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| Muralla árabe y Catedral de la Almudena. |
La Muralla Árabe de Madrid: el monumento más antiguo de la capital
Introducción y marco conceptual
Junto a la Cuesta de la Vega, a los pies de la Catedral de la Almudena y a escasos metros del Palacio Real, se conserva un tramo de sillares de piedra que constituye, sin discusión posible, el monumento más antiguo de todo Madrid: la muralla árabe, situada en las coordenadas 40,41489 de latitud norte y -3,71453 de longitud oeste. Se trata de un vestigio excepcional, no solo por su extraordinaria antigüedad, superior a los mil cien años, sino por representar el testimonio material más directo y elocuente del propio acto fundacional de la ciudad, aquel que dio origen al nombre de Mayrit y que convirtió a un modesto asentamiento fronterizo del emirato de Córdoba en la semilla de lo que con el paso de los siglos llegaría a ser la capital de España.
Madrid ostenta, de hecho, una condición singular entre las grandes capitales europeas: es la única de ellas cuyo origen y cuyo propio nombre proceden directamente de una fundación de raíz árabe, una circunstancia que confiere a este resto amurallado un valor simbólico que trasciende ampliamente su modesta escala física actual. Frente a la escasa presencia de topónimos y de vestigios materiales de aquella herencia andalusí en el actual paisaje urbano madrileño, la muralla árabe se erige como uno de los poquísimos testimonios tangibles de aquellos primeros siglos de existencia de la ciudad, un periodo del que apenas quedan huellas visibles más allá de este significativo lienzo de piedra conservado junto al parque que hoy lleva el nombre de su fundador.
Este artículo desarrolla en profundidad la historia de la fundación y evolución de las murallas de Madrid en época musulmana, analiza los valores artísticos y simbólicos de este excepcional testimonio material de la ciudad islámica, y examina con detalle las soluciones constructivas y arquitectónicas empleadas por los ingenieros militares del emirato cordobés para levantar una fortificación que resistiría, aunque de manera fragmentaria, el paso de más de un milenio de historia.
Síntesis
- Ubicación: Cuesta de la Vega, junto a la Catedral de la Almudena y el Palacio Real, integrada en el Parque del Emir Mohamed I, Madrid.
- Fundación: ordenada por el emir omeya Muhammad I, hijo de Abderramán II, hacia el año 865, dentro del sistema defensivo fronterizo conocido como la Marca Media del emirato de Córdoba.
- Construcción original: entre los años 850 y 866, sobre un promontorio junto al río Manzanares, dando origen al topónimo Mayrit.
- Refuerzo posterior: acometido en el siglo X por el califa Abderramán III, en el contexto de la consolidación del califato de Córdoba proclamado en 929.
- Conquista cristiana: 1085, por Alfonso VI de Castilla, seguida de un largo periodo de convivencia entre comunidades musulmana, judía y cristiana.
- Extensión original: entre 4 y 9 hectáreas de perímetro urbano, según las distintas fuentes consultadas, englobando el alcázar y la almudaina.
- Accesos principales: Puerta de la Vega (oeste), Puerta de Santa María (este) y Puerta de la Sagra o Xagra (norte); hallazgo reciente de un portillo adicional junto a la Plaza de la Armería.
- Materiales y técnica: sillares de sílex y piedra caliza, dispuestos en torno a torres de planta cuadrada con escarpes, portillos y probablemente almenas.
- Tramo conservado: en la Cuesta de la Vega, de unos 120 metros de longitud, 8 metros de altura y 2 metros de espesor, con 6 torres identificables, 4 de ellas todavía en pie.
- Otros vestigios: ruinas de la Torre de Narigües, en el número 83 de la calle Mayor, probable torre albarrana empleada como atalaya de vigilancia.
- Protección patrimonial: declarada Monumento Histórico-Artístico en 1954, actual Bien de Interés Cultural con categoría de Monumento.
- Daños posteriores a su protección: destrucción parcial de dos tramos y una torre en la década de 1970 durante la construcción de un edificio residencial, cuyo garaje conserva hoy restos en mal estado.
- Hallazgos recientes: nuevos tramos de muralla y torres descubiertos durante las excavaciones del Museo de las Colecciones Reales, inaugurado en 2023, que confirmaron la disposición externa del castillo respecto al recinto amurallado.
- Tradición popular asociada: leyenda del hallazgo de la imagen de la Virgen de la Almudena en la antigua Puerta de la Vega tras la reconquista de 1085, recordada mediante una hornacina de 1941.
