbano de este sector del Madrid de los Austrias.

Conviene advertir desde el primer momento que San Pedro el Viejo no es un templo que destaque por la armonía de su conjunto arquitectónico ni por el esplendor unificado de su fábrica, sino más bien todo lo contrario: se trata de un edificio profundamente heterogéneo, resultado de sucesivas reformas, ampliaciones, expolios y reconstrucciones que a lo largo de los siglos han ido superponiendo estilos y soluciones constructivas sin que jamás llegara a materializarse un proyecto unitario capaz de armonizar el conjunto. Es precisamente esta condición de edificio estratificado, casi arqueológico en su propia superficie visible, la que confiere a San Pedro el Viejo un interés histórico excepcional, comparable al de un auténtico palimpsesto en el que todavía pueden leerse, superpuestas unas sobre otras, las sucesivas etapas de la historia madrileña desde la Reconquista bajomedieval hasta la Guerra Civil del siglo XX.

Este artículo desarrolla en profundidad la historia del templo desde sus orígenes documentados en el Fuero de Madrid de 1202 hasta las restauraciones contemporáneas, analiza los valores artísticos que atesora su interior, con especial atención al retablo mayor barroco y a la venerada imagen de Jesús el Pobre, examina con detalle las soluciones arquitectónicas que caracterizan tanto a su célebre torre mudéjar como al resto del conjunto edificado, y sitúa finalmente el templo en su contexto religioso como sede de una de las cofradías más antiguas y populares de la Semana Santa madrileña.

Síntesis

  • Ubicación: confluencia de la calle del Nuncio y la Costanilla de San Pedro, barrio de La Latina, distrito Centro, Madrid.
  • Primera mención documental: Fuero de Madrid de 1202, en referencia a un templo situado junto a la plaza de Puerta Cerrada; posible fundación de Alfonso X de Castilla junto a las fuentes de San Pedro.
  • Fundación del templo actual: siglo XIV, en tiempos de Alfonso XI, en acción de gracias por la reconquista de Algeciras el 28 de marzo de 1344, sobre el solar de una antigua mezquita de la morería.
  • Episodio dinástico destacado: juramento de Juana la Beltraneja como princesa de Asturias ante las Cortes, el 9 de mayo de 1462.
  • Expolios y amenazas de derribo: asalto francés durante la Guerra de la Independencia; propuestas de demolición en 1863 y 1886; nuevo asalto y pérdida de obras de arte durante la Guerra Civil de 1936-1939.
  • Cambio de denominación: San Pedro el Real hasta 1891, año en que perdió la parroquialidad en favor de la iglesia de la Paloma, adoptando popularmente el nombre de San Pedro el Viejo.
  • Protección patrimonial: declarada Bien de Interés Cultural en 1979.
  • Reforma unificadora: 1655, dirigida por el arquitecto Francisco Sanz por encargo de Lorenzo Reinoso, arzobispo de Brindisi.
  • Retablo mayor: obra barroca de Sebastián de Benavente (1671), dorado por Francisco Sánchez, con columnas salomónicas, imagen decimonónica de la Inmaculada en el camarín central, y pinturas de la escuela de Vicente Carducho.
  • Cuadro del ático: Crucifixión de San Pedro, de Juan Bautista Caturnio (1771), copia de la composición de Guido Reni para el Vaticano.
  • Jesús el Pobre: imagen procesional atribuida en 2023, gracias a un memorial de 1775, al escultor jiennense Antonio Primo (1735-1798), formado en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, desmintiendo la tradicional atribución a Juan de Astorga.
  • Elementos arquitectónicos de distintas épocas: cabecera nervada gótica del siglo XV, capilla de los Luján o del Perpetuo Socorro del siglo XVI, y cabecera principal y naves del siglo XVII.
  • Torre mudéjar: erigida a mediados del siglo XIV por maestros alarifes musulmanes, de planta cuadrada, 30 metros de altura, con vanos arábigo-bizantinos únicos en Madrid y remate herreriano añadido en el siglo XVII.
  • Leyendas populares: la campana milagrosa que se colocó sola en la torre y que repicó al morir Felipe II y al estallar el levantamiento contra los franceses; la capilla del Cristo de las Lluvias, vinculada a la creencia de que las campanas desviaban las tormentas; los exorcismos de Genaro Andreini en el siglo XVII.
  • Función actual: templo católico activo y sede canónica de la Archicofradía de Jesús el Pobre, que procesiona cada Jueves Santo.











