Palau de la Música Catalana: el templo de vidrio y luz que Barcelona levantó para su música
Encajonado entre las estrechas callejuelas del barrio de Sant Pere, en pleno casco antiguo de Barcelona, en las coordenadas 41.38757 N, 2.17531 E, se alza uno de los edificios más singulares que ha dado jamás la arquitectura de conciertos en todo el mundo. Desde fuera, el Palau de la Música Catalana apenas puede fotografiarse entero: las calles Sant Pere Més Alt y Amadeu Vives, tan angostas como cargadas de historia, obligan al visitante a alzar la vista fragmento a fragmento para descubrir una fachada de ladrillo, mosaico y escultura que estalla de color allí donde uno menos lo espera. Pero es en el interior donde el edificio revela su verdadera naturaleza: una sala de conciertos ovalada, bañada por una luz que no procede de lámparas sino de una claraboya de vidrio coloreado con forma de sol invertido, rodeada de vitrales, columnas de trencadís y un friso de musas que emergen de las paredes como si la propia arquitectura se hubiera puesto a cantar.
Obra de Lluís Domènech i Montaner, levantada entre 1905 y 1908 como sede del Orfeó Català, el Palau de la Música Catalana es, junto al Hospital de Sant Pau del mismo autor, uno de los dos edificios modernistas catalanes declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, distinción que recibió en 1997. Pero antes de ser un monumento protegido y una parada obligada del turismo cultural, el Palau fue y sigue siendo algo mucho más entrañable: la casa que un pueblo entero, mediante suscripción popular, construyó para su música coral, y que hoy continúa funcionando como una de las salas de conciertos más activas de Europa. Este artículo recorre en profundidad su historia, su lenguaje artístico y su arquitectura, con la atención al detalle que merece un edificio que convirtió la piedra, el hierro y el vidrio en una auténtica partitura visual.
Síntesis
- Origen institucional: el Orfeó Català, coral fundada en 1891 por Lluís Millet y Amadeu Vives, decidió en 1904 dotarse de sede propia bajo la presidencia de Joaquim Cabot.
- Encargo y solar: proyecto encomendado a Lluís Domènech i Montaner en octubre de 1904; solar irregular de 1.350,75 m² adquirido en el barrio de Sant Pere, parte del antiguo claustro del convento de Sant Francesc.
- Financiación: suscripción popular entre socios y simpatizantes del Orfeó, sin un único gran mecenas.
- Construcción: primera piedra el 23 de abril de 1905; obras entre 1905 y 1908; inauguración en febrero de 1908 con obras de Clavé y Händel.
- Reconocimiento: Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1997, junto al Hospital de la Santa Creu i Sant Pau; única sala de conciertos modernista con esta distinción.
- Trayectoria: principal sala de conciertos de Barcelona hasta la inauguración de L'Auditori en 1999; Fundació Orfeó Català-Palau de la Música Catalana constituida en 1990; sucesivas rehabilitaciones y ampliaciones entre finales del siglo XX y comienzos del XXI.
- Escultura de fachada: grupo de Miquel Blay "La cançó popular catalana", con san Jorge y alegoría del canto popular, situado en la esquina de las dos fachadas.
- Mosaico de fachada: senyera y escena inspirada en el poema "La Balanguera", obra de Lluís Bru.
- Interior de la sala: friso de dieciocho musas en mosaico y relieve, obra de Eusebi Arnau, Mario Maragliano y Lluís Bru; escultura de boca de escenario de Pau Gargallo con referencias a Beethoven y Wagner; órgano Walcker de 1908.
- Claraboya: obra del taller de Antoni Rigalt i Blanch y Jeroni Granell, unos veinte metros de largo, con forma de sol invertido en cristales dorados, azules y verdes.
- Innovación estructural: uso pionero del muro cortina con estructura de hierro, que libera los muros de carga y permite grandes superficies de vidriera para iluminación natural.
- Organización interior: accesos con doble escalinata monumental, auditorio ovalado para cerca de 2.000 espectadores con patio de butacas y dos niveles de lonjas, escenario sin arco de proscenio integrado en la sala.
- Espacios complementarios: Sala Lluís Millet, dedicada al fundador del Orfeó; Sala d'Assaig del Orfeó Català, que conserva la primera piedra del edificio.
- Coordenadas de referencia: 41.38757 N, 2.17531 E, calle Palau de la Música, barrio de Sant Pere, Ciutat Vella, Barcelona.
