sábado, 18 de julio de 2026

Matadero de Madrid.

Matadero Madrid: de la fábrica del degüello al gran laboratorio de la creación contemporánea

Introducción y marco conceptual

Pocos edificios de Madrid encarnan de manera tan literal y tan radical la transformación de una ciudad como el conjunto que hoy conocemos como Matadero Madrid. Situado en la antigua dehesa de Arganzuela, a orillas del río Manzanares, este vasto complejo de pabellones de ladrillo fue concebido a comienzos del siglo veinte para resolver un problema estrictamente sanitario e industrial, el del abastecimiento higiénico de carne para una ciudad en pleno crecimiento demográfico, y hoy funciona como uno de los principales centros de creación contemporánea de España, un espacio donde conviven la exposición de arte, el teatro, el cine, el diseño y la música en unas naves que todavía conservan, en sus muros de mampostería y en sus estructuras metálicas, la memoria física de su función original. Comprender el Matadero exige, como en los casos anteriores, recorrer tres capas complementarias: la histórica, que explica cómo y por qué nació este singular complejo industrial y cómo llegó a reconvertirse en equipamiento cultural; la artística, que profundiza en el significado simbólico de esta metamorfosis y en la manera en que la arquitectura contemporánea ha dialogado con la memoria industrial preexistente; y la arquitectónica, que detalla los materiales, los sistemas constructivos y las soluciones técnicas empleadas tanto por el arquitecto original, Luis Bellido, como por los estudios contemporáneos que han intervenido en su rehabilitación. A lo largo de este recorrido se explicará todo con el máximo detalle, sin presuponer conocimientos previos, de manera que quede perfectamente clara la doble condición de este lugar como documento de la historia industrial madrileña y como laboratorio vivo de la cultura contemporánea.

Síntesis

  • Antecedente: insuficiencia higiénica y de capacidad del antiguo matadero de la Puerta de Toledo ante el crecimiento demográfico de Madrid a finales del siglo diecinueve.
  • Proceso de encargo: concurso público inicial ganado por el arquitecto Saldaña; ocho años de gestación técnica; designación directa de Luis Bellido en 1908, dejando sin efecto el concurso previo.
  • Viaje de estudios: en 1907 Bellido viaja por Europa para estudiar modelos de matadero; se descarta el modelo estadounidense y se adopta como referencia el modelo alemán de pabellones aislados.
  • Emplazamiento: antigua dehesa de Arganzuela, junto al Manzanares, tras canalizar el río y elevar el terreno para prevenir inundaciones.
  • Construcción: obras iniciadas en 1911; puesta en marcha escalonada del conjunto entre 1924 y 1925; ejecución material a cargo del ingeniero José Eugenio Ribera, con Bellido como único autor documentado del proyecto.
  • Ampliación posterior: entre 1932 y 1933, Bellido y Francisco Javier Ferrero Llusiá construyen un edificio adicional para matadero de aves y gallinas.
  • Escala del conjunto: cuarenta y ocho edificios sobre ciento sesenta y cinco mil cuatrocientos quince metros cuadrados, cercados por un muro perimetral de dos kilómetros y medio.
  • Organización funcional: cinco sectores (producción, dirección y administración, matadero, mercado de abastos, mercado de trabajo y sección sanitaria), con viviendas de personal y capilla incluidas.
  • Sistema constructivo original: muros de carga de mampostería caliza y verdugadas de ladrillo visto, combinados con pórticos y cerchas metálicas roblonadas; zócalos de piedra berroqueña, azulejos en impostas y cornisas.
  • Lenguaje estilístico: neomudéjar aplicado a la arquitectura industrial, dentro del debate por un estilo nacional castizo propio de la época.
  • Declive y cierre: dificultades por la normativa sanitaria de 1987, contaminación del río y quejas vecinales; clausura definitiva en 1996 y traslado del servicio a Mercamadrid.
  • Catalogación patrimonial: bien catalogado según el Plan General de Ordenación Urbana de 1997.
  • Años de abandono: entre 1996 y 2006, con propuestas alternativas descartadas (televisión, campus universitario, hostelería); incendio en 2005 en una cámara frigorífica, cuyas huellas se conservan visibles.
  • Reconversión cultural: decisión municipal en 2003 de gestionar internamente la transformación; modificación del plan especial en septiembre de 2005 que eleva el uso cultural al 75% del recinto; presentación pública el 13 de marzo de 2006; programación estable desde 2007.
  • Principio de intervención: reversibilidad y contraste deliberado entre materiales originales (ladrillo, piedra, teja) y contemporáneos (acero, hormigón pulido, policarbonato).
  • Espacios culturales destacados: Nave 16, Nave de Música, Intermediae, Cineteca, Naves del Español, Central de Diseño, Casa del Lector, Terraza Matadero, jardín del Depósito de Especies; Nave 16 y Nave de Música finalistas de los premios FAD de arquitectura de 2012.
  • Integración territorial: incorporación a mediados de 2011 al parque Madrid Río, entre el Puente de los Franceses y el Nudo Sur.




Adad Hannah Mayrit Guernica 2026.