Historia

Un origen incierto entre el Fuero de 1202 y la Puerta Cerrada

La historia documental de la parroquia de San Pedro el Viejo se remonta, en sus primeras referencias conocidas, al Fuero de Madrid de 1202, un texto legal fundamental para el conocimiento de la topografía urbana del Madrid medieval en el que ya se menciona la existencia de un templo dedicado a este mismo santo, situado entonces en las inmediaciones de la actual plaza de Puerta Cerrada, un emplazamiento distinto del que ocupa el edificio actual. Los especialistas que se han ocupado del estudio de este origen fundacional coinciden en señalar que, aunque la tradición popular sitúa el origen de la advocación en tiempos incluso anteriores, la fundación de la parroquia podría deberse en realidad al rey Alfonso X de Castilla, quien habría cedido para este propósito un solar situado junto a las denominadas fuentes de San Pedro, un curso de agua que aparece ya mencionado en el propio Fuero de 1202 bajo la denominación latina de sancti petri, y cuya distribución constituyó precisamente una de las primeras responsabilidades encomendadas a la naciente parroquia.

Esta primitiva iglesia, cuya ubicación exacta sigue siendo objeto de cierto debate entre los historiadores especializados en la topografía histórica madrileña, sería posteriormente trasladada durante el siglo XIV hasta el emplazamiento que ocupa en la actualidad, no muy lejos de aquella primera localización junto a Puerta Cerrada, un proceso de traslado que marcaría el verdadero inicio de la historia constructiva del edificio que hoy podemos contemplar y que se encuentra estrechamente vinculado a uno de los episodios más celebrados de la reconquista castellana del siglo XIV.

La fundación real de Alfonso XI y la conmemoración de Algeciras

El episodio histórico que explica la construcción del templo en su emplazamiento actual se sitúa en el reinado de Alfonso XI de Castilla, quien tras su victoria sobre los benimerines en el sitio de Algeciras, culminada el 28 de marzo de 1344, coincidiendo con el Domingo de Ramos de aquel año, habría ordenado la edificación de un nuevo templo cristiano dedicado a San Pedro en acción de gracias por aquella importante conquista militar, una de las más celebradas de todo el reinado de este monarca castellano. Aquella nueva fundación se levantó, según indican las fuentes históricas más solventes, precisamente sobre el solar que hasta entonces había ocupado una mezquita perteneciente al barrio de la morería madrileña, el sector de la ciudad tradicionalmente habitado por la población musulmana que había permanecido en Madrid tras la conquista cristiana de la villa en 1085.

Junto a esta versión histórica, respaldada por la documentación disponible, circula también entre los madrileños una segunda explicación de carácter mucho más legendario, según la cual la construcción del templo en este preciso emplazamiento habría respondido en realidad a la ira del propio Alfonso XI ante una derrota sufrida por un grupo de niños cristianos frente a otro de niños moros en una batalla infantil disputada precisamente el día de San Pedro, lo que habría llevado al monarca a ordenar la destrucción de esta parte de la morería y la edificación en su lugar de un templo cristiano como desagravio simbólico. Esta coexistencia entre la explicación histórica documentada y la versión legendaria transmitida por la tradición oral resulta, como sucede con tantos otros episodios fundacionales de los templos madrileños medievales, particularmente reveladora de la manera en que la memoria popular y la crónica erudita conviven y se entrelazan a lo largo de los siglos sin que necesariamente una desplace por completo a la otra.