Este balcón columnado y revestido de mosaicos del Palau es el que se ve, en primer plano, desde el apartamento del personaje de Agrado (Antonia San Juan) en Todo sobre mi madre (1999), de Pedro Almodóvar.
En la película, Manuela (Cecilia Roth) llega a Barcelona y se aloja precisamente en ese piso, situado enfrente del Palau. En varias escenas rodadas allí —entre ellas la que muestra a Manuela colgando ropa en el balcón, o la que la vemos curando el rostro de Agrado tras una agresión— las coloridas columnas de mosaico de la fachada del Palau quedan encuadradas de fondo, entrando por las ventanas del apartamento y "alegrando" visualmente esas escenas domésticas con sus tonos pastel. El propio Almodóvar llegó a comentar, sobre ese piso de rodaje, que por el alquiler que pagaban no se podía pedir más vistas.
Fue la primera película que Almodóvar rodó en Barcelona, ganadora del Óscar y el Globo de Oro a mejor película de habla no inglesa y de la Palma de Oro al mejor director en Cannes, y usó también otros escenarios modernistas de la ciudad como la Sagrada Família o la Casa Ramos de la plaza Lesseps. El Palau no aparece en la trama como lugar de acción —los personajes nunca entran en él—, sino como telón de fondo constante: literalmente el paisaje que ven los protagonistas desde su ventana durante buena parte de la primera mitad del filme.
Historia: del coro popular de Lluís Millet a la sala de conciertos financiada por suscripción
El Orfeó Català y el catalanismo musical de finales del siglo XIX
Para comprender por qué Barcelona necesitó, a comienzos del siglo XX, un edificio como el Palau de la Música, hay que remontarse a 1891, año en que los compositores Lluís Millet y Amadeu Vives fundaron el Orfeó Català, una sociedad coral que nacía con una vocación muy concreta: recuperar y dignificar el canto popular catalán, vinculando la práctica musical a los ideales del catalanismo cultural que por entonces empezaba a tomar forma en muy distintos ámbitos de la vida social del Principado. Lo que comenzó siendo un coro masculino modesto creció con rapidez notable en apenas una década, incorporando secciones femeninas e infantiles y cosechando éxitos que fueron consolidando al Orfeó como una de las instituciones corales más respetadas de Cataluña, no solo por la calidad de sus interpretaciones sino por el papel simbólico que desempeñaba en la afirmación de una identidad cultural propia dentro del contexto español de la época.
Este crecimiento planteó, hacia 1904, un problema práctico que terminaría convirtiéndose en una oportunidad histórica: el Orfeó Català carecía de una sede propia digna de su proyección pública, y sus ensayos y actuaciones dependían de espacios prestados o alquilados que no reflejaban en absoluto la ambición cultural de la entidad. La junta directiva de la sociedad coral, presidida entonces por el influyente joyero y mecenas Joaquim Cabot, decidió que había llegado el momento de dotar al Orfeó de un auditorio propio, y encargó a Lluís Domènech i Montaner, ya consagrado como una de las grandes figuras del modernismo catalán tras proyectos como el Instituto Pere Mata de Reus, la redacción de un proyecto arquitectónico a la altura de esa ambición. El 31 de mayo de 1904, la asamblea del Orfeó aprobó formalmente el proyecto y el presupuesto correspondiente, y en octubre de ese mismo año Domènech i Montaner recibió oficialmente el encargo de manos del propio Cabot.
Un solar imposible en el corazón de la Barcelona antigua
Encontrar un emplazamiento adecuado no fue tarea sencilla. Antes de que terminara 1904, la entidad adquirió un solar de perímetro muy irregular, de apenas mil trescientos cincuenta metros cuadrados, situado en el barrio de Sant Pere, una de las zonas más densamente pobladas y de trama urbana más apretada de todo el casco antiguo barcelonés. El terreno correspondía, en parte, al antiguo claustro del convento de Sant Francesc, y su compra se cerró por un importe de doscientas cuarenta mil trescientas veintidós pesetas con sesenta céntimos, una cifra que da idea del considerable esfuerzo económico que la operación exigió a una entidad sostenida, fundamentalmente, por las aportaciones de sus propios socios y simpatizantes. El 23 de abril de 1905, fecha cargada de simbolismo por coincidir con la festividad de Sant Jordi, patrón de Cataluña, se colocó la primera piedra del edificio, un acto que tuvo lugar en lo que hoy es la Sala d'Assaig del Orfeó Català, la sala de ensayo que todavía conserva esa piedra fundacional como testimonio del origen del proyecto.