Adad Hannah Mayrit Guernica 2026.

Adad Hannah Mayrit Guernica 2026.

Casa del Lector.

Casa del Lector.

Historia

El problema sanitario de una ciudad en expansión y los antecedentes del proyecto

Para entender el origen del Matadero de Madrid es necesario remontarse a las condiciones de abastecimiento cárnico de la ciudad a finales del siglo diecinueve, un periodo en el que Madrid experimentaba un crecimiento demográfico acelerado que ponía en serias dificultades las infraestructuras heredadas de siglos anteriores. El matadero entonces existente, situado en la zona de la Puerta de Toledo, se había quedado sencillamente pequeño para atender las necesidades de una población en constante aumento, además de plantear problemas evidentes de higiene y de salubridad urbana que las autoridades municipales de la época consideraban ya inaceptables para una capital que aspiraba a modernizarse siguiendo el modelo de las grandes ciudades europeas. A esto se sumaba una consideración de tipo logístico que resultaba igualmente determinante: cualquier instalación de estas características requería una ubicación que facilitara el transporte y el manejo de grandes cantidades de ganado, lo que hacía aconsejable situarla en los límites entonces periféricos de la ciudad, cerca del río y, a ser posible, con buena conexión ferroviaria.

El proceso administrativo que condujo finalmente a la construcción del nuevo complejo fue considerablemente largo y no exento de idas y venidas. Existió inicialmente un concurso público convocado para seleccionar el proyecto de este nuevo matadero municipal, concurso del que resultó ganadora una propuesta firmada por el arquitecto Saldaña, pero entre aquella resolución inicial y la designación definitiva de Luis Bellido como responsable del proyecto transcurrieron nada menos que ocho años, un periodo dilatado durante el cual se fueron perfilando cuestiones técnicas fundamentales como las vías de acceso para el ganado, el trazado de las líneas de ferrocarril necesarias para el transporte, y los servicios sanitarios y de inspección veterinaria que debía incorporar la nueva instalación. Esta larga gestación demuestra que el proyecto del matadero madrileño no fue en absoluto una decisión precipitada, sino el resultado de un proceso de maduración técnica y administrativa que buscaba resolver de manera definitiva un problema que llevaba décadas arrastrándose sin solución satisfactoria.

El punto de inflexión decisivo llegó en el verano de 1907, cuando el Ayuntamiento de Madrid concedió a Luis Bellido, ya entonces arquitecto municipal desde 1905, un presupuesto específico para realizar un viaje exploratorio a través de diversas capitales europeas, con el objetivo expreso de que pudiera fundamentar el diseño del futuro matadero madrileño en una experiencia comparativa directa con las soluciones más avanzadas que se estaban aplicando en otros países. En el curso de este estudio comparativo, se descartó explícitamente la posibilidad de tomar como referencia el modelo estadounidense, por considerarse que respondía a un régimen organizativo demasiado peculiar y de difícil aplicación al contexto español. Aunque la generalidad de los países del ámbito mediterráneo tendía a seguir el modelo francés de organización de mataderos, fue finalmente el modelo alemán de organización, basado en la disposición de pabellones aislados especializados por función, el que resultó determinante para inspirar el diseño que Bellido acabaría desarrollando para Madrid.

Fruto de este proceso de investigación, ya el doce de mayo de 1908 Bellido presentó una primera propuesta de base para el nuevo complejo, y en julio de ese mismo año recibió formalmente, en palabras del propio arquitecto, el encargo de redactar el proyecto de construcción del nuevo matadero y mercado, con la instrucción expresa de ajustarse a cuanto hubiera de más moderno y conveniente en esta materia. Resulta especialmente significativo, desde el punto de vista de la historia de la arquitectura municipal española, que este encargo se materializara finalmente como una designación directa a favor de Bellido, dejando sin efecto el concurso público que originalmente se había convocado para este fin, una circunstancia que refleja la enorme confianza que la posición de Bellido como arquitecto municipal desde 1905 le había granjeado ante el consistorio madrileño para acometer un proyecto de esta envergadura y complejidad técnica.

La construcción del complejo: de la dehesa de Arganzuela a la inauguración escalonada

Una vez definido el encargo, el emplazamiento elegido para levantar el nuevo complejo fue la antigua dehesa de Arganzuela, una zona entonces todavía relativamente despoblada en los márgenes del Manzanares, cuya elección respondía precisamente a esa necesidad de disponer de un terreno amplio, próximo al río y susceptible de buena conexión ferroviaria. La elección de este emplazamiento no estuvo, sin embargo, exenta de trabajos previos de acondicionamiento: fue preciso finalizar las obras de canalización del río Manzanares en este tramo concreto, además de proceder a elevar ligeramente el nivel del terreno, con el objetivo específico de prevenir las posibles inundaciones que pudieran derivarse tanto de las crecidas del propio río como de los colectores generales de saneamiento de la ciudad que desembocaban en esta zona.