Un juramento regio en el siglo XV

Uno de los episodios de mayor relevancia política documentados en el interior del templo durante la Baja Edad Media tuvo lugar el 9 de mayo de 1462, cuando Juana, hija del rey Enrique IV de Castilla y conocida por la posteridad con el sobrenombre de la Beltraneja debido a las suspicacias que rodearon siempre a su verdadera paternidad, fue jurada solemnemente ante las Cortes de Castilla como princesa de Asturias y heredera del reino, apenas unos meses después de su nacimiento. Este acontecimiento, de una importancia política de primer orden dentro de la historia dinástica castellana del siglo XV, ya que aquella disputada sucesión terminaría por desencadenar años después la guerra civil que enfrentaría a los partidarios de Juana con los de Isabel la Católica, confirma la relevancia institucional que por entonces había alcanzado ya este templo madrileño, capaz de albergar una ceremonia de semejante trascendencia para el conjunto de la Corona castellana.

Aquel episodio, recogido por historiadores de la relevancia de Luis Suárez Fernández y Manuel Fernández Álvarez en sus respectivos estudios sobre los Reyes Católicos y sobre Isabel la Católica, ilustra con claridad la manera en que la historia de San Pedro el Viejo, lejos de limitarse a una crónica meramente local o vecinal, se entrelaza en determinados momentos con los grandes acontecimientos de la historia política española, confiriendo al edificio una relevancia que trasciende ampliamente su condición de simple parroquia de barrio dentro del entramado urbano del Madrid medieval y moderno.

El expolio napoleónico y la amenaza de derribo del siglo XIX

Como sucedería con tantos otros templos madrileños durante la Guerra de la Independencia española, San Pedro el Viejo fue asaltado por las tropas francesas, que se llevaron consigo todo cuanto pudieron encontrar de valor dentro del edificio, dejándolo en un estado de considerable deterioro que estuvo a punto de conducir a su ruina absoluta. Fue precisamente la intervención decidida del Arzobispado de Toledo, con la ayuda económica de las distintas cofradías vinculadas al templo, lo que permitió acometer su reconstrucción y evitar así la pérdida definitiva de este venerable edificio, un episodio de recuperación patrimonial que se repetiría, con variaciones, en numerosas ocasiones a lo largo de la dilatada historia posterior del templo.

Ya en el siglo XIX, concretamente a partir de 1863, comenzaron a plantearse desde distintos sectores urbanísticos propuestas que apostaban abiertamente por la demolición del edificio, unas presiones que se intensificaron todavía más en 1886, cuando el templo volvió a amenazar ruina de manera tan grave que llegó a proponerse formalmente su derribo definitivo y la construcción de un nuevo templo en la calle de Carretas, un proyecto que finalmente no llegaría a materializarse, permitiendo que el viejo edificio de la calle del Nuncio sobreviviera, contra todo pronóstico, hasta la actualidad. En 1891, el templo perdió su condición de parroquia en favor de la vecina iglesia de la Paloma, que pasó entonces a denominarse oficialmente San Pedro el Real, mientras que el antiguo edificio de la calle del Nuncio, que hasta entonces había ostentado precisamente esa misma denominación de San Pedro el Real, adoptó de manera popular y definitiva el nombre de San Pedro el Viejo para evitar confusiones entre ambos templos, una denominación que ha terminado por consolidarse plenamente en el uso cotidiano de los madrileños sin que jamás haya llegado a generarse la confusión que en su día se pretendía evitar.

El nuevo asalto de la Guerra Civil y las restauraciones contemporáneas

El siglo XX trajo consigo un nuevo episodio de destrucción y expolio comparable al sufrido durante la Guerra de la Independencia: durante la Guerra Civil española, desarrollada entre 1936 y 1939, el templo volvió a ser asaltado, perdiendo en esta ocasión un número considerable de obras de arte de gran valor que hasta entonces atesoraba en su interior, aunque afortunadamente algunas piezas de especial relevancia, entre ellas el propio cuadro que preside el altar mayor, lograron salvarse de aquella destrucción generalizada, un patrón de pérdida parcial que resulta comparable, aunque de menor magnitud relativa, al experimentado por otros templos del entorno como la vecina parroquia de San Andrés Apóstol.