La irregularidad y estrechez del solar, lejos de resultar un obstáculo insalvable, se convirtió en uno de los grandes retos creativos que Domènech i Montaner tuvo que resolver con extraordinaria inteligencia. El edificio se situaba en la confluencia de dos calles muy angostas, lo que impedía obtener cualquier perspectiva amplia sobre sus fachadas y obligaba al arquitecto a pensar la iluminación natural del interior de una manera radicalmente distinta a la de cualquier otro auditorio de la época. La financiación del proyecto se articuló mediante suscripción popular, un sistema de recaudación de fondos entre la ciudadanía que convirtió la construcción del Palau en un auténtico proyecto colectivo, sostenido económicamente por un amplio tejido de socios del Orfeó y de simpatizantes del catalanismo cultural, y no por un único gran mecenas, como había ocurrido en el caso del Hospital de Sant Pau con la figura de Pau Gil.
Construcción, inauguración y primeras décadas de actividad
Las obras se desarrollaron entre 1905 y 1908, un plazo relativamente ajustado si se tiene en cuenta la complejidad técnica y la riqueza decorativa del proyecto, lo que obligó a coordinar de manera simultánea a un número muy elevado de talleres artesanales especializados en piedra, cerámica, mosaico, vidrio y forja. El Palau de la Música Catalana fue inaugurado en febrero de 1908 con un breve concierto en el que se interpretaron piezas de Josep Anselm Clavé y de Georg Friedrich Händel, un programa que enlazaba deliberadamente la tradición coral catalana representada por Clavé con el gran repertorio de la música europea culta, una síntesis que resumía bien el doble propósito del edificio: ser a la vez casa del canto popular catalán y sala de conciertos de proyección internacional. Desde aquel momento y hasta la inauguración de L'Auditori en 1999, el Palau fue la principal sala de conciertos de Barcelona, escenario privilegiado de la vida musical de la ciudad durante más de nueve décadas.
A lo largo del siglo XX, el edificio fue creciendo en usos y en significado simbólico para toda una parte de la sociedad catalana, que lo identificó cada vez más estrechamente con su propia historia colectiva. En 1990, con motivo de la celebración del centenario de la entidad fundadora, se constituyó la Fundació Orfeó Català-Palau de la Música Catalana, presidida entonces por Fèlix Millet i Tusell, con el objetivo de captar recursos privados adicionales mediante actividades organizadas en el propio edificio, en un esfuerzo por garantizar la sostenibilidad económica de una institución cuyo mantenimiento resultaba cada vez más costoso a medida que pasaban las décadas.
Ampliaciones, restauraciones y reconocimiento internacional
El propio éxito del Palau como sala de conciertos activa terminó por evidenciar, con el paso del tiempo, las limitaciones de un edificio proyectado a comienzos del siglo XX según los estándares de confort, accesibilidad y seguridad de aquella época. Entre finales de los años ochenta y los primeros años del siglo XXI se acometieron sucesivas fases de rehabilitación y ampliación del conjunto, dirigidas a dotar al Palau de servicios sanitarios, accesibilidad, seguridad y confort acústico que resultaban impensables un siglo atrás, sin renunciar por ello a la coherencia estética y creativa del edificio original. Una de las intervenciones más significativas de este proceso aprovechó parte del solar ocupado por una iglesia vecina inacabada para abrir el patio interior del Palau, hasta entonces oculto a la mirada del público pese a haber sido resuelto por Domènech i Montaner con una riqueza decorativa comparable a la de las propias fachadas principales, y permitió además la construcción de un nuevo edificio anexo destinado a servicios complementarios.
El reconocimiento definitivo a esta trayectoria llegó en 1997, cuando la UNESCO declaró al Palau de la Música Catalana Patrimonio de la Humanidad, en la misma resolución que reconocía también al Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, ambos obra del mismo arquitecto y ambos entendidos como manifestaciones extraordinarias del modernismo catalán aplicado a edificios de uso colectivo. El Palau se convirtió así en la única sala de conciertos modernista del mundo distinguida con esta categoría, un hito que consolidó su proyección internacional sin alterar su vocación original de casa viva de la música coral catalana. Hoy, más de un siglo después de su inauguración, el edificio continúa acogiendo la actividad regular del Orfeó Català, además de una programación de conciertos de música clásica, jazz y world music que lo mantiene como uno de los espacios culturales más vivos y más visitados de toda Barcelona.