- Valor patrimonial: monumento más antiguo de Madrid, de interés fundamentalmente arqueológico e histórico, testimonio único entre las capitales europeas de un origen fundacional directamente islámico.
Historia
La fundación de Mayrit: una frontera del emirato de Córdoba
Para comprender el origen de la muralla árabe de Madrid resulta imprescindible situarse en el contexto político y militar de la España musulmana de mediados del siglo IX, un periodo en el que el emirato independiente de Córdoba, gobernado entonces por la dinastía omeya, se encontraba enfrentado a la presión constante ejercida desde el norte por los incipientes reinos cristianos que iban consolidando su avance a lo largo de la meseta central de la península ibérica. Para contener esta presión y asegurar sus fronteras septentrionales, los emires cordobeses fueron organizando a lo largo de esta amplia franja de territorio una serie de fortificaciones defensivas conocidas colectivamente como la Marca Media, un cinturón militar destinado a proteger las rutas de acceso hacia el corazón del territorio andalusí.
Fue precisamente dentro de esta estrategia defensiva donde se enmarca la fundación de Mayrit, ordenada hacia el año 865 por el emir Muhammad I, hijo y sucesor de Abderramán II, quien decidió fortificar un modesto asentamiento previo situado en un promontorio estratégico junto al río Manzanares, en el lugar donde hoy se levantan el Palacio Real y la Catedral de la Almudena. El nombre elegido para esta nueva fortaleza, Mayrit, procedía del término árabe Matrice, una voz relacionada con el agua y con los numerosos arroyos subterráneos que discurrían por aquel terreno, entre ellos el que corría a lo largo de la actual calle de Segovia, una circunstancia hidrológica que explicaría el propio origen etimológico del nombre que, tras varios siglos de evolución lingüística y de fusión entre las formas árabe y romance, terminaría dando lugar al topónimo actual de Madrid.
La construcción de aquella primera muralla se llevó a cabo entre los años 850 y 866, coincidiendo por tanto con el emirato de Muhammad I, aunque las fuentes especializadas señalan con frecuencia el año 865 como la fecha más probable de la fundación efectiva de la fortaleza, un dato que ha llevado a las instituciones madrileñas a considerar a este emir omeya como el fundador histórico de la ciudad, un reconocimiento que se materializa hoy en la propia denominación del parque en el que se conservan los restos más significativos de aquella primera cerca defensiva.
El refuerzo califal de Abderramán III
Casi un siglo después de aquella fundación inicial, en pleno siglo X, la fortificación original de Mayrit fue objeto de una notable ampliación y refuerzo bajo el mandato del califa Abderramán III, el gran soberano omeya que en el año 929 había proclamado el califato de Córdoba, elevando así la dignidad política del antiguo emirato hasta la máxima categoría posible dentro del mundo islámico de la época. Este refuerzo de las defensas de Mayrit debe entenderse dentro del contexto más amplio de la consolidación territorial y militar que caracterizó al califato cordobés durante su periodo de máximo esplendor, en el que numerosas plazas fuertes de la Marca Media fueron reforzadas para blindar definitivamente la frontera septentrional del territorio andalusí frente al avance progresivo de los reinos cristianos del norte peninsular.
Aquella intervención califal del siglo X no supuso, según indican los estudios arqueológicos disponibles, una sustitución completa de la fábrica original del siglo IX, sino más bien un fortalecimiento y una consolidación de la estructura previa, en consonancia con la práctica habitual de la ingeniería militar andalusí de reforzar progresivamente las fortificaciones existentes en lugar de acometer reconstrucciones integrales que hubieran resultado innecesariamente costosas. Este proceso de refuerzo continuado explica por qué los restos conservados de la muralla presentan hoy una cierta heterogeneidad constructiva, resultado de las sucesivas intervenciones acometidas a lo largo de más de un siglo de historia defensiva.
La conquista cristiana de 1085 y la convivencia posterior
El episodio que pondría fin a la soberanía musulmana sobre Mayrit tuvo lugar en el año 1085, cuando el rey de Castilla Alfonso VI, conocido por la posteridad con el sobrenombre de El Valiente, consiguió reconquistar la localidad en el marco de su ofensiva más amplia contra el debilitado poder musulmán de la meseta central, apenas unos meses antes de la caída de la mucho más relevante Toledo, capital del taifa homónimo. La conquista cristiana de Mayrit, sin embargo, no supuso ni la destrucción inmediata de sus estructuras defensivas de origen islámico ni el desplazamiento súbito de su población musulmana previa, sino que dio paso a un largo periodo de convivencia efectiva entre las comunidades musulmana, judía y cristiana que continuaron habitando la villa durante generaciones.
