La Cuesta de los Ciegos, Madrid: la escalinata secreta del Madrid de los Austrias
Introducción y marco conceptual
Entre el bullicio de la calle de Segovia y la animación castiza de los Jardines de las Vistillas, escondida a los pies del Viaducto y de la fachada trasera de la Catedral de la Almudena, se despliega una de las escalinatas más singulares y menos transitadas de todo el casco histórico madrileño: la Cuesta de los Ciegos, situada en las coordenadas 40,41353 de latitud norte y -3,71486 de longitud oeste. Se trata de un rincón que apenas figura en las grandes rutas turísticas de la capital, y que sin embargo condensa en poco más de doscientos escalones de granito una sorprendente cantidad de historia, de leyenda popular y de memoria cinematográfica.
Lo que hoy se presenta como una elegante escalinata en zigzag, con sus tramos de piedra, sus descansos ajardinados y sus vistas privilegiadas sobre el oeste madrileño, fue durante siglos una empinada y peligrosa ladera de tierra que los vecinos del antiguo Madrid de los Austrias debían salvar como buenamente podían, con el riesgo constante de resbalar y caer por la pendiente, una circunstancia que dio origen a uno de los apodos más curiosos y menos conocidos con los que también se ha designado históricamente a este lugar. Su nombre actual, cargado de un halo legendario que combina la hagiografía franciscana con la crónica social del Madrid de los mendigos y los músicos ciegos, ha terminado por convertirse en parte indisociable del imaginario popular de la ciudad.
Este artículo desarrolla en profundidad la historia de la Cuesta de los Ciegos desde su primera aparición documentada en la cartografía madrileña del siglo XVII hasta su consolidación como escenario cinematográfico recurrente del cine español contemporáneo, analiza los valores artísticos, paisajísticos y simbólicos de este singular rincón urbano, y examina con detalle las soluciones constructivas empleadas tanto en la escalinata actual como en el entramado de galerías subterráneas que discurre bajo su trazado.
Síntesis
- Ubicación: entre la calle de Segovia y la plaza de la Morería, en el barrio de Palacio, conectando con los Jardines de las Vistillas, Madrid.
- Primera documentación: representada, aunque sin nombre, en el plano de Pedro Teixeira de 1656; citada por Francisco de Quevedo como paraje del Desengaño en su Guía burlesca.
- Nombre popular anterior: Arrastraculos, en referencia a su origen como barranco de tierra suelta por el que resultaba fácil resbalar antes de la construcción de la escalinata actual.
- Consolidación del topónimo actual: documentado como Cuesta de los Ciegos en el plano de Espinosa de 1769.
- Leyenda franciscana: episodio situado hacia 1214, en el que San Francisco de Asís habría devuelto la vista a dos mendigos ciegos ungiendo sus párpados con aceite recibido del prior del monasterio de San Martín.
- Explicación alternativa del nombre: presencia histórica, documentada especialmente en el siglo XVIII, de músicos y mendigos ciegos asentados en la zona.
- Construcción de la escalinata actual: obras de comienzos del siglo XX, coincidentes con la reconstrucción del Viaducto de Segovia y la creación de los Jardines de las Vistillas.
- Cambio de denominación de la plaza superior: de plaza de las Vistillas a plaza de Gabriel Miró en 1835, aunque la costumbre popular mantiene el nombre tradicional.
- Presencia cinematográfica: escenario de películas como Los chicos (1959), La busca (1966), Yo hice a Roque III (1980), El jardín secreto (1984), Madrid (1987), Después del sueño (1992) y La reconquista (2017).
- Características de la escalinata: unos 254 escalones de granito, de poca altura y muy próximos entre sí, dispuestos en tramos en zigzag con plataformas de descanso, muretes y bancos de piedra.
- Entramado subterráneo: pasadizo de origen árabe de unos 2 metros de altura y 1,20 metros de anchura, construido en pedernal y ladrillo, vinculado a la antigua red de viajes de agua de la morería medieval.
- Elemento ornamental destacado: fuente del Caño de la Vecindad, en la parte baja de la cuesta, con el escudo de la Villa de Madrid del periodo republicano, restaurada mediante réplica exacta a finales del siglo XX.
- Remate superior: desemboca en la calle de la Morería, junto a la estatua de La Violetera, dando acceso a los Jardines de las Vistillas.
- Vistas destacadas: Viaducto de Segovia, calle de Segovia, Jardines de las Vistillas y fachada trasera de la Catedral de la Almudena.
- Valor patrimonial: rincón poco transitado del casco histórico madrileño que combina memoria medieval, leyenda religiosa popular, ingeniería hidráulica de origen árabe y una notable tradición cinematográfica contemporánea.
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| Fuente de la Cuesta de los Ciegos. |
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| Monumento a la Violetera. |
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| Catedral de la Almudena, desde la Cuesta de los Ciegos. |
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| Catedral de la Almudena, desde la Cuesta de los Ciegos. |
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| Monumento a la Violetera. |
Historia
Un paraje ya documentado en el Madrid del siglo XVII
La primera certeza histórica sobre la existencia de este paraje se remonta al célebre plano de Madrid elaborado por Pedro Teixeira en 1656, uno de los documentos cartográficos más importantes para el conocimiento de la fisonomía urbana madrileña del Siglo de Oro, en el que ya aparece representada, aunque todavía sin nombre propio, la ladera de pronunciada pendiente que descendía al pie del cerro de las Vistillas. Aquel accidente topográfico, por entonces una simple pendiente de tierra sin ningún tipo de escalinata o pavimentación artificial, formaba parte de un paisaje urbano muy distinto del actual, en el que la antigua colina de las Vistillas, según relata el cronista Pedro de Répide, se encontraba todavía poblada por un notable arbolado en el que destacaban especialmente los madroños, y en el que discurría el denominado arroyo de las Fuentes de San Pedro, un curso de agua característico de aquella zona del Madrid preindustrial situada en las inmediaciones de la morería.
Resulta especialmente interesante señalar que el propio Francisco de Quevedo, uno de los grandes ingenios literarios del Siglo de Oro español, incluyó ya este paraje en su burlesca Guía de los hijos de Madrid y la sanidad y la moda, describiéndolo bajo el sugerente apelativo de paraje del Desengaño, una denominación que, aunque distinta de la que terminaría consolidándose con el paso de los siglos, revela hasta qué punto este rincón concreto de la topografía madrileña había despertado ya desde época tan temprana el interés y la atención de los cronistas y literatos de la ciudad, atraídos sin duda por el carácter escarpado y por la fisonomía peculiar de aquel desnivel urbano.
La consolidación del topónimo: de Arrastraculos a Cuesta de los Ciegos
El nombre por el que hoy se conoce popularmente este lugar no aparece documentado de manera explícita hasta el plano elaborado por Espinosa en 1769, más de un siglo después de la representación anónima que de este mismo paraje había ofrecido Pedro Teixeira, un dato que permite fechar con relativa precisión el momento en que el topónimo actual comenzó a consolidarse de manera oficial dentro de la nomenclatura urbana madrileña. Antes de aquella consolidación definitiva, sin embargo, el lugar era conocido también, y de manera bastante extendida entre los vecinos del Madrid castizo, con el mucho más gráfico y descriptivo apodo de Arrastraculos, una denominación que hacía referencia directa y sin ambages al hecho de que, antes de la construcción de la escalinata de piedra actual, aquel desnivel no era sino un barranco de tierra suelta por el que resultaba extremadamente fácil resbalar y verse arrastrado pendiente abajo, ya fuera de manera completamente accidental o, en ocasiones, incluso de forma deliberada por parte de quienes preferían aquel rudimentario tobogán natural a la fatiga de un descenso más cauteloso.
En torno al origen exacto del nombre definitivo de Cuesta de los Ciegos circulan, de hecho, dos explicaciones distintas que han pasado con el tiempo a formar parte de la tradición oral madrileña, sin que ninguna de las dos cuente con una confirmación documental absolutamente concluyente. La primera y más prosaica de estas explicaciones remite a la presencia histórica, documentada especialmente en referencia al siglo XVIII, de un grupo de músicos y mendigos ciegos que se asentaban habitualmente en aquella zona de la ciudad, una imagen social muy característica del Madrid de los siglos XVII y XVIII, en el que la mendicidad y la música callejera ejercida por personas invidentes constituían un fenómeno urbano perfectamente documentado por los cronistas de la época. La segunda explicación, de carácter mucho más legendario y hagiográfico, remite en cambio a un episodio protagonizado por San Francisco de Asís durante su estancia en Madrid a comienzos del siglo XIII.
La leyenda franciscana: el milagro de los dos ciegos
Según recoge la tradición popular transmitida de generación en generación entre los vecinos del barrio, San Francisco de Asís habría llegado a Madrid tras completar el Camino de Santiago, en un episodio situado por algunas fuentes en torno al año 1214, con la intención de fundar en la ciudad el pequeño cenobio que con el paso de los siglos llegaría a convertirse en la actual Real Basílica de San Francisco el Grande, uno de los templos de mayor envergadura de todo el Madrid histórico. Durante aquella estancia madrileña, y según relata con detalle esta misma leyenda, el santo de Asís habría acudido en cierta ocasión a entregar unos peces al prior del cercano monasterio de San Martín, quien en agradecimiento le habría regalado a su vez un cántaro repleto de aceite.
De regreso a su morada, cuenta la tradición que San Francisco se encontró precisamente en aquella empinada ladera con dos hombres ciegos que le pidieron limosna, ante lo cual el santo, movido por su proverbial compasión hacia los más desfavorecidos, decidió entregarles el aceite que acababa de recibir, no sin antes ungir con él los párpados de ambos mendigos, un gesto que, según narra el relato milagroso, habría bastado para devolverles milagrosamente la vista perdida. Este episodio prodigioso, profundamente arraigado en la memoria colectiva del barrio pese a carecer de una confirmación histórica rigurosa, ha terminado por convertirse en la explicación más popular y más repetida entre cuantas circulan sobre el origen del nombre actual de esta escalinata, un ejemplo elocuente de cómo la religiosidad popular ha sabido apropiarse a lo largo de los siglos de la propia toponimia urbana madrileña, dotando de un significado devocional a un accidente topográfico que en origen respondía probablemente a razones mucho más prosaicas y cotidianas.
La construcción de la escalinata actual y las reformas urbanísticas del siglo XX
La transformación definitiva de aquella antigua y peligrosa ladera de tierra en la actual escalinata monumental de granito no se llevó a cabo hasta comienzos del siglo XX, en el marco de un ambicioso proyecto de reordenación urbanística de toda la zona de las Vistillas que incluyó igualmente la construcción del actual Viaducto de Segovia, una infraestructura que vino a sustituir al anterior viaducto de estructura metálica que se había levantado en aquel mismo emplazamiento durante el siglo XIX. Aquellas obras de comienzos del siglo XX no se limitaron a la mera pavimentación de la antigua ladera, sino que implicaron una reordenación integral y bastante más ambiciosa de todo el conjunto, que incluyó también el adecentamiento de la parte alta de la cuesta, donde se crearon los actuales Jardines de las Vistillas, un espacio verde que rápidamente se convertiría en uno de los escenarios festivos más castizos y más queridos por los madrileños, sede tradicional de algunas de las verbenas y celebraciones populares más arraigadas del calendario festivo de la capital.
La escalinata resultante de aquella profunda transformación urbanística adoptó una característica disposición en zigzag, articulada mediante sucesivos tramos escalonados que permiten salvar el considerable desnivel existente entre la calle de Segovia y la plaza de la Morería mediante una pendiente mucho más suave y transitable que la que había caracterizado a la antigua ladera de tierra original. Con el paso de las décadas posteriores a esta reforma inicial, la propia plazuela situada en la parte alta de la escalinata, tradicionalmente conocida entre los vecinos como plaza de las Vistillas, pasó a recibir en 1835 la denominación oficial de plaza de Gabriel Miró, en homenaje al célebre escritor alicantino, aunque la costumbre popular ha mantenido hasta la actualidad la denominación tradicional de Vistillas como forma habitual de referirse a este mismo espacio.
La Cuesta de los Ciegos como escenario del cine español
A lo largo del último tercio del siglo XX, la característica fisonomía de esta escalinata, con su singular trazado en zigzag y su marcado carácter castizo y decadente, terminó por convertirla en uno de los rincones madrileños más recurrentes dentro de la historia del cine español, atrayendo a numerosos directores en busca de localizaciones capaces de transmitir de manera visual y directa la atmósfera del Madrid más castizo y tradicional. Entre las producciones cinematográficas que han empleado este emplazamiento como escenario de rodaje cabe destacar Los chicos, dirigida por Marco Ferreri en 1959; La busca, de Angelino Fons, estrenada en 1966; Yo hice a Roque III, de Mariano Ozores, en 1980; El jardín secreto, dirigida por Carlos Suárez en 1984; Madrid, de Basilio Martín Patino, en 1987; Después del sueño, de Mario Camus, en 1992; y ya en época mucho más reciente, La reconquista, dirigida por Jonás Trueba en 2017, un elenco de títulos que demuestra la notable continuidad con la que este rincón madrileño ha seguido atrayendo a los cineastas españoles a lo largo de más de seis décadas de historia del cine nacional.
Esta reiterada presencia cinematográfica ha contribuido de manera decisiva a mantener viva la memoria colectiva de la Cuesta de los Ciegos entre generaciones de madrileños que quizás no han tenido ocasión de visitar personalmente este rincón discreto y relativamente apartado de las rutas turísticas más concurridas de la capital, pero que sin embargo lo reconocen de manera casi instintiva al contemplarlo en la gran pantalla, un fenómeno que ilustra con particular claridad la manera en que determinados espacios urbanos terminan por adquirir una segunda vida simbólica a través de su reiterada representación audiovisual, superponiéndose esta memoria cinematográfica contemporánea a las capas de leyenda medieval y de crónica social que ya venían acumulándose sobre este mismo emplazamiento desde siglos atrás.
Análisis artístico
Una escalinata como pieza de paisajismo urbano
Desde el punto de vista artístico y paisajístico, el principal valor de la Cuesta de los Ciegos reside en la manera en que su característico trazado en zigzag, resuelto mediante sucesivos tramos de piedra granítica intercalados con plataformas de descanso, murete de piedra y bancos, logra transformar lo que en origen era un accidente topográfico abrupto y de tránsito incómodo en una auténtica pieza de paisajismo urbano, capaz de ofrecer al visitante que la recorre una experiencia sensorial y visual cuidadosamente escalonada. Cada uno de los sucesivos giros y descansos de la escalinata propone, en efecto, una perspectiva ligeramente distinta sobre el entorno monumental circundante, permitiendo ir descubriendo de manera progresiva y casi cinematográfica el Viaducto de Segovia, la calle homónima que discurre bajo él, las masas verdes de los Jardines de las Vistillas, y finalmente la imponente silueta de la fachada trasera de la Catedral de la Almudena.
Esta cualidad de recorrido escalonado y progresivamente revelador, lejos de ser un efecto casual, resulta plenamente coherente con los principios del paisajismo urbano más cuidado, en el que la propia experiencia del desplazamiento físico del visitante se concibe como parte integral del valor estético del conjunto, y no como un simple trámite funcional destinado únicamente a salvar un desnivel del terreno. La combinación entre la solidez y la sobriedad del granito empleado en la construcción de la escalinata y la presencia de vegetación y de espacios de descanso a lo largo de todo su recorrido genera, en definitiva, un ambiente de sosiego y de introspección que numerosos cronistas y visitantes han señalado como uno de los rasgos más característicos y más apreciados de este rincón madrileño, especialmente valorado por su contraste evidente respecto al bullicio y a la aglomeración turística que caracteriza a otros puntos mucho más concurridos del centro histórico de la capital.
El valor simbólico de la leyenda y de la toponimia popular
Más allá de su indudable valor paisajístico, la Cuesta de los Ciegos posee un notable interés como testimonio vivo de la capacidad de la tradición oral y de la religiosidad popular madrileña para dotar de significado simbólico a los propios accidentes topográficos y a la nomenclatura urbana de la ciudad. La coexistencia, en torno a un mismo topónimo, de una explicación de raíz claramente hagiográfica, vinculada a la figura de San Francisco de Asís y a la narración de un milagro de curación, junto a otra explicación de carácter mucho más prosaico y social, relacionada con la presencia histórica de mendigos y músicos invidentes en aquella zona de la ciudad, resulta especialmente reveladora de la manera en que la memoria popular urbana tiende a combinar y a superponer distintos registros narrativos sin que ello suponga necesariamente una contradicción irresoluble para quienes transmiten y reciben estas mismas tradiciones a lo largo de las generaciones.
A este doble sustrato legendario se suma además la pervivencia del expresivo apodo popular de Arrastraculos, un término que, pese a su carácter jocoso y desenfadado, aporta un valioso testimonio adicional sobre la propia experiencia física y cotidiana que debieron de vivir los vecinos del Madrid de los Austrias al enfrentarse a aquella empinada ladera de tierra suelta en los siglos anteriores a la construcción de la escalinata actual, una experiencia de tránsito incómodo y en ocasiones incluso peligroso que la memoria popular supo convertir, con su característico sentido del humor castizo, en motivo de chanza y de anécdota transmitida de generación en generación.
La fuente del Caño de la Vecindad: un pequeño monumento heráldico
En la parte baja de la escalinata, allí donde esta desemboca en la propia calle de Segovia, se conserva otro elemento de considerable interés artístico y patrimonial: la fuente conocida popularmente como Caño de la Vecindad, un pequeño monumento ornamental que conserva todavía hoy el escudo de la Villa de Madrid correspondiente al periodo histórico de la Segunda República española, un detalle heráldico de gran interés documental que convierte a esta modesta fuente en un testimonio material directo de un momento muy concreto de la historia política y simbólica de la ciudad. La conservación de este escudo republicano en un elemento de mobiliario urbano tan discreto como esta fuente resulta especialmente significativa si se tiene en cuenta que buena parte de la simbología asociada a aquel periodo histórico fue sistemáticamente eliminada del paisaje urbano español durante las décadas posteriores, lo que confiere a esta pequeña pieza un valor testimonial que trasciende ampliamente su reducida escala física.
El estado de deterioro que llegó a presentar esta fuente hacia finales del siglo XX motivó, de hecho, una intervención de restauración que, dado el avanzado grado de degradación que presentaba la pieza original, optó finalmente por su sustitución mediante una réplica exacta, ejecutada por los propios canteros del Ayuntamiento de Madrid, una solución de conservación patrimonial que permite mantener viva la memoria visual y simbólica del elemento original sin comprometer la seguridad estructural ni la durabilidad futura de esta modesta pero significativa pieza del mobiliario urbano madrileño.
Un rincón de memoria compartida entre lo culto y lo popular
El conjunto de valores artísticos y simbólicos que confluyen en la Cuesta de los Ciegos permite entender este espacio como un ejemplo particularmente elocuente de la manera en que la memoria urbana madrileña combina de forma constante distintos registros culturales, desde la referencia literaria culta que ya le dedicara Francisco de Quevedo en pleno Siglo de Oro, pasando por la tradición hagiográfica popular vinculada a San Francisco de Asís, hasta la memoria mucho más reciente y contemporánea generada por su reiterada presencia en el cine español de las últimas seis décadas. Esta superposición de capas de significado, lejos de generar una contradicción o una dispersión excesiva del propio valor patrimonial del lugar, enriquece notablemente la experiencia de quien hoy se aventura a recorrer sus más de doscientos escalones, capaz de percibir, aunque sea de manera intuitiva, la extraordinaria densidad histórica y simbólica que se concentra en este rincón discreto y silencioso del Madrid de los Austrias.
Detalle arquitectónico
La escalinata: materiales, trazado y dimensiones
Desde el punto de vista estrictamente constructivo, la actual Cuesta de los Ciegos se resuelve mediante una escalinata ejecutada íntegramente en piedra de granito, un material pétreo de notable dureza y resistencia que garantiza una considerable durabilidad frente al intenso tránsito peatonal y frente a la exposición continuada a los agentes atmosféricos propios del clima madrileño. El conjunto se articula mediante un total aproximado de doscientos cincuenta y cuatro escalones, dispuestos en una característica sucesión de tramos organizados en zigzag que permite salvar de manera gradual y considerablemente menos fatigosa el importante desnivel existente entre la cota de la calle de Segovia, en su parte más baja, y la de la plaza de la Morería y los Jardines de las Vistillas, en su parte más alta.
Los propios escalones que componen esta escalinata presentan una altura relativamente reducida y se disponen muy próximos entre sí, una solución técnica que facilita considerablemente el ascenso y el descenso de la pendiente, reduciendo el esfuerzo físico necesario en comparación con el que exigiría una escalinata de peldaños más altos y espaciados. A lo largo de todo este recorrido escalonado se intercalan además diversas plataformas de descanso, dotadas a su vez de muretes y de bancos de piedra que invitan a detener la marcha y a disfrutar pausadamente de las sucesivas perspectivas visuales que se van descubriendo durante el ascenso o el descenso de la cuesta, una solución compositiva que combina de manera equilibrada la funcionalidad estrictamente circulatoria de la escalinata con su capacidad para generar una experiencia contemplativa y paisajística de calidad.
El entramado subterráneo: galerías y pasadizos de origen medieval
Uno de los aspectos arquitectónicos menos conocidos, pero de mayor interés arqueológico, de la Cuesta de los Ciegos es la existencia, bajo su propio trazado, de un notable entramado de galerías y pasadizos subterráneos vinculados a la antigua red de viajes de agua que los ingenieros hidráulicos de origen árabe desarrollaron en esta misma zona de la morería madrileña durante los siglos de dominación islámica de la ciudad. Concretamente, bajo el propio trazado de la escalinata actual se conserva un pasadizo de considerables dimensiones, con una altura aproximada de dos metros y una anchura de un metro veinte centímetros, ejecutado mediante una técnica constructiva de notable perfección utilizando pedernal y ladrillo como materiales principales, una fábrica que revela el alto nivel técnico alcanzado por la ingeniería hidráulica andalusí en la gestión del abastecimiento de agua de la ciudad medieval.
La existencia de este tipo de infraestructuras subterráneas bajo el actual trazado de la Cuesta de los Ciegos no debe sorprender si se tiene en cuenta la estrecha relación histórica que este sector concreto del casco antiguo madrileño ha mantenido siempre con la antigua morería y con el legado hidráulico de la Mayrit islámica, una zona de la ciudad especialmente rica en este tipo de vestigios subterráneos que, aunque en su inmensa mayoría permanecen inaccesibles al público general y reservados al interés especializado de arqueólogos y espeleólogos urbanos, constituyen un testimonio adicional y complementario del extraordinario valor arqueológico que atesora todo este sector del Madrid más antiguo, en clara continuidad con el mismo legado islámico que se manifiesta de manera mucho más visible en los cercanos restos de la muralla árabe conservados junto a la Cuesta de la Vega.
El Viaducto de Segovia y su relación con la escalinata
La actual configuración arquitectónica de la Cuesta de los Ciegos resulta indisociable de su relación física y visual con el cercano Viaducto de Segovia, una infraestructura que, como se ha señalado anteriormente, fue reconstruida a comienzos del siglo XX en sustitución de un anterior viaducto de estructura metálica levantado durante el siglo XIX, coincidiendo precisamente con la misma fase de reordenación urbanística que dio lugar a la construcción de la escalinata de piedra que hoy conocemos. Desde distintos puntos del recorrido de la Cuesta de los Ciegos resulta posible contemplar sucesivas y variadas perspectivas de este viaducto, una circunstancia que ha sido explícitamente señalada por diversos cronistas contemporáneos como uno de los principales atractivos visuales de todo el recorrido, capaz de ofrecer al visitante una experiencia de contemplación urbana progresiva y en constante transformación según el punto exacto del trayecto desde el que se realice la observación.
Esta estrecha relación arquitectónica y paisajística entre la escalinata y el viaducto, ambos resultado de una misma fase histórica de intervención urbanística de comienzos del siglo XX, ilustra con claridad la manera en que las distintas infraestructuras urbanas de esta zona del Madrid de los Austrias fueron concebidas de manera coordinada, respondiendo a una misma voluntad de modernización funcional del entramado urbano tradicional sin renunciar, sin embargo, a la preservación del característico carácter pintoresco y escarpado que había definido históricamente a toda esta zona de la ciudad desde tiempos mucho más remotos.
La plaza de la Morería y el remate superior del conjunto
En su extremo superior, la escalinata de la Cuesta de los Ciegos desemboca directamente en la calle de la Morería, en las inmediaciones inmediatas de la estatua dedicada a la popular figura de La Violetera, un monumento escultórico de gran arraigo sentimental entre los madrileños que sirve como elemento de referencia visual y como remate simbólico del recorrido ascendente de la escalinata. Es precisamente en este mismo punto donde comienza el espacio propiamente dicho de los Jardines de las Vistillas, un área verde que, como se ha explicado anteriormente, fue igualmente objeto de una cuidadosa intervención de adecentamiento paisajístico durante aquella misma fase de reordenación urbanística de comienzos del siglo XX.
Para aquellos visitantes que deseen evitar el considerable esfuerzo físico que supone el ascenso completo de los más de doscientos escalones de la Cuesta de los Ciegos, existe además una vía alternativa de acceso a esta misma zona alta del barrio a través de la cercana calle de Beatriz Galindo, que da nombre precisamente al popular barrio de La Latina, una circunstancia que demuestra cómo la propia trama urbana de este sector del Madrid histórico ofrece distintas posibilidades de recorrido y de acceso según las preferencias y las capacidades físicas de cada visitante, reforzando con ello la notable permeabilidad peatonal que caracteriza a todo este entramado de calles, cuestas y escalinatas propio del trazado urbano heredado del antiguo Madrid de los Austrias.









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