Hay una belleza
muy particular en la lentitud. Y más belleza aun cuando, en una ciudad que
exige aceleración constante, alguien decide bajar el ritmo. El mismo día que Zaz
actuaba en Madrid, París abría las esclusas del Canal Saint-Martin para que sus
habitantes recuperaran el río en mitad de una ola de calor prematura. La imagen
tenía algo profundamente parisino: una ciudad que, pese al turismo masificado,
la gentrificación y los diagnósticos apocalípticos que se acumulan sobre ella
desde hace años, sigue empeñada en hacer las cosas a su manera.
Siempre que pienso
en algo así me viene a la cabeza el Tutto Passa napolitano. La certeza
de que todo termina pasando y de que la vida, por mucho que se acelere, acaba
encontrando su propio cauce. París conserva todavía algo de esa filosofía. Un
alma que, aunque convertida en tópico por el cine, la literatura y la industria
musical, sigue guardando un pequeño núcleo de verdad.
Algo parecido ocurre con Isabelle Geffroy. A
simple vista, la artista francesa parece salida de la misma postal que durante
décadas hemos asociado a la chanson: bohemia, callejera, suspendida entre el
jazz manouche y el pop más amable. Pero basta verla pisar un escenario para
comprender que detrás de la imagen hay algo mucho más difícil de domesticar.
Han pasado más de quince años desde que “Je veux” inundó todos los rincones de
internet, pero en ella sigue latiendo el mismo espíritu de flâneuse:
el de una artista ligera de equipaje que, más allá de los focos, continúa
buscando la cercanía a ras de suelo.El triunfo de Zaz en las Noches del Botánico no tuvo
que ver con la inercia de los éxitos acumulados, sino con la autenticidad de
una libertad que no se fabrica ni se aprende. Es una fuerza que parece venir de
serie, anterior incluso a la conciencia de quien la posee. Con esa naturalidad
tan suya, durante cerca de cien minutos recordó que en esta vida todo pasa y
todo llega, aunque a veces las nubes no nos dejen verlo. Ver a buena parte del
público abandonar cualquier atisbo de compostura, desbordar las gradas y mandar
a paseo la comodidad del asiento fue la prueba definitiva de que la libertad no
se ensaya. Anoche, como en París, alguien abrió las esclusas. Porque, como ella
misma canta, “Paris sera toujours Paris”, y Zaz seguirá siendo esa muchacha
indómita de Montmartre.Gran
parte del repertorio giró en torno a Sains et Saufs, su
último trabajo de estudio, del que recuperó hasta diez canciones. Sonaron temas
como “Je pardonne” o “Mon sourire”, además de algunas piezas incorporadas a la
edición deluxepublicada este mismo año, entre ellas “Camarade” y “Mon vrai
moi”. Se echó de menos, eso sí, una de las grandes composiciones del álbum,
“Cerca de ti”, ausente en el concierto madrileño. Aun así, hubo espacio para
que la francesa desplegara su buena relación con el castellano. Lo hizo en “Qué
vendrá”, con ese mestizaje tan característico del cambio de siglo, y también en
uno de los momentos más delicados de la noche, cuando interpretó el bolero
“Esta tarde vi llover”, de Armando Manzanero. Tampoco faltó “La
flamme”, convertida ya en un pequeño himno feminista y precedida por una pedida
de mano sobre el escenario, ni “Mon coeur tu es fou”, la hermosa rareza en la
que musicaliza un poema de la escritora iraní Forough Farrokhzad.Mención
aparte mereció el cuarteto que la acompañó durante toda la velada, capaz de
dotar a las canciones de una solidez construida desde el ritmo, la madera y los
matices de las teclas. En algunos de los pasajes donde más brilló la banda,
como durante “La fée”, el sonido se acercó más a las atmósferas de Air que a
los terrenos puramente jazzísticos. Por supuesto, los grandes clásicos fueron
los más celebrados. “Les passants”, “Si jamais j’oublie” y “On ira” terminaron
de encender a un público ya entregado, especialmente cuando Zaz decidió
abandonar el escenario para mezclarse entre los asistentes y cantar cuerpo a
cuerpo con ellos. Después llegó “Je veux”, el cierre inevitable, y un final
hermoso en el que volvió a sonar exactamente a lo que siempre ha sido: un
portazo salvaje contra la prisa del mundo.
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