Consciente de la magnitud del encargo que tenía entre manos, Bellido no se limitó a aplicar de manera mecánica las conclusiones de su viaje de estudios europeo, sino que llevó a cabo un minucioso análisis previo sobre las necesidades funcionales específicas de este tipo de instalaciones y sobre las soluciones que ya se habían ensayado con éxito en otras grandes ciudades del continente. Como resultado directo de este trabajo de investigación, el arquitecto proyectó un extenso complejo industrial que respondía plenamente a los requerimientos de una instalación moderna y mecanizada, dotada de controles sanitarios rigurosos en todas y cada una de las fases del proceso productivo, desde la recepción del ganado vivo hasta la distribución final de la carne ya faenada, un planteamiento que en su momento situó al Matadero y Mercado de Ganados de Madrid entre los complejos más avanzados de su género en toda España.

Las obras de construcción propiamente dichas comenzaron en el año 1911, aunque el complejo, dada su enorme extensión y complejidad, no llegó a inaugurarse de manera completa hasta bien entrada la década siguiente. Las distintas fuentes documentales sitúan el proceso de puesta en marcha del conjunto de manera escalonada entre 1924 y 1925, un dato que resulta perfectamente coherente con la magnitud de la obra: no se trataba de un edificio único, sino de un conjunto que llegó a integrar hasta cuarenta y ocho edificios diferenciados, distribuidos sobre una superficie total de ciento sesenta y cinco mil cuatrocientos quince metros cuadrados, cifras que por sí solas explican por qué el proceso de construcción se prolongó durante más de una década desde su inicio hasta su completa puesta en funcionamiento.

De la ejecución material de esta obra de tan considerable envergadura se encargó el ingeniero José Eugenio Ribera, una figura de enorme relevancia en la historia de la ingeniería española de la época, pionero en nuestro país en el empleo del hormigón armado, incluso dejado visto como acabado, y posterior maestro de otra figura fundamental de la ingeniería española del siglo veinte como fue Eduardo Torroja. Conviene precisar, no obstante, que la investigación histórica más reciente ha aclarado que, si bien Ribera fue efectivamente el responsable de la contrata y ejecución material de la obra, el único técnico que figura como autor del proyecto en toda la documentación textual y gráfica conocida, así como en las noticias de prensa de la época, es Luis Bellido, de manera que atribuir a Ribera una autoría de diseño equivalente a la de Bellido carecería de fundamento documental y, además, restaría méritos al verdadero autor intelectual del conjunto.

El propio Bellido, además, continuó vinculado a este complejo mucho después de su inauguración inicial: entre 1932 y 1933, en colaboración con el arquitecto Francisco Javier Ferrero Llusiá, fue responsable de la construcción de un edificio adicional destinado específicamente a las funciones de matadero de aves y de gallinas, una ampliación que demuestra cómo el conjunto original, lejos de quedar cerrado en su concepción inicial, continuó adaptándose y creciendo a lo largo de las décadas siguientes para responder a las necesidades cambiantes del abastecimiento cárnico de la capital.

El declive industrial, el cierre definitivo y los años de abandono

El complejo del Matadero y Mercado de Ganados permaneció en funcionamiento activo durante casi seis décadas, un periodo dilatado a lo largo del cual demostró una notable capacidad de adaptación a los requerimientos cambiantes de la normativa sanitaria y de las técnicas de producción cárnica. Sin embargo, esta capacidad de adaptación tenía, como cualquier infraestructura industrial concebida a comienzos del siglo veinte, límites objetivos que finalmente resultaron insalvables. A partir de 1987, la normativa sanitaria española experimentó una revisión sustancial que resultó extraordinariamente difícil de compatibilizar con las características constructivas y funcionales de un edificio proyectado casi ochenta años antes, un desajuste normativo que, unido a otros factores de índole ambiental y social, precipitó el final de la actividad industrial del recinto.

Entre estos factores adicionales que contribuyeron al cierre destacan de manera especial la contaminación de las aguas del río Manzanares, afectadas por los desechos generados por la propia actividad del matadero, y las crecientes quejas vecinales derivadas del ruido y de los olores asociados a una actividad industrial de estas características, cada vez más difícil de sostener en un entorno urbano que, con el paso de las décadas, había ido rodeando por completo lo que originalmente había sido un emplazamiento periférico y relativamente aislado. La combinación de todos estos factores, normativos, ambientales y sociales, condujo finalmente a la clausura definitiva del matadero en el año 1996, momento en el que los servicios de abastecimiento cárnico de la ciudad se trasladaron a las modernas instalaciones de Mercamadrid, dejando vacío por completo un conjunto de cuarenta y ocho edificios que, de la noche a la mañana, perdió la función para la que había sido concebido.

Tras esta clausura, el recinto fue calificado como bien catalogado en el marco del Plan General de Ordenación Urbana aprobado en 1997, un reconocimiento administrativo que garantizaba la protección patrimonial del conjunto frente a cualquier tentación de demolición, pero que no resolvía todavía la cuestión fundamental de qué uso concreto debía darse a un espacio de semejante magnitud una vez perdida su función original. Durante los años siguientes al cierre, el complejo permaneció efectivamente abandonado, y se sucedieron diversas propuestas alternativas sobre su posible destino futuro, entre las que llegaron a barajarse opciones tan dispares como la instalación de estudios de televisión para la cadena autonómica Telemadrid, la creación de un campus universitario, o distintos usos vinculados a servicios de hostelería, artesanía y ocio.