Aquella fusión progresiva entre los nombres árabe y romance de la localidad, resultado precisamente de esta prolongada convivencia entre comunidades de distinta tradición religiosa y lingüística, terminaría por consolidar la primacía definitiva del topónimo Madrid sobre otras variantes anteriores, un proceso lingüístico que constituye en sí mismo un reflejo elocuente de la propia complejidad histórica y cultural que caracterizó a la ciudad durante los siglos centrales de la Edad Media. La antigua muralla árabe, lejos de ser demolida tras la conquista cristiana, continuó cumpliendo durante bastante tiempo su función defensiva original, siendo progresivamente complementada e integrada dentro de sucesivas ampliaciones del recinto amurallado madrileño llevadas a cabo ya bajo dominio cristiano.
Del olvido medieval al reconocimiento patrimonial del siglo XX
Con el paso de los siglos y el progresivo crecimiento urbano de Madrid, especialmente acelerado a partir de la instalación definitiva de la corte en la ciudad por parte de Felipe II en 1561, buena parte del trazado original de las murallas musulmanas y de las posteriores cercas cristianas fue quedando progresivamente oculto, reutilizado como cimentación de nuevas construcciones o sencillamente demolido para dar paso al crecimiento continuado del entramado urbano, un destino habitual para las fortificaciones defensivas de las ciudades europeas una vez que estas perdían su función militar original en favor de una expansión urbanística que ya no requería de semejantes elementos defensivos.
El reconocimiento oficial e institucional del valor histórico y patrimonial de los restos conservados de la antigua muralla árabe llegaría finalmente en 1954, año en que fue declarada Monumento Histórico-Artístico, una distinción que en la actualidad equivale a su consideración como Bien de Interés Cultural con categoría de Monumento, el máximo grado de protección patrimonial contemplado por la legislación española vigente. Sin embargo, esta declaración oficial no ha sido garantía absoluta de conservación integral: pese a gozar ya de aquella máxima protección legal, en la década de 1970 dos tramos de la muralla, junto con una de sus torres, fueron destruidos durante la construcción de un edificio residencial en las inmediaciones, uno de ellos para dar cabida a la propia construcción y el otro para habilitar el acceso de los futuros vecinos del inmueble, un episodio que ilustra con crudeza las tensiones que históricamente han enfrentado en Madrid, como en tantas otras ciudades históricas europeas, la preservación del patrimonio arqueológico frente a las presiones del desarrollo urbanístico contemporáneo. Resulta significativo que aquel edificio conserve todavía hoy, en un estado de conservación muy deficiente, algunos vestigios del lienzo mural original, convertidos en la actualidad en parte integrante de su garaje privado, un destino ciertamente paradójico para uno de los fragmentos supervivientes del monumento más antiguo de la ciudad.
Los hallazgos arqueológicos recientes: el Museo de las Colecciones Reales
Uno de los episodios más recientes y significativos en la historia del conocimiento arqueológico de la muralla árabe madrileña se produjo con motivo de las obras de construcción del actual Museo de las Colecciones Reales, un nuevo complejo museístico levantado en las inmediaciones del Palacio Real, en el espacio comprendido entre la Plaza de la Armería y la Catedral de la Almudena. Durante las excavaciones previas a la construcción de este nuevo edificio museístico, inaugurado finalmente en 2023, los arqueólogos hallaron nuevos restos de la muralla y de sus torres defensivas de origen islámico, hallazgos que han permitido enriquecer notablemente el conocimiento científico disponible sobre el trazado exacto y sobre las características constructivas de la fortificación original.
Estos hallazgos recientes han resultado especialmente reveladores en un aspecto concreto: la disposición relativa entre el antiguo castillo o alcázar árabe y la propia muralla defensiva, ya que las excavaciones han permitido constatar que ambas estructuras no se encontraban directamente unidas entre sí, sino que el castillo se situaba en una posición externa respecto al recinto amurallado propiamente dicho, un dato que obliga a revisar y matizar algunas de las hipótesis previas sobre la configuración urbana de la Mayrit islámica. Del mismo modo, en el transcurso de estas mismas excavaciones se descubrió un portillo hasta entonces desconocido, un hallazgo que ha contribuido a completar el mapa de accesos y puertas de la antigua fortificación musulmana, confirmando que el conocimiento arqueológico sobre este periodo fundacional de la historia madrileña continúa enriqueciéndose de manera constante gracias a las intervenciones urbanísticas que periódicamente se llevan a cabo en el corazón histórico de la ciudad.