Análisis artístico: escultura, mosaico y vidrio al servicio de la música
Un programa decorativo colectivo sin precedentes
Si el Hospital de Sant Pau demuestra hasta qué punto Domènech i Montaner era capaz de coordinar un programa iconográfico unitario a gran escala, el Palau de la Música Catalana muestra la otra cara de su genio: la capacidad de reunir, en un espacio mucho más reducido, a un equipo excepcional de artistas y artesanos que trabajaron con una libertad expresiva mayor que la empleada en el hospital, dando lugar a una decoración exuberante, casi desbordante, en la que cada oficio artístico parece competir por expresar al máximo su propio virtuosismo. En este equipo destacaron, entre otros, los escultores Eusebi Arnau, Pau Gargallo y Miquel Blay, el vidriero Antoni Rigalt i Blanch, el mosaísta Lluís Bru y el arquitecto Jeroni Granell, colaborador estrecho de Domènech en la ejecución de varias de las piezas más singulares del conjunto. El resultado es un edificio que ha sido descrito, con acierto, como una auténtica Wunderkammer, un gabinete de maravillas en el que naturaleza y música se entrelazan constantemente como fuentes de inspiración iconográfica.
La escultura de fachada: Miquel Blay y la alegoría de la canción popular
El elemento escultórico más celebrado del exterior del Palau es, sin discusión, el grupo situado en la esquina donde confluyen las dos fachadas visibles del edificio, obra de Miquel Blay y titulado La cançó popular catalana. Se trata de una composición pétrea de gran empaque, concebida casi como el mascarón de proa de un navío, en la que dos muchachos y dos ancianos abrazan a una figura femenina que personifica el canto popular, mientras en la parte superior san Jorge, patrón de Cataluña, los protege enarbolando una bandera catalana esculpida ondeando al viento. La elección de situar esta pieza precisamente en el punto donde se cruzan las dos fachadas no fue casual: Domènech i Montaner sabía que la estrechez de las calles impedía obtener una perspectiva satisfactoria de ninguna de las dos fachadas por separado, de manera que concentró en ese único punto de fuga visual el elemento decorativo de mayor fuerza simbólica, garantizando así que el acceso principal del edificio, que de otro modo habría podido pasar desapercibido entre la trama urbana, quedara marcado con la máxima contundencia posible.
La fachada se remata, además, con un frontón coronado por un mosaico de la senyera catalana obra de Lluís Bru, en cuyo centro una figura de reina con una rueca preside una escena festiva inspirada en La Balanguera, un poema del escritor mallorquín Joan Alcover que con el tiempo se convertiría en el himno oficial de Mallorca, rodeada por representaciones de los propios cantantes del Orfeó Català. Este mosaico de fachada dialoga con otros elementos decorativos del exterior, como los grandes arcos carpaneles que originalmente delimitaban los accesos para peatones y para carruajes, separados por gruesas columnas cuyo fuste alberga, de manera muy ingeniosa, las antiguas taquillas del edificio, dotadas de un pequeño arco a modo de ventanilla y decoradas con trencadís de inspiración modernista.
La sala de conciertos: dieciocho musas y una claraboya de sol
Si el exterior del Palau ya anticipa la riqueza ornamental del conjunto, es en el interior de la sala de conciertos donde el proyecto alcanza su máxima intensidad artística. En el semicírculo que enmarca el escenario se despliega un friso de dieciocho musas, ejecutadas mediante una combinación singular de mosaico para la parte inferior del cuerpo y relieve escultórico en altorrelieve para la parte superior, de manera que cada figura femenina parece emerger literalmente del muro, con su torso y su rostro modelados en volumen mientras su vestimenta se disuelve en una superficie plana de teselas de colores. Cada una de estas musas porta un instrumento musical distinto, en una alegoría explícita de la música como fuerza universal, y su ejecución reunió de nuevo a varios de los grandes nombres de la ornamentación modernista catalana, entre ellos Eusebi Arnau, Mario Maragliano y Lluís Bru, cuya colaboración conjunta en esta pieza ejemplifica bien la lógica de trabajo coral, nunca mejor dicho, que caracterizó toda la construcción del edificio.