Desde el final de aquel conflicto, el templo ha sido objeto de sucesivas restauraciones que han logrado devolver una notable dignidad a su espacio interior, aunque su aspecto exterior ha corrido peor suerte, presentando en la actualidad, según reconocen abiertamente los propios especialistas que se han ocupado de su estudio, una llamativa mezcla de estilos difícil de encuadrar dentro de una categoría arquitectónica única y coherente, resultado directo de aquella dilatada sucesión de reformas, ampliaciones y reconstrucciones parciales que ha caracterizado la historia constructiva de este edificio a lo largo de más de seis siglos. El reconocimiento oficial del valor patrimonial de este conjunto tan heterogéneo llegaría finalmente en 1979, año en que la iglesia de San Pedro el Viejo fue declarada Bien de Interés Cultural, la máxima categoría de protección patrimonial contemplada por la legislación española.

Análisis artístico

El retablo mayor barroco: Sebastián de Benavente y la Cofradía de la Inmaculada

El elemento artístico central del interior del templo es su retablo mayor, una magnífica obra del barroco español realizada en 1671 por el escultor Sebastián de Benavente, dorada posteriormente por Francisco Sánchez y ensamblada por Fernando de Benavente, un conjunto que se organiza mediante el característico empleo de columnas salomónicas, de fuste retorcido, tan propias del lenguaje ornamental barroco español de la segunda mitad del siglo XVII, rematándose el conjunto en un ático de perfil semicircular que corona toda la composición con notable elegancia formal.

Resulta especialmente interesante, desde el punto de vista de la historia social y devocional del templo, el hecho de que el camarín central de este retablo, lugar que por lógica cabría esperar reservado a la imagen del propio San Pedro, titular original de la advocación parroquial, acoja en realidad una imagen decimonónica de la Inmaculada Concepción, una circunstancia que se explica por el extraordinario poder e influencia que la Cofradía dedicada a esta advocación mariana llegó a alcanzar dentro del templo durante los siglos XVII y XVIII, hasta el punto de conseguir que se le cediera este lugar de máximo privilegio compositivo, relegando la imagen del santo titular a una posición secundaria que solo recuperaba su protagonismo durante los días de sus propias fiestas patronales, un ejemplo elocuente de cómo las dinámicas de poder y de patronazgo entre las distintas cofradías vinculadas a un mismo templo podían llegar a condicionar de manera decisiva el propio programa iconográfico y decorativo del edificio.

Las pinturas laterales y el ático: Carducho, Reni y Caturnio

Flanqueando la imagen central de la Inmaculada, el retablo incorpora sendas pinturas del siglo XVII que representan a San Francisco de Asís y a Santa Isabel de Hungría, ambas obras vinculadas a la escuela artística de Vicente Carducho, uno de los pintores de mayor influencia dentro del panorama artístico madrileño de las primeras décadas del siglo XVII y figura clave para la difusión en España de determinadas corrientes pictóricas de raíz italiana. En el ático superior del conjunto se dispone además un cuadro que representa la Crucifixión de San Pedro, realizado en 1771 por Juan Bautista Caturnio, una obra que constituye una copia exacta de la composición original de Guido Reni conservada en los museos vaticanos y pintada originalmente para la propia Basílica de San Pedro en Roma, un dato que ilustra con claridad la práctica, bastante habitual en la época, de reproducir mediante copias de calidad las grandes composiciones de referencia de la pintura religiosa europea para su difusión en templos de menor rango dentro de la propia jerarquía eclesiástica.

Completan este rico programa decorativo unos escudos heráldicos realizados en 1709 por el escultor Manuel Pérez, el mismo artífice responsable también de los ángeles que decoran la parte superior del conjunto, un repertorio ornamental que en su totalidad convierte a este retablo mayor en uno de los ejemplos más completos y mejor documentados del barroco escultórico y pictórico madrileño conservados dentro de un templo de estas modestas dimensiones y de tan azarosa historia constructiva.

Jesús el Pobre: una atribución esclarecida en 2023

La pieza escultórica de mayor devoción popular y de mayor relevancia dentro del conjunto artístico del templo es, sin discusión posible, la talla de Nuestro Padre Jesús Nazareno, conocida popularmente como Jesús el Pobre, una imagen que sale en procesión cada Jueves Santo por las calles del entorno y que constituye el centro devocional de una de las cofradías más antiguas y populares de toda la Semana Santa madrileña. Durante muchísimo tiempo circuló entre los cronistas y guías especializadas en el patrimonio madrileño la atribución de esta talla al escultor sevillano Juan de Astorga, así como la creencia de que la imagen habría sido trasladada desde Sevilla hasta Madrid en 1812 como regalo de la Duquesa viuda de Santiesteban y Medinaceli, quien la habría conservado previamente en el palacio de la Casa de Pilatos de la capital andaluza.