Análisis artístico
El valor simbólico de un origen fundacional
El principal valor de la muralla árabe de Madrid no reside, como reconocen unánimemente los especialistas que se han ocupado de su estudio, en una excepcional riqueza ornamental o en un refinamiento estético comparable al de otros grandes monumentos andalusíes conservados en ciudades como Córdoba, Sevilla o Granada, sino en su condición de testimonio material directo y prácticamente único del propio momento fundacional de la ciudad de Madrid. Se trata, en este sentido, de un monumento cuyo valor es fundamentalmente arqueológico e histórico antes que artístico en el sentido estricto de la palabra, una circunstancia que los propios organismos de promoción turística y patrimonial de la ciudad reconocen abiertamente al calificar sus restos conservados como poseedores de un interés más arqueológico que artístico.
Esta condición particular convierte a la muralla en un monumento profundamente simbólico, capaz de sintetizar en su modesta fábrica de piedra toda la complejidad de los orígenes de una capital europea que, a diferencia de la inmensa mayoría de las restantes grandes ciudades del continente, no procede de una fundación romana, visigoda o medieval cristiana, sino directamente de un asentamiento fronterizo de raíz islámica. Este origen singular, del que Madrid es la única capital europea que puede presumir de manera tan directa e inequívoca, otorga a estos modestos restos amurallados una relevancia patrimonial que trasciende ampliamente su reducida escala física actual, convirtiéndolos en la piedra fundacional, en sentido casi literal, de toda la posterior historia urbana madrileña.
Un patrimonio disperso y fragmentario
Más allá del principal tramo conservado junto a la Cuesta de la Vega, la muralla árabe de Madrid ha dejado a lo largo de los siglos otros vestigios dispersos por distintos puntos del casco histórico de la ciudad, testimonios fragmentarios de un trazado defensivo que en su día alcanzó una extensión considerablemente mayor. Entre estos restos adicionales destacan particularmente las ruinas de la denominada Torre de Narigües, conservadas todavía en pie en el número 83 de la calle Mayor, junto al viaducto que salva la calle de Segovia, una estructura que probablemente cumplió la función de torre albarrana, es decir, una fortificación exenta y separada del cuerpo principal de la muralla pero conectada a esta mediante un muro adicional, empleada habitualmente en la arquitectura militar andalusí con la función específica de servir de atalaya u otero de vigilancia sobre el territorio circundante.
Esta dispersión fragmentaria del patrimonio amurallado madrileño, lejos de constituir una anomalía, resulta plenamente coherente con el destino habitual que han corrido a lo largo de los siglos las fortificaciones urbanas de origen medieval en la práctica totalidad de las ciudades históricas europeas, progresivamente desmanteladas, reutilizadas como material de construcción para nuevas edificaciones, o sencillamente enterradas bajo sucesivas capas de urbanización posterior. El hecho de que hoy puedan documentarse e identificarse con precisión distintos fragmentos dispersos de aquella antigua muralla, gracias tanto a la investigación arqueológica continuada como a la labor de historiadores especializados en la topografía histórica madrileña, permite reconstruir con un grado de precisión notable el trazado original de la fortificación, pese a la fragmentación física que hoy caracteriza a sus restos supervivientes.
La memoria de la Virgen de la Almudena y la tradición popular
Vinculada estrechamente a la propia historia de las murallas de Madrid se conserva una tradición popular de gran arraigo devocional, relacionada con el origen legendario de la imagen de la Virgen de la Almudena, patrona de la ciudad. Según esta tradición, la imagen mariana habría permanecido oculta desde la propia ocupación árabe de Madrid en el año 712 hasta el momento de la reconquista cristiana llevada a cabo por Alfonso VI en 1085, siendo descubierta entonces, según el relato popular, en un cubo o torreón de la antigua Puerta de la Vega, uno de los tres accesos principales con los que contaba el recinto amurallado musulmán.