En la boca del escenario, otro conjunto escultórico obra de Pau Gargallo evoca la música de proyección internacional, con referencias explícitas a la figura de Beethoven y a la célebre cabalgata de las valquirias de Wagner, estableciendo así un contrapunto temático con las alusiones a la canción popular catalana que dominan la decoración de fachada: el Palau se piensa, de este modo, como un espacio capaz de albergar tanto la tradición coral autóctona como el gran repertorio sinfónico europeo, sin que ninguna de las dos tradiciones musicales quede subordinada a la otra dentro del programa decorativo. Presidiendo el fondo del escenario se encuentra, además, el gran órgano del Palau, construido en 1908 por la casa alemana Walcker de Ludwigsburg, una pieza que no solo cumple una función musical de primer orden sino que se integra plenamente en la composición visual del espacio escénico, rodeada por el friso de musas que parece acompañarlo en una suerte de concierto permanente congelado en piedra y mosaico.
Pero si hay un elemento capaz de resumir por sí solo la genialidad artística del Palau, ese es sin duda la gran claraboya que corona el techo de la sala de conciertos, obra del taller de Antoni Rigalt i Blanch en colaboración con Jeroni Granell. Se trata de una vidriera de aproximadamente veinte metros de largo con forma de esfera invertida, cuyos cristales dorados dispuestos en el centro conforman la imagen de un sol radiante, rodeado en sus bordes por tonalidades de azules y verdes que evocan el cielo, y entre las que se distinguen además una serie de bustos femeninos integrados en la propia composición vítrea. Esta claraboya no cumple únicamente una función decorativa: constituye la principal fuente de iluminación natural de toda la sala, y su diseño en forma de sol invertido genera un efecto visual de una potencia extraordinaria, transformando la luz solar cambiante a lo largo del día en un espectáculo cromático que varía constantemente sobre las cabezas del público, reforzando esa sensación de estar, pese a encontrarse en un espacio cerrado, dentro de un ámbito abierto y luminoso.
Mosaico, trencadís y decoración floral: la firma de Lluís Bru
El mosaico cerámico y el trencadís, esa técnica modernista que aprovecha fragmentos irregulares de cerámica para componer superficies de gran riqueza cromática, aparecen prácticamente en cada rincón del Palau, desde las columnas de la sala de conciertos, revestidas de teselas de colores que ayudan a tamizar y reflejar la luz procedente de la claraboya, hasta el ático exterior del edificio, rematado con mosaicos obra de Lluís Bru que completan el discurso ornamental iniciado en la fachada principal. Esta decoración musiva se combina constantemente con una temática floral y vegetal de raíz naturalista, muy característica del modernismo catalán en su conjunto, que aparece tanto en capiteles y frisos interiores como en distintos puntos de las fachadas exteriores, generando una continuidad visual entre el exterior y el interior del edificio que refuerza la sensación de estar recorriendo un organismo artístico unitario y coherente de principio a fin.
Detalle arquitectónico: el muro cortina que inventó una sala de conciertos
Un solar irregular convertido en oportunidad compositiva
La arquitectura del Palau de la Música Catalana no puede entenderse sin partir de la dificultad que suponía el propio solar sobre el que debía levantarse: una parcela de perímetro irregular, encajada entre calles estrechas, en uno de los sectores más densamente construidos de la Barcelona antigua. Ante esta limitación, Domènech i Montaner tomó una decisión compositiva tan inteligente como eficaz: desarrolló una distribución muy similar en las dos fachadas visibles del edificio, articulando en ambas una secuencia continua de balcones, columnatas y ventanales que genera una sensación de unidad y de continuidad visual pese a la irregularidad del trazado urbano, reforzada por el empleo constante y homogéneo del ladrillo visto, el vidrio y la cerámica como materiales dominantes en todo el conjunto. Esta estrategia permitió, además, que el propio edificio funcionara casi como su propio anuncio publicitario dentro de la trama urbana, atrayendo la mirada del transeúnte mediante la riqueza cromática de sus superficies incluso cuando resultaba imposible contemplarlo en toda su extensión desde un único punto de vista.
El muro cortina: una solución estructural pionera
El logro técnico más determinante del Palau de la Música Catalana, y probablemente su aportación más influyente a la historia de la arquitectura, es el empleo pionero del muro cortina, un sistema constructivo en el que la estructura portante del edificio queda confiada a una armadura de hierro, liberando por completo a los muros perimetrales de su función de soporte de cargas y permitiendo sustituirlos por grandes paños de vidrio y vidriera. Esta solución, extraordinariamente avanzada para su tiempo, resolvía de manera directa el problema central que planteaba el solar del Palau: cómo iluminar de forma natural un auditorio de grandes dimensiones encajado entre calles tan estrechas que apenas dejaban penetrar la luz exterior. Al confiar la estructura al hierro, Domènech i Montaner pudo abrir la práctica totalidad del perímetro de la sala de conciertos a la luz natural mediante amplias vidrieras, un recurso que en la arquitectura de auditorios de comienzos del siglo XX resultaba sencillamente inaudito y que convirtió al Palau en un antecedente muy temprano de soluciones que la arquitectura moderna del siglo XX generalizaría décadas después en edificios de muy diversa naturaleza.