Sin embargo, una investigación documental reciente ha venido a desmentir por completo esta tradición largamente asumida: según revela un boletín publicado en 2023 por el Museo Arqueológico Nacional, el conservador del departamento de Edad Moderna, Juan María Cruz Yábar, ha logrado establecer, a partir del hallazgo de un memorial redactado en 1775, que la verdadera autoría de esta talla corresponde en realidad al escultor jiennense Antonio Primo, nacido en Andújar en 1735 y formado en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando gracias a una ayuda económica concedida por el propio rey Fernando VI en atención a su precaria situación personal. Este mismo documento revela además que la imagen fue encargada por el Duque de Santisteban y ejecutada por Primo a tamaño natural, quedando así completamente descartada tanto la autoría de Juan de Astorga como la fecha de 1812 tradicionalmente repetida por numerosas fuentes divulgativas, un ejemplo notable de cómo la investigación archivística contemporánea continúa revisando y precisando atribuciones artísticas que durante generaciones se habían dado por completamente asentadas.

El escultor Antonio Primo y su huella en el Madrid ilustrado

Resulta de particular interés añadir que Antonio Primo, el escultor jiennense al que ahora se atribuye con fundamento documental la autoría de la talla de Jesús el Pobre, imprimió a esta obra determinados rasgos formales propios, especialmente perceptibles en la posición de las manos y de los brazos, más elevados de lo habitual, y en la expresión particular del rostro, que la diferencian claramente de otras imágenes de referencia dentro de la iconografía de Cristo cautivo, como el célebre Cristo de Medinaceli, con el que sin embargo comparte una evidente filiación temática y devocional. Aunque este escultor andaluz nunca llegó a alcanzar un reconocimiento artístico comparable al de los grandes maestros de su generación, pese a haber trabajado también para la realeza y para la alta nobleza española de su tiempo, su producción incluye piezas de notable relevancia dentro del propio paisaje monumental madrileño, entre ellas el frontón que corona la fachada del edificio que hoy constituye la sede de la Comunidad de Madrid, antigua Real Casa de Correos, y su colaboración en la célebre Fuente de la Alcachofa diseñada por Ventura Rodríguez, obra en la que Primo es responsable concreto de los cuatro amorcillos y de la propia alcachofa que da nombre a la fuente.

Esta reciente atribución documental permite, en definitiva, reintegrar a la figura de Antonio Primo dentro del relato artístico del Madrid ilustrado de la segunda mitad del siglo XVIII, reconociendo su autoría sobre una de las imágenes devocionales de mayor arraigo popular de toda la ciudad, y corrigiendo al mismo tiempo una tradición atributiva que, pese a carecer de fundamento documental sólido, se había mantenido de manera prácticamente incuestionada durante generaciones enteras de historiadores y de devotos.

Detalle arquitectónico

Una amalgama de estilos: el edificio como palimpsesto constructivo

Desde el punto de vista estrictamente arquitectónico, el rasgo más característico de San Pedro el Viejo es precisamente la extraordinaria heterogeneidad estilística que presenta el conjunto de su fábrica actual, resultado de una dilatadísima sucesión de intervenciones, reformas y reconstrucciones parciales que se han ido superponiendo a lo largo de más de seis siglos de historia constructiva sin que jamás llegara a materializarse un proyecto unitario capaz de armonizar plenamente el conjunto del edificio. En el interior del templo conviven así, sin excesiva armonía formal pero con notable interés documental, elementos correspondientes al siglo XV, como la cabecera nervada de estilo gótico de la nave de la epístola; al siglo XVI, como la denominada capilla de los Luján, hoy rebautizada como capilla del Perpetuo Socorro; y al siglo XVII, cuando se levantaron tanto la cabecera principal como el conjunto de las tres naves que hoy configuran la planta general del templo.