Este relato legendario, transmitido de generación en generación a lo largo de los siglos y todavía hoy vivo en la memoria colectiva madrileña, ilustra la manera en que los restos materiales de la antigua muralla islámica han terminado entrelazándose con la propia tradición religiosa y devocional de la ciudad cristiana posterior, generando un imaginario compartido en el que la fortificación musulmana original se convierte, paradójicamente, en escenario del hallazgo milagroso de la imagen mariana que con el tiempo se convertiría en patrona oficial de la capital. En recuerdo de este episodio legendario, se conserva en la actualidad, en una hornacina situada en la propia Cuesta de la Vega, una representación de la Virgen de la Almudena, ejecutada en el año 1941 y colocada precisamente en el lugar donde la tradición sitúa aquel hallazgo original, en un ejemplo elocuente de cómo el patrimonio material de la Mayrit islámica sigue proyectando su influencia simbólica sobre la religiosidad popular madrileña contemporánea.
La musealización contemporánea: el Parque del Emir Mohamed I
El tratamiento museográfico y paisajístico que en la actualidad reciben los restos conservados de la muralla árabe constituye en sí mismo un elemento de considerable interés dentro del análisis del valor patrimonial de este monumento. La integración de los principales vestigios murarios dentro del denominado Parque del Emir Mohamed I, un espacio ajardinado creado expresamente como homenaje al fundador histórico de la ciudad y como recuerdo simbólico de la diversidad cultural que ha caracterizado a Madrid desde sus mismos orígenes, ha permitido dotar a estos restos arqueológicos de un marco de contemplación pública digno y accesible para el conjunto de la ciudadanía y de los visitantes de la capital.
Dentro de este mismo parque se conserva además una maqueta explicativa que reconstruye visualmente tanto el trazado de la muralla árabe original como el de la posterior cerca cristiana que se fue superponiendo a ella con el paso de los siglos, un recurso didáctico que facilita notablemente la comprensión, por parte del público general, de la compleja evolución histórica y urbanística que ha experimentado el sistema defensivo madrileño desde el siglo IX hasta la Edad Moderna. Este esfuerzo de puesta en valor contemporánea del monumento, combinado con la creciente promoción institucional de rutas turísticas específicamente dedicadas a recorrer las huellas del Madrid musulmán, ha contribuido de manera significativa a rescatar del relativo olvido histórico un capítulo fundamental, aunque durante mucho tiempo insuficientemente reconocido, de los orígenes de la capital de España.
Detalle arquitectónico
El sistema constructivo: sillares de sílex y piedra caliza
Desde el punto de vista estrictamente constructivo, la muralla árabe de Madrid se caracteriza por el empleo de una técnica edificatoria muy característica de la ingeniería militar andalusí de la época, basada en la utilización de sillares tallados en cantería de sílex y piedra caliza, dos materiales pétreos de notable dureza y resistencia mecánica que se extraían de las canteras próximas al emplazamiento de la propia fortificación. Esta elección material respondía a criterios eminentemente prácticos y funcionales, propios de una arquitectura militar concebida ante todo para resistir el embate de posibles asedios y para garantizar la máxima durabilidad posible de una estructura defensiva de importancia estratégica de primer orden dentro del sistema fronterizo del emirato cordobés.
Los sillares de la muralla se disponían ordenadamente en torno a una serie de torres de planta cuadrada, un elemento arquitectónico característico de la fortificación militar andalusí que permitía tanto reforzar estructuralmente los puntos más vulnerables del trazado defensivo como facilitar la vigilancia y la defensa activa del recinto amurallado mediante el flanqueo cruzado de los lienzos de muralla situados entre torre y torre. Estas torres estaban dotadas, según indican los estudios arqueológicos disponibles, de escarpes, es decir, de un ensanchamiento en talud de su base destinado a dificultar tanto la labor de zapa de eventuales atacantes como el impacto directo de proyectiles de artillería de asedio, además de contar probablemente con portillos de acceso y con almenas en su coronación superior, elementos todos ellos característicos del repertorio defensivo propio de la arquitectura militar islámica de la época.
El trazado y las dimensiones del recinto amurallado
En cuanto a su extensión original, las fuentes especializadas presentan cifras que oscilan entre las cuatro y las nueve hectáreas de superficie total encerrada por el trazado murario, una variación que probablemente responde tanto a las distintas metodologías empleadas en su cálculo como a la propia evolución del recinto amurallado a lo largo de los distintos periodos de refuerzo y ampliación que experimentó entre los siglos IX y X. Aquel perímetro defensivo envolvía en su interior tanto el alcázar, es decir, la fortaleza militar propiamente dicha, como la denominada almudaina, un término árabe que designaba al núcleo urbano civil que se desarrollaba en torno a la fortificación, constituyendo así un conjunto defensivo integral que protegía tanto la función militar como la función residencial y administrativa de la nueva fundación islámica.