La organización interior: accesos, auditorio y escenario
El interior del Palau se organiza en tres ámbitos claramente diferenciados, resueltos con una lógica funcional muy precisa. En primer lugar, la zona de accesos, articulada mediante dos escaleras monumentales que conducen al público desde la planta baja hasta el nivel principal del auditorio, situado en la primera planta del edificio; esta disposición permitió a Domènech reservar la planta baja para funciones administrativas y de servicio, liberando así el nivel superior para la experiencia estrictamente musical y ceremonial de acceso a la sala. En segundo lugar, el propio auditorio, de planta oval, con patio de butacas y dos niveles de palcos o lonjas dispuestos en altura, concebido para acoger a cerca de dos mil espectadores, una capacidad considerable si se tiene en cuenta la reducida superficie del solar disponible. En tercer lugar, el escenario, que Domènech i Montaner proyectó de una manera particularmente innovadora: prescindiendo del arco de proscenio que tradicionalmente enmarcaba y separaba visualmente el espacio escénico del resto de la sala, de modo que el escenario queda plenamente integrado en el volumen general del auditorio, reforzando la sensación de continuidad espacial entre intérpretes y público que constituye una de las señas de identidad más reconocibles del edificio.
Esta escalinata transversal de acceso divide, además, todo el edificio en dos mitades funcionales bien diferenciadas, favoreciendo que la circulación de personal y las funciones de gestión y mantenimiento del Palau pudieran resolverse en planta baja sin interferir jamás con la experiencia del público que accedía a la sala de conciertos situada en el piso superior, una solución de organización interna que revela, una vez más, la atención de Domènech i Montaner a los aspectos puramente funcionales del proyecto, más allá de su indudable despliegue ornamental.
Espacios complementarios: la Sala Lluís Millet y la Sala d'Assaig
Junto al gran auditorio, el Palau alberga otros espacios de notable interés arquitectónico y simbólico. La Sala Lluís Millet, situada en la primera planta frente a la propia sala de conciertos y dedicada a la memoria del fundador y maestro del Orfeó Català, funciona como sala de descanso durante los intermedios de los conciertos, y se distingue por una imponente lámpara modernista y por una decoración que combina, de nuevo, vidrio, cerámica y trabajo escultórico en un registro más íntimo que el del gran auditorio. La Sala d'Assaig del Orfeó Català, por su parte, constituye uno de los rincones más entrañables del edificio: un espacio de dimensiones más reducidas, con un arco semicircular de asientos que replica en pequeño formato el arco de medialuna que corona el escenario de la sala principal, sostenido por robustas columnas y decorado con vidrieras y con el repertorio ornamental característico del modernismo catalán. Es precisamente en esta sala donde se conserva la primera piedra del edificio, colocada el 23 de abril de 1905, un vínculo material directo entre el espacio donde hoy siguen ensayando los coros del Orfeó Català y el mismo acto fundacional que dio origen a todo el proyecto arquitectónico.
El patio interior recuperado
Uno de los aspectos más singulares de las intervenciones de restauración realizadas a lo largo de las últimas décadas del siglo XX y comienzos del XXI fue la recuperación del patio interior del Palau, un espacio que Domènech i Montaner había resuelto originalmente con una riqueza decorativa muy similar a la de las fachadas principales pero que había permanecido oculto a la vista del público durante décadas, encajonado entre las construcciones vecinas. Aprovechando parte del solar ocupado por una iglesia inacabada colindante, los trabajos de ampliación permitieron abrir este patio en la medida en que la trama urbana lo permitía, dotando al conjunto de un nuevo espacio de relación y de un edificio anexo de servicios que ha permitido modernizar sustancialmente las condiciones de confort, accesibilidad y seguridad del Palau sin alterar en absoluto el diseño original de Domènech i Montaner, en un ejercicio de restauración respetuosa que ha sido reconocido expresamente por los propios descendientes del arquitecto como una intervención coherente y creativa, perfectamente actualizada en materia de seguridad y de especificaciones acústicas y de confort.






























































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