Esta profunda transformación del siglo XVII se debió al proyecto acometido en 1655 por el arquitecto Francisco Sanz, encargado por Lorenzo Reinoso, arzobispo de Brindisi, con el objetivo explícito de dotar al conjunto interior del templo de un cierto aire de unidad arquitectónica, una intervención que, pese a su indudable relevancia dentro de la historia constructiva del edificio, no llegó nunca a resolver por completo la disparidad estilística heredada de las fases constructivas anteriores, dejando como resultado el singular edificio, calificado incluso por algunos críticos como un auténtico laberinto de edificaciones sin concretar, que hoy podemos contemplar.

La planta basilical y sus peculiaridades de orientación

El templo presenta en su configuración actual una planta basilical, articulada mediante una nave central de mayores dimensiones acompañada de pequeñas naves laterales, con una cabecera que presenta una orientación sensiblemente distinta respecto al eje longitudinal del conjunto de las naves, una peculiaridad constructiva que los especialistas en la historia del edificio atribuyen bien a la propia disposición de la antigua mezquita sobre cuyo solar se levantó originalmente el templo cristiano, bien a la necesidad de adaptar el trazado del edificio al propio trazado de la calle circundante, lo que habría obligado a remeter ligeramente la nave para no invadir el espacio de la plazuela adyacente dedicada al propio San Pedro.

El sistema de cubrición del templo combina, en su nave central, bóvedas de cañón dotadas de lunetos y ventanas que permiten la entrada de luz natural al interior del edificio, mientras que las naves laterales, de menor envergadura, se resuelven mediante bóvedas de arista, una solución constructiva de raíz clasicista plenamente coherente con la reforma unificadora acometida por Francisco Sanz en el siglo XVII. Sobre la capilla mayor se eleva además una cúpula de perfil elíptico apoyada sobre pechinas, diseñada por Lorenzo Hernández de Medina, cuyo remate, formado por una bola y una cruz obra de Juan Calero, fue dorado en 1768 por Clemente de Ávila, un conjunto de intervenciones sucesivas que ilustra, una vez más, la manera en que distintos artífices y distintas generaciones de artesanos fueron aportando su propia contribución a un edificio en constante y prolongada transformación.

La torre mudéjar: el gran testimonio superviviente del siglo XIV

El elemento arquitectónico de mayor relevancia e interés histórico de todo el conjunto es, sin discusión posible, la esbelta torre mudéjar que se levanta junto al templo, erigida a mediados del siglo XIV para conmemorar precisamente la reconquista de Algeciras de 1344, y cuya construcción, siguiendo el modelo constructivo propio de los alminares andalusíes, corrió a cargo de los maestros alarifes musulmanes que continuaban habitando en el Madrid ya plenamente cristiano de aquella época, un dato que ilustra con particular elocuencia la pervivencia de las técnicas y de los saberes constructivos de raíz islámica dentro de una sociedad castellana que, pese a haber culminado ya la reconquista de la ciudad varios siglos atrás, seguía recurriendo a la pericia técnica de estos artesanos mudéjares para sus proyectos constructivos de mayor exigencia.

Esta torre, de planta cuadrada y construida enteramente en fábrica de ladrillo, alcanza una altura de treinta metros, con un lado de base de cinco metros y diez centímetros, y un machón o núcleo estructural central de un metro y diez centímetros de lado, configurándose como el elemento más visible de todo el conjunto religioso desde numerosos puntos del centro histórico madrileño. Su desarrollo constructivo se articula en tres fases claramente diferenciadas: una primera base ejecutada en granito, un cuerpo intermedio de transición revestido con un enfoscado de cemento, y un tramo superior resuelto ya íntegramente en fábrica de ladrillo, una secuencia constructiva que revela, a través del propio análisis material de la fábrica, las distintas etapas y las distintas técnicas empleadas en la larga historia edificatoria de esta torre.

Los vanos, el remate herreriano y el estado actual de la fábrica

La torre incorpora, distribuidas en sus cuatro caras, una serie de aspilleras enmarcadas en arquillos ciegos de herradura dispuestos a distintas alturas, un elemento decorativo y funcional a la vez, ya que además de aportar la característica ornamentación mudéjar de inspiración toledana que define el aspecto general de la torre, estos vanos servían también para proporcionar la iluminación necesaria al interior de la propia estructura. Estos ventanillos de tradición arábigo-bizantina constituyen, según coinciden en señalar los especialistas, un elemento absolutamente único dentro del panorama de la arquitectura mudéjar madrileña conservada, sin paralelo exacto en ningún otro edificio de la capital.

El remate superior de la torre, correspondiente al propio cuerpo del campanario, no responde ya al lenguaje mudéjar original, sino que fue añadido durante el siglo XVII siguiendo un estilo de clara filiación herreriana, un añadido que, sin llegar a comprometer la identidad general mudéjar del conjunto de la torre, introduce sin embargo un elemento estilístico añadido más dentro de la ya mencionada heterogeneidad constructiva característica de todo el templo, en un patrón de intervención que resulta, de hecho, plenamente equiparable al que experimentó también la torre gemela de la vecina iglesia de San Nicolás de los Servitas. Resulta finalmente interesante señalar que, durante el siglo XIX, la torre llegó a presentar un revoco pintado que simulaba la apariencia de ladrillo visto, ocultando así la verdadera fábrica original, un enfoscado que fue posteriormente retirado, permitiendo recuperar la contemplación directa del ladrillo original tal y como puede apreciarse en la actualidad, ligeramente inclinada respecto a la vertical, una inclinación que, lejos de constituir un defecto reciente, forma parte ya del propio carácter singular y venerable de este monumento centenario.

Contexto religioso

La dimensión religiosa de San Pedro el Viejo resulta indisociable de la extraordinaria acumulación de tradiciones, leyendas y devociones populares que a lo largo de los siglos se han ido depositando sobre este templo, convirtiéndolo en uno de los espacios de mayor densidad legendaria de todo el Madrid histórico. Entre estas tradiciones destaca de manera muy particular la vinculada a sus campanas, de las que la memoria popular madrileña conserva un relato según el cual la campana mayor, adquirida gracias a los donativos de los cristianos del barrio, resultaba tan pesada que nunca pudo ser subida hasta su emplazamiento en la torre mediante intervención humana, aunque cierto día apareció misteriosamente colocada en su lugar sin que nadie llegara jamás a explicar cómo se había producido aquel prodigio. Aquella misma campana, según la tradición, llegó a repicar por sí sola en dos ocasiones a lo largo de la historia, coincidiendo respectivamente con la muerte del rey Felipe II y con el estallido del levantamiento popular contra la ocupación francesa, aunque su verdadero poder legendario residía en su supuesta capacidad para desviar las tormentas con su repicar, protegiendo así las cosechas de los campos circundantes a la villa, una tradición que ha quedado además fijada en la memoria devocional del templo a través de la capilla dedicada al Cristo de las Lluvias, cuyo propio nombre remite directamente a este mismo relato legendario.

Junto a esta tradición campanera, la memoria religiosa del templo conserva también el recuerdo de un episodio de exorcismos que tuvo lugar durante el siglo XVII, cuando el religioso calabrés Genaro Andreini se convirtió en una figura de notable popularidad entre los madrileños que acudían en masa a la iglesia para ser liberados de posesiones demoníacas, un fenómeno de tal repercusión social que llegó a merecer una composición satírica del propio Francisco de Quevedo, hasta que finalmente, ante el considerable revuelo social generado, las autoridades eclesiásticas optaron por devolver al exorcista a su Italia natal. En la actualidad, más allá de estas tradiciones y leyendas históricas, el templo mantiene plena vigencia como espacio de culto activo y como sede canónica de la Archicofradía de Jesús el Pobre, una de las hermandades penitenciales más antiguas y de mayor arraigo popular de toda la Semana Santa madrileña, que venera conjuntamente las imágenes de Nuestro Padre Jesús el Pobre y del Dulce Nombre de María en su Soledad, sacando en procesión la imagen titular cada Jueves Santo por las calles del entorno, en una manifestación de religiosidad popular que renueva año tras año el vínculo profundo entre este venerable templo y la identidad devocional del barrio de La Latina.

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