El acceso a este recinto amurallado se realizaba a través de tres puertas principales, cada una de ellas orientada hacia un punto cardinal distinto en función de las principales vías de comunicación con el territorio circundante: la Puerta de la Vega, situada en el lienzo occidental de la muralla y vinculada, como se ha señalado anteriormente, a la tradición legendaria del hallazgo de la Virgen de la Almudena; la Puerta de Santa María, ubicada en el lado oriental del recinto; y la Puerta de la Sagra, también conocida en algunas fuentes históricas como Puerta de la Xagra, localizada en el lienzo septentrional de la fortificación, en las inmediaciones de lo que en época posterior se conocería como el Campo del Rey, frente al actual emplazamiento de la Plaza de la Armería del Palacio Real. A estos tres accesos principales se ha sumado recientemente, gracias a las excavaciones arqueológicas ya mencionadas, el hallazgo de un cuarto portillo adicional, hasta entonces desconocido, localizado en las inmediaciones de la propia Plaza de la Armería.
El tramo conservado en la Cuesta de la Vega: características técnicas
El tramo de muralla que hoy puede contemplarse de manera más completa y accesible por parte del público, integrado en el Parque del Emir Mohamed I junto a la Cuesta de la Vega, presenta una longitud aproximada de ciento veinte metros, con una altura que alcanza los ocho metros y un espesor de aproximadamente dos metros, dimensiones que dan una idea precisa de la robustez y de la envergadura que debió de presentar en origen el conjunto completo de la fortificación defensiva islámica. Este lienzo conservado incluye además un portillo de acceso y permite todavía distinguir, con mayor o menor claridad según el estado de conservación de cada tramo concreto, hasta seis torres diferenciadas, de las cuales cuatro se mantienen todavía en pie con una notable integridad estructural, un testimonio elocuente de la extraordinaria calidad técnica con la que fue ejecutada originalmente esta fortificación hace ya más de un milenio.
Este mismo tramo conservado permite además observar directamente los cimientos correspondientes a la torre defensiva situada en el extremo derecho del lienzo mural, un elemento que aporta información arqueológica adicional sobre las técnicas específicas de cimentación empleadas por los ingenieros militares andalusíes para garantizar la estabilidad estructural de estas construcciones defensivas sobre un terreno que, dada su proximidad al cauce del río Manzanares, presentaba sin duda ciertas particularidades geotécnicas que debieron ser cuidadosamente resueltas en el momento mismo de la construcción original de la fortificación durante el siglo IX.
Las transformaciones urbanas posteriores: el derribo del portillo y la Puerta de la Vega
La configuración actual del entorno inmediato de la muralla árabe conservada refleja también las sucesivas transformaciones urbanísticas que ha experimentado esta zona de Madrid a lo largo de los siglos posteriores a la propia construcción de la fortificación islámica original. El antiguo portillo asociado a la Puerta de la Vega, por ejemplo, fue derribado en el año 1850, en el marco de una intervención urbanística destinada a transformar la entonces empinada pendiente de la Cuesta de la Vega en las rampas de acceso de trazado mucho más suave que todavía hoy pueden recorrerse en esta zona de la ciudad, una modificación que ilustra el modo en que las necesidades funcionales del Madrid decimonónico fueron progresivamente remodelando el entorno inmediato de estos restos históricos sin llegar, sin embargo, a hacer desaparecer por completo el testimonio material de la antigua fortificación islámica.
Esta convivencia entre la conservación parcial de los restos arqueológicos más significativos y la transformación urbanística continuada de su entorno inmediato constituye, en definitiva, uno de los rasgos más característicos de la relación que Madrid ha mantenido históricamente con su patrimonio islámico fundacional: un equilibrio siempre precario entre la voluntad de preservación, materializada en su declaración como Monumento Histórico-Artístico en 1954, y las presiones del desarrollo urbano contemporáneo, que en determinadas ocasiones, como el ya mencionado episodio de destrucción parcial de la década de 1970, han terminado por imponerse sobre la protección teóricamente garantizada por la legislación patrimonial vigente en cada momento histórico.

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