Este periodo de incertidumbre sobre el destino del recinto no estuvo exento, además, de un episodio de deterioro físico adicional: en el año 2005, un incendio declarado en una de las cámaras frigoríficas del complejo tiñó de negro buena parte de las paredes de ese espacio, una huella del siniestro que, lejos de ser eliminada durante la posterior restauración, se decidió conservar deliberadamente visible, como testimonio físico añadido de la accidentada historia reciente del conjunto y como muestra de la filosofía de intervención que después presidiría toda la reconversión cultural del recinto, basada precisamente en la preservación de las huellas del tiempo antes que en su borrado o disimulo.

La decisión de reconversión cultural y su consolidación como centro de creación contemporánea

El punto de inflexión definitivo en la historia reciente del complejo llegó en el año 2003, cuando el Ayuntamiento de Madrid, tras descartar la opción de encomendar la rehabilitación del conjunto a un operador internacional externo, decidió que fuera el propio Área de las Artes municipal quien asumiera directamente el diseño, la ejecución y la dirección del proceso de reconversión de este espacio en lo que se definió, ya desde el planteamiento inicial, como un gran laboratorio de creación contemporánea. Esta decisión de gestión interna, en lugar de externalizar el proyecto a un operador ajeno al Ayuntamiento, resultó determinante para el carácter final que adoptaría la intervención, orientada desde el primer momento hacia la creación artística y cultural más que hacia un aprovechamiento puramente comercial o inmobiliario del suelo liberado.

El desarrollo administrativo de esta decisión se concretó el veintiséis de septiembre de 2005, fecha en la que se aprobó una modificación del plan especial de intervención y adecuación arquitectónica del recinto que incrementó de manera sustancial el porcentaje de superficie destinada a uso cultural, elevándolo hasta aproximadamente el setenta y cinco por ciento del total del conjunto, un dato que ilustra con claridad la magnitud de la apuesta municipal por transformar este antiguo espacio industrial en el principal equipamiento cultural de nueva planta de la ciudad. A partir de esta modificación normativa, se iniciaron ya de manera efectiva las actuaciones concretas de rehabilitación arquitectónica orientadas a convertir el recinto en centro de apoyo a la creación contemporánea.

El Matadero Madrid se presentó formalmente en sociedad el trece de marzo de 2006, fecha que marca el nacimiento oficial de la institución cultural tal y como hoy la conocemos, aunque la programación cultural estable y continuada del recinto no comenzó a desplegarse con plenitud hasta el año 2007, conforme se iban completando las sucesivas fases de rehabilitación de las distintas naves del conjunto. Como primera medida concreta de apoyo a la creación, ya en 2006 se falló la primera convocatoria de las denominadas Ayudas a la Creación, un programa de respaldo económico específicamente diseñado para cubrir las diversas necesidades de creadores, colectivos y agentes culturales de la capital, desde el apoyo a espacios alternativos hasta el desarrollo de proyectos concretos de creación contemporánea, consolidando así desde el primer momento una vocación de servicio directo a la comunidad artística madrileña que iría más allá de la simple gestión de un continente arquitectónico rehabilitado.

Este proceso de reconversión cultural del Matadero madrileño no fue, por otra parte, un caso aislado dentro del panorama español de la época, sino que se enmarca en una tendencia más amplia de recuperación patrimonial de grandes complejos industriales en desuso para destinarlos a funciones culturales, tendencia de la que forman parte también otras intervenciones señaladas como la de la antigua fábrica de armas conocida como Laboral de Gijón o la antigua fábrica de tabacos Tabacalera de San Sebastián, ejemplos todos ellos de un mismo movimiento cultural y patrimonial que, en las primeras décadas del siglo veintiuno, apostó decididamente por dar una segunda vida cultural a la arquitectura industrial heredada del siglo anterior, en lugar de optar por su demolición o por su abandono definitivo.

La consolidación institucional del proyecto continuó desarrollándose en los años siguientes con la incorporación progresiva de nuevos espacios y colaboraciones. En el año 2012 se pusieron en marcha nuevos espacios dentro del conjunto, entre ellos la denominada Nave de Música, posible gracias a la colaboración de una marca comercial de bebidas energéticas en el marco de un proyecto internacional de academia musical, renovación de alto nivel llevada a cabo por los arquitectos Langarita y Navarro. Ese mismo verano, gracias también al apoyo de una marca cervecera, volvió a abrirse la denominada Terraza Matadero, esta vez con una instalación del arquitecto Andrés Jaque concebida específicamente para animar a los propios ciudadanos a participar de manera activa en la programación del centro, una muestra más de esa vocación participativa que ha caracterizado la evolución del proyecto desde sus primeros años de funcionamiento.

Análisis artístico

La reversibilidad como principio estético y ético de la intervención

Si hay un concepto que resume de manera más precisa la filosofía artística que ha presidido toda la reconversión cultural del Matadero de Madrid, ese es sin duda el de la reversibilidad. A diferencia de otras operaciones de rehabilitación patrimonial que optan por transformar de manera irreversible la fábrica original de los edificios intervenidos, adaptándola de manera permanente a los nuevos usos previstos, el criterio rector aplicado en el Matadero madrileño ha sido precisamente el contrario: intervenir de manera que las adiciones contemporáneas puedan, en teoría, ser retiradas en el futuro sin comprometer la integridad de la fábrica industrial original, preservando así de manera prioritaria la memoria material del antiguo complejo frente a cualquier tentación de transformación definitiva y excluyente.

Este principio de reversibilidad se traduce, en la práctica arquitectónica concreta, en una estrategia de intervención que combina deliberadamente materiales y lenguajes claramente contemporáneos con la fábrica preexistente, sin buscar en ningún momento una imitación mimética del estilo original ni tampoco una ocultación de las huellas del paso del tiempo sobre los edificios históricos. Antes bien, lo que se persigue es un diálogo explícito y reconocible entre dos temporalidades distintas: la de la arquitectura industrial de comienzos del siglo veinte, con su fábrica de ladrillo, sus zócalos de piedra y sus cubiertas de teja, y la de las intervenciones contemporáneas del siglo veintiuno, resueltas mediante materiales como el acero, el hormigón pulido o el policarbonato, materiales que se yuxtaponen a los originales sin disimular en ningún momento su condición de añadido posterior y plenamente actual.

Esta yuxtaposición deliberada entre lo antiguo y lo nuevo tiene, además, una dimensión simbólica que trasciende la mera cuestión técnica o estilística: al mantener perfectamente reconocibles y diferenciados los estratos históricos y contemporáneos de la intervención, el Matadero convierte su propia arquitectura en un relato visual permanente sobre la transformación de la ciudad de Madrid a lo largo de más de un siglo, permitiendo que cualquier visitante pueda leer, con solo pasear por sus naves, la sucesión de usos y de significados que este espacio ha ido acumulando desde su función industrial original hasta su actual condición de gran equipamiento cultural, sin que ninguna de estas dos etapas históricas quede completamente borrada u oculta por la otra.

Un ejemplo particularmente elocuente de esta filosofía de intervención es precisamente la decisión, ya mencionada en el apartado histórico, de conservar visibles las huellas del incendio de 2005 en una de las cámaras frigoríficas del complejo, en lugar de proceder a su restauración completa o a su disimulo mediante nuevos acabados. Esta decisión, que en una lógica de restauración convencional podría parecer contraintuitiva, resulta perfectamente coherente con el principio general de respeto a la memoria material del edificio que preside toda la intervención: las paredes ennegrecidas por el fuego no se entienden como un defecto que corregir, sino como una capa más de la historia física del recinto, tan legítima y tan digna de conservación como cualquiera de las huellas dejadas por la propia actividad industrial original del matadero.

El contraste programático: del degüello animal a la creación artística

Desde una perspectiva más conceptual y casi filosófica, el análisis artístico del Matadero de Madrid no puede eludir la reflexión sobre el contraste radical que existe entre la función original de este conjunto de edificios y su uso actual. Un espacio proyectado y construido específicamente para el sacrificio industrial y masivo de ganado, con todo lo que ello implicaba en términos de sufrimiento animal y de crudeza funcional, se ha convertido hoy en un lugar dedicado precisamente a lo opuesto: la reflexión artística, la creación cultural y el disfrute estético compartido por la ciudadanía. Esta transformación de significado, de la que la propia arquitectura del recinto conserva huellas físicas evidentes, dota al conjunto de una potencia simbólica que trasciende con mucho el mero valor patrimonial de sus edificios históricos.

Esta tensión simbólica se manifiesta de manera particularmente intensa en aquellas naves que, por su función original, estaban más directamente vinculadas al proceso de sacrificio animal, como es el caso de los espacios que antiguamente albergaban el degüello de ganado vacuno, hoy reconvertidos en salas de exposición o en espacios escénicos donde se despliega la creación artística contemporánea más vanguardista. El visitante que recorre hoy estos espacios puede, si dispone de la información histórica adecuada, experimentar esa doble lectura temporal del edificio, percibiendo simultáneamente su función pasada, todavía legible en ciertos detalles constructivos y en la propia disposición espacial de las naves, y su función presente, manifestada en la programación cultural que allí se desarrolla en la actualidad.

Este ejercicio de resignificación radical de un espacio industrial de connotaciones tan crudas como las de un matadero no es, además, un fenómeno aislado dentro de la historia reciente de la arquitectura y del urbanismo, sino que se inscribe en una tradición más amplia de reconversión de espacios industriales obsoletos con connotaciones incluso incómodas o difíciles hacia funciones culturales de signo completamente opuesto, un fenómeno que se ha repetido en numerosas ciudades europeas a lo largo de las últimas décadas y que responde a una voluntad colectiva de enfrentar de manera directa la propia historia industrial, por dura o incómoda que esta pueda resultar, en lugar de optar por borrarla mediante la demolición y la construcción de arquitecturas completamente nuevas sin memoria del pasado.

La diversidad de intervenciones arquitectónicas contemporáneas y sus autores

Uno de los rasgos artísticos más singulares del Matadero de Madrid, y que lo diferencia claramente de otras operaciones de rehabilitación patrimonial de gran escala, es el hecho de que su reconversión no ha respondido a un único proyecto arquitectónico unitario, firmado por un solo autor, sino que se ha ido desarrollando de manera escalonada a lo largo de los años mediante la intervención sucesiva de numerosos estudios y arquitectos diferentes, cada uno de ellos responsable de una nave o de un espacio concreto dentro del conjunto general. Esta pluralidad autoral, lejos de generar una sensación de descoordinación o de falta de unidad, ha dado lugar a un mosaico de soluciones arquitectónicas contemporáneas que comparten, no obstante, ese principio común de reversibilidad y de diálogo respetuoso con la fábrica industrial preexistente ya descrito anteriormente.

Entre los espacios más destacados surgidos de este proceso de intervención plural cabe mencionar la denominada Nave 16, destinada a exposiciones temporales, y la ya mencionada Nave de Música, ambas reconocidas con sendas nominaciones como finalistas en los prestigiosos premios FAD de arquitectura del año 2012, un reconocimiento profesional que confirma la calidad arquitectónica alcanzada por estas intervenciones concretas dentro del conjunto general del Matadero. A estos espacios se suman otros de gran relevancia dentro de la programación cultural del centro, como el jardín del Depósito de Especies, el espacio dedicado a la mediación artística conocido como Intermediae, la propia Terraza Matadero ya mencionada, la Cineteca dedicada a la programación cinematográfica, las Naves del Español destinadas a la actividad teatral, la Central de Diseño y la Casa del Lector, este último un espacio impulsado por una fundación privada dedicada a la promoción de la lectura y de sus nuevas manifestaciones contemporáneas.

Esta diversidad de intervenciones, cada una con su propia personalidad arquitectónica pero todas ellas sometidas al mismo criterio general de respeto por la fábrica industrial original, convierte al Matadero de Madrid en un auténtico campo de experimentación de la arquitectura española contemporánea, un espacio en el que resulta posible observar, en un recorrido relativamente breve, distintas maneras de entender la intervención sobre el patrimonio industrial, desde las soluciones más minimalistas y discretas hasta las propuestas más expresivas y singulares, todas ellas conviviendo dentro del marco unitario que proporciona la arquitectura original de Luis Bellido, que actúa en cierto modo como denominador común y como referencia constante frente a la cual cada una de estas intervenciones contemporáneas define su propia posición estética.

El neomudéjar industrial como lenguaje formal original y su valor patrimonial

Antes de que el Matadero se convirtiera en objeto de las intervenciones contemporáneas descritas, conviene detenerse en el valor artístico intrínseco del lenguaje formal empleado originalmente por Luis Bellido en el diseño del conjunto, un lenguaje que los especialistas han caracterizado habitualmente como una variante neomudéjar aplicada al contexto de la arquitectura industrial. Esta elección estilística no fue casual, sino que respondía directamente a uno de los grandes debates arquitectónicos de la España de comienzos del siglo veinte: la búsqueda de un estilo nacional o castizo que pudiera servir de guía formal para la arquitectura pública española, en un momento en que numerosos arquitectos del país buscaban alternativas propias frente a los modelos importados de otras tradiciones europeas.

En el caso concreto del Matadero, esta apuesta por un lenguaje formal de raíz castiza se tradujo en la memoria de proyecto redactada por el propio Bellido en una elección expresa de materiales autóctonos, entre los que el arquitecto mencionaba específicamente la piedra berroqueña empleada en los zócalos, el ladrillo y la mampostería caliza descubierta al exterior como acabados visibles, elementos de sillería artificial reservados para determinados puntos con carácter marcadamente ornamental, y azulejos dispuestos en impostas y en cornisas, todo ello resuelto con una gama de colores deliberadamente entonada al modo clásico de la arquitectura castellana tradicional. Esta combinación de materiales y de colores dotó al conjunto de una identidad visual profundamente arraigada en la tradición constructiva española, muy alejada de la imagen puramente funcional y desornamentada que caracterizaba a buena parte de la arquitectura industrial europea de la misma época.

Resulta significativo, desde el punto de vista de la historia de la arquitectura, que este lenguaje neomudéjar aplicado al Matadero madrileño respondiera todavía a un gusto dominante en la sociedad española de la época, un gusto que, según han señalado diversos estudios especializados, no estaba todavía preparado para recibir con la misma naturalidad los primeros ensayos plenamente modernos que ya se estaban explorando por entonces en edificios industriales equivalentes construidos en países como Alemania, Holanda o Francia, países estos últimos en los que la arquitectura industrial de comienzos del siglo veinte había comenzado ya a despojarse de cualquier referencia ornamental de raíz histórica para adoptar un lenguaje más depurado y funcional. Esta circunstancia sitúa al Matadero de Madrid en una posición intermedia y particularmente interesante dentro de la historia de la arquitectura industrial europea, a caballo entre la tradición ornamental castiza y la modernidad funcional que, apenas unas décadas después, acabaría imponiéndose de manera general en este tipo de construcciones en toda Europa.

Detalle arquitectónico

La organización espacial original: cinco sectores funcionales y el sistema de pabellones aislados

Desde el punto de vista estrictamente arquitectónico, el rasgo más definitorio del proyecto original de Luis Bellido para el Matadero de Madrid es su organización según el llamado sistema de pabellones aislados, un modelo que, como ya se ha explicado en el apartado histórico, el arquitecto tomó directamente de su estudio comparativo de los mataderos alemanes de la época. Este sistema constructivo, frente a la alternativa de concentrar todas las funciones en un único edificio de grandes dimensiones, consiste en distribuir las distintas fases del proceso productivo y las diferentes funciones complementarias del complejo en edificios independientes, físicamente separados entre sí, una solución que ofrecía ventajas evidentes tanto desde el punto de vista sanitario, al facilitar la compartimentación y el control de cada fase del proceso de manera individualizada, como desde el punto de vista de la flexibilidad futura, al permitir intervenir o ampliar cada pabellón de manera independiente sin necesidad de afectar al resto del conjunto.

Siguiendo esta lógica de organización, los cuarenta y ocho edificios que componían el conjunto original fueron agrupados en cinco grandes sectores funcionales claramente diferenciados: un sector de producción propiamente dicho, encargado de las labores directas de sacrificio y procesado del ganado; un sector de dirección y administración, que albergaba las funciones de gestión y de control del conjunto; un sector específicamente destinado a matadero; otro dedicado a mercado de abastos, para la comercialización de los productos ya procesados; y finalmente un sector de mercado de trabajo y sección sanitaria, encargado tanto de las cuestiones laborales vinculadas al personal del complejo como de los controles veterinarios y de salubridad exigidos por la normativa de la época. Además de estos cinco sectores productivos y administrativos, el conjunto incorporaba también instalaciones complementarias de carácter social, como viviendas destinadas al personal que trabajaba en el recinto y una capilla para atender las necesidades religiosas de los trabajadores, un detalle que ilustra la concepción integral del Matadero como una auténtica pequeña ciudad productiva autosuficiente, dotada de todos los servicios necesarios para el funcionamiento cotidiano de la considerable cantidad de personal que llegó a trabajar en sus instalaciones.

El perímetro completo de este extenso conjunto quedaba delimitado por un muro perimetral de dos kilómetros y medio de longitud, una cifra que por sí sola da idea de la escala verdaderamente urbana de esta intervención, mucho más próxima en sus dimensiones a la de un fragmento completo de ciudad que a la de un edificio industrial convencional, por grande que este pudiera ser. Este carácter de pequeña ciudad productiva autónoma, dotada de sus propias infraestructuras de transporte interno, de sus propios servicios sociales y religiosos, y de una organización funcional cuidadosamente planificada, constituye uno de los aspectos más singulares y mejor conservados del proyecto original de Bellido, y explica en buena medida por qué, casi un siglo después de su construcción, el conjunto ha resultado tan idóneo para acoger la enorme diversidad de usos culturales que hoy alberga, dado que su propia estructura original en pabellones diferenciados facilita extraordinariamente la asignación de funciones distintas a cada una de las naves sin necesidad de alterar sustancialmente la organización espacial heredada.

El sistema constructivo y los materiales estructurales originales

Desde el punto de vista puramente técnico y constructivo, el sistema estructural predominante empleado por Bellido en el conjunto del Matadero combinaba dos soluciones complementarias perfectamente integradas entre sí. Por un lado, se recurría a muros de carga perimetrales, resueltos mediante mampostería de piedra caliza combinada con verdugadas de ladrillo visto dispuestas a intervalos regulares, una solución constructiva de raíz claramente tradicional que garantizaba la resistencia estructural básica de los cerramientos exteriores de cada nave, al tiempo que proporcionaba ese acabado visual característico de fábrica vista que hoy constituye uno de los elementos más reconocibles y apreciados del conjunto desde el punto de vista patrimonial.

Por otro lado, y de manera complementaria a estos muros de carga perimetrales, el interior de las naves se resolvía mediante pórticos formados por perfiles metálicos roblonados, es decir, unidos mediante remaches, combinados con cerchas del mismo material metálico destinadas a sostener las grandes cubiertas de las naves industriales. Esta combinación de muros de carga tradicionales en el perímetro y de estructura metálica interior para resolver las grandes luces necesarias en el interior de las naves resultaba especialmente idónea para este tipo de edificación industrial, que requería espacios interiores diáfanos y de gran amplitud para el desarrollo de las distintas fases del proceso productivo, sin la interferencia de pilares intermedios que hubieran dificultado la circulación del ganado y del personal, al tiempo que necesitaba también una envolvente exterior sólida y duradera capaz de resistir el paso de las décadas y las exigentes condiciones de uso propias de una instalación industrial de estas características.

Este empleo del acero estructural en forma de pórticos y cerchas roblonadas sitúa además al Matadero de Madrid dentro de un momento tecnológicamente muy interesante de la historia constructiva española, un periodo de transición en el que las técnicas metálicas industriales, ya plenamente consolidadas en países de tradición industrial más temprana, comenzaban a generalizarse también en España para la resolución de grandes naves industriales, sin que ello supusiera todavía un abandono completo de los sistemas constructivos tradicionales basados en la fábrica de piedra y de ladrillo para los elementos de cerramiento y de carga perimetral, una combinación de tradición y de modernidad técnica que resulta perfectamente coherente con esa misma dualidad estilística, entre lo castizo y lo moderno, que ya se ha señalado en el apartado de análisis artístico a propósito del lenguaje neomudéjar empleado en los acabados exteriores.

Las claves técnicas de la rehabilitación contemporánea: entre la conservación y la nueva construcción

La intervención arquitectónica contemporánea desarrollada a partir de 2003 para convertir el antiguo complejo industrial en centro de creación cultural se ha caracterizado, desde el punto de vista técnico, por combinar de manera cuidadosamente equilibrada las labores de conservación y consolidación estructural de la fábrica original con la incorporación de nuevos elementos constructivos plenamente contemporáneos, necesarios para adaptar las naves a sus nuevos usos culturales sin comprometer en ningún momento la integridad de la estructura heredada. Este proceso de rehabilitación se ha llevado a cabo, además, de manera deliberadamente escalonada a lo largo de los años, permitiendo que las naves ya rehabilitadas pudieran entrar en funcionamiento cultural sin necesidad de esperar a la conclusión de las obras en el resto del conjunto, una estrategia de gestión de obra que ha permitido mantener una actividad cultural continuada en el recinto mientras proseguían, de manera simultánea, los trabajos de rehabilitación en otras naves todavía pendientes de intervención.

Entre los materiales contemporáneos incorporados con mayor frecuencia en estas intervenciones de rehabilitación destacan el denominado chapón de acero, empleado habitualmente para resolver nuevos cerramientos o elementos de fachada de carácter claramente contemporáneo y distinguible de la fábrica original, el hormigón pulido, utilizado sobre todo en la resolución de nuevos pavimentos interiores que combinan durabilidad, facilidad de mantenimiento y una estética depurada perfectamente compatible con los usos expositivos y escénicos actuales del recinto, y el policarbonato, material translúcido empleado en determinados cerramientos o cubiertas donde se buscaba permitir el paso controlado de la luz natural sin renunciar a una adecuada protección frente a los agentes atmosféricos. La combinación de estos tres materiales contemporáneos, acero, hormigón pulido y policarbonato, junto con los materiales originales de mampostería, ladrillo, piedra y teja ya descritos, configura ese lenguaje de contraste deliberado entre lo antiguo y lo nuevo que constituye, como ya se ha explicado en el apartado artístico, la seña de identidad arquitectónica más característica de todo el proceso de reconversión cultural del Matadero.

Un elemento arquitectónico original de particular relevancia patrimonial dentro de todo el conjunto es la denominada Casa del Reloj, el edificio que originalmente cumplía funciones administrativas dentro del complejo industrial y que hoy se conserva como uno de los símbolos históricos más reconocibles de toda la instalación, actuando como una suerte de referencia visual y de memoria material del carácter administrativo y de gestión que en su día tuvo esta parte concreta del conjunto, dentro de la organización general en cinco sectores funcionales ya descrita anteriormente.

La integración territorial del conjunto dentro del parque Madrid Río

Para completar el análisis arquitectónico del Matadero de Madrid resulta imprescindible situar el conjunto dentro de su contexto territorial más amplio, un contexto que experimentó una transformación decisiva a mediados del año 2011 con la inclusión formal del recinto dentro del ámbito del parque Madrid Río, el mismo gran proyecto de recuperación de las riberas del Manzanares que, como ya se ha explicado con detalle en el análisis dedicado al vecino Puente de Arganzuela, surgió del soterramiento de la antigua autopista de circunvalación M-30 a su paso por esta zona de la ciudad. Gracias a esta integración territorial, el Matadero de Madrid pasó a constituir, en la práctica, un espacio cultural situado dentro de un gran parque lineal que recorre la ribera del río Manzanares entre el Puente de los Franceses, al norte, y el llamado Nudo Sur, en el extremo meridional del recorrido fluvial urbano.

Esta integración dentro del conjunto de Madrid Río no supuso una simple coincidencia geográfica, sino que reforzó de manera muy significativa la accesibilidad y la centralidad urbana del Matadero, un recinto que, procedente de una antigua zona industrial relativamente periférica, se encontró de pronto formando parte de uno de los principales corredores verdes y de ocio de toda la ciudad de Madrid, beneficiándose directamente del enorme flujo de visitantes, tanto madrileños como turistas, que a partir de ese momento comenzó a recorrer de manera habitual las riberas rehabilitadas del Manzanares. Esta sinergia entre el gran proyecto paisajístico de Madrid Río y el proyecto cultural del Matadero ha resultado, con el paso de los años, extraordinariamente beneficiosa para ambas iniciativas, consolidando conjuntamente toda esta franja meridional del Manzanares como uno de los grandes ejes de transformación urbana y de renovación cultural de la ciudad de Madrid en las primeras décadas del siglo veintiuno.

No hay comentarios:

Publicar